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(OPINIÓN) Sin complejos. Por: María Fernanda Cabal

Una derecha sin complejos, que no pida perdón por existir. Porque los partidos pueden transformarse. Las personas pasan. Los gobiernos terminan. Las ideas permanecen.

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(OPINIÓN) Sin complejos. Por: María Fernanda Cabal

Winston Churchill decía que algunos cambian de partido por sus principios, mientras que otros cambian de principios por su partido.

Esta semana, Colombia inició una nueva etapa política. Mientras el nuevo presidente asumía el mandato y el CNE otorgaba personería jurídica al movimiento que lo llevó al poder, el mapa político comenzó a reorganizarse.

En ese escenario, tomé la decisión de solicitar formalmente la escisión del partido Centro Democrático.

No fue una decisión improvisada ni motivada por diferencias personales. Es, en parte, la consecuencia de una divergencia doctrinal que durante algún tiempo pareció circunstancial, pero que terminó revelándose como incompatible.

Durante 15 años defendí la seguridad democrática, la libertad, la autoridad legítima, la propiedad privada, la iniciativa empresarial, la familia y el Estado de derecho, convencida de que esos principios constituían la identidad doctrinal del partido.

Sin embargo, durante las recientes deliberaciones en Medellín, en las que se afirmó que el Centro Democrático no debía reconocerse como un partido de derecha, comprendí que el debate había dejado de ser semántico para convertirse en una cuestión de identidad. Y un partido que deja de saber qué es termina sin saber qué debe defender.

Ser de derecha nunca ha significado abandonar a los más vulnerables. Muy por el contrario. La tradición republicana reconoce la dignidad humana como un valor universal y construye instituciones sólidas, capaces de perdurar, limitar el poder y garantizar la libertad.

En ese sentido, la mejor política social crea las condiciones para que el individuo deje de depender del Estado como fórmula de supervivencia y logre crear su propia riqueza.

Para lograrlo, la iniciativa individual y el ánimo de lucro deben impulsar un mercado que crece a medida que se eliminan las regulaciones absurdas y la burocracia que pesa sobre el sector productivo. Ampliar las oportunidades permite que más personas se vinculen a la cadena económica y mejoren su calidad de vida. Es increíble que el ingreso per cápita de los colombianos sea hoy la mitad que el de Panamá.

Mirar a un pobre no es condenarlo a vivir de un subsidio que, con el tiempo, lo convierta en una persona con discapacidad. Detrás de esa dependencia está el político que invoca la justicia social como excusa para hacerse al botín y usa la guillotina humanitaria, en vez de acercarle una escalera para salir del analfabetismo, adquirir capacidades competitivas, crear su propio medio de subsistencia o conseguir un empleo estable.

Eso es dignidad. Eso es ser de derecha.

La experiencia de Singapur, Suiza, Taiwán y Corea del Sur demuestra que las naciones prosperan cuando garantizan seguridad jurídica, protegen la propiedad privada, fortalecen sus instituciones, estimulan la iniciativa privada y permiten que millones de ciudadanos construyan su propio patrimonio.

La seguridad democrática también fue una inmensa política social. Cuando el Estado recuperó el control del territorio, millones de colombianos volvieron a trabajar, a producir, a recorrer las carreteras y a vivir sin miedo. No hay libertad posible cuando el crimen reemplaza la autoridad legítima.

¿Por qué, entonces, habríamos de avergonzarnos de defender esas ideas?

Durante décadas, la izquierda comprendió que la batalla política no se libraba únicamente en las urnas. Conquistó universidades, sindicatos, organizaciones sociales, espacios culturales y buena parte del debate intelectual.

Mientras tanto, demasiados sectores de la derecha aceptaron que fueran sus adversarios quienes definieran qué significaba su identidad.

Así comenzó a perderse la batalla cultural. No porque nuestras ideas hubieran fracasado, sino porque dejamos de explicarlas. Porque preferimos suavizarlas y terminamos escondiéndolas por miedo a la cancelación.

Mi decisión nace precisamente de esa convicción.

No hay partido que pueda sobrevivir cuando renuncia a las ideas que le dieron origen. Y no hay dirigente que deba sacrificar sus convicciones para conservar una militancia.

No solicité la escisión por diferencias personales ni por falta de gratitud. Mi reconocimiento hacia el expresidente Álvaro Uribe Vélez permanece intacto. Colombia siempre tendrá una deuda con quien devolvió la autoridad del Estado y la esperanza a millones de ciudadanos.

Pero las ideas deben estar por encima de los dirigentes. Los grandes partidos sobreviven cuando transmiten una doctrina. No cuando dependen del prestigio de quienes los fundaron.

Hoy Colombia vive una reorganización de la derecha democrática. Negarlo no impedirá que ocurra. Lo importante es que ese nuevo escenario encuentre una derecha orgullosa de sus principios, capaz de defender la libertad sin complejos.

Desde la Fundación Escuela Libertad, Soy Cabal, Jóvenes Cabal, Mujeres a Carta Cabal y muchas otras expresiones ciudadanas que durante estos años hemos construido en todo el país, queremos contribuir a esa tarea.

No para dividir a Colombia, sino para ofrecerle una alternativa doctrinal clara.

Una derecha moderna, democrática y popular; firme frente al crimen, austera y eficiente en el manejo del Estado; defensora de la iniciativa privada, de la vida, de la familia, de la propiedad y de las libertades individuales.

Una derecha sin complejos, que no pida perdón por existir. Porque los partidos pueden transformarse. Las personas pasan. Los gobiernos terminan. Las ideas permanecen.

Por eso tomé la decisión de solicitar formalmente la escisión del Centro Democrático.

La decisión ahora le corresponde al partido. La mía ya está tomada.

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