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(OPINIÓN) El impulso no alcanza. Por: María Fernanda Valdivieso

Nos pasa a todos. Un lunes decidimos que ahora sí. Vamos a hacer ejercicio, a terminar ese libro, a ordenar las finanzas, a sacar adelante el negocio, a estudiar inglés, a dedicarle más tiempo a los hijos, a empezar ese proyecto que lleva meses dando vueltas en la cabeza.

REDACCIÓN
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(OPINIÓN) El impulso no alcanza. Por: María Fernanda Valdivieso

Y durante unos días ocurre algo maravilloso: nos sentimos capaces. Hacemos planes, compramos una agenda, organizamos horarios, ponemos una alarma, descargamos una aplicación, hacemos una lista. El comienzo tiene una energía particular. Nos permite imaginar resultados antes de haber hecho el trabajo. Nos entusiasma pensar en quiénes seremos cuando consigamos aquello que nos proponemos.

Después llega el normal. Ese día en el que no dormimos bien. En el que tenemos demasiado trabajo. En el que aparece un problema familiar. En el que no tenemos ganas. En el que llevamos varias semanas haciendo las cosas bien y todavía no vemos ningún resultado que nos confirme que vamos por buen camino.

Y ahí empezamos a soltar. Me llama la atención la rapidez con la que perdemos el impulso. Y no ocurre solamente con los grandes propósitos. Ocurre con casi todo. Dejamos de entrenar, abandonamos un curso, aplazamos el proyecto, volvemos a comer como antes, dejamos de llamar a alguien, renunciamos a una idea que nos ilusionaba.

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Muchas veces no abandonamos porque aquello haya dejado de importarnos. Abandonamos porque dejó de producirnos la sensación con la que comenzamos. Y estamos tan acostumbrados a vivir buscando esa sensación que cuando desaparece creemos que algo está mal.

No siempre lo está. Hay cosas que sencillamente llegan a su parte menos emocionante. La vida real aparece y ahí se prueba lo que verdaderamente queremos. Porque comenzar habla de nuestro deseo. Permanecer habla de nuestra capacidad para asumir el proceso completo, incluso cuando ya conocemos sus partes menos atractivas.

También hemos aprendido a buscar demasiado rápido una explicación para cada pérdida de entusiasmo. “Ya no me apasiona”. “No era para mí”. “Necesito algo diferente”. “Voy a empezar otra cosa”. Algunas veces es cierto. Otras, confundimos el final de la novedad con el final del deseo. Y esa confusión puede costarnos años.

Podemos pasar de proyecto en proyecto, de método en método, de propósito en propósito, acumulando comienzos y muy pocos procesos terminados. No porque nos falte capacidad, sino porque cada vez que aparece la incomodidad buscamos nuevamente la emoción de empezar.

 

 

Lo nuevo seduce porque todavía no nos ha exigido nada. Lo que estamos construyendo sí. Por eso hay una etapa que merece más reconocimiento: esa en la que seguimos haciendo lo que debemos sin resultados visibles, sin aplausos y sin la certeza de que todo saldrá como esperamos. Ahí están muchas de las cosas que después llamamos éxito.

No en el momento en que decidimos cambiar, sino en los días posteriores, cuando nadie está pendiente de nuestra decisión y tenemos que demostrarla con hechos.

Eso tampoco significa convertir la perseverancia en una obligación de aguantarlo todo. Hay proyectos que no funcionan. Hay relaciones que deben terminar. Hay metas que dejan de representar lo que queremos. Saber retirarse también requiere valentía.

Pero, ¿estamos renunciando porque ya no queremos eso o porque ya no nos gusta el esfuerzo que exige? No siempre tendremos una respuesta inmediata. Pero vale la pena hacernos la pregunta antes de abandonar. Porque hemos convertido la motivación en una especie de combustible permanente. Esperamos sentir ganas para comenzar, ganas para continuar, ganas para levantarnos cuando algo se pone difícil. Y la vida no nos garantiza esas ganas.

Habrá días en los que tendremos que hacer lo que dijimos que haríamos simplemente porque lo elegimos.

Sin emoción. Sin entusiasmo. Sin sentirnos especialmente fuertes. Solo porque sigue teniendo sentido para nosotros.

Cada vez estoy más segura de que crecer también es aprender a no tomar decisiones definitivas desde emociones pasajeras. El impulso nos pone en marcha. Pero una vida, un proyecto, un vínculo, un sueño o cualquier cosa que verdaderamente importe necesita algo menos brillante y mucho más poderoso: la capacidad de seguir cuando ya no resulta emocionante hacerlo.

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