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Gonzalo Arango: “El profeta que se resiste al olvido”

“No todo es vigilia, la de los ojos abiertos”. Macedonio Fernández. En 1958 aparece el primer manifiesto con el que el nadaísmo se presentó en la pacata y timorata sociedad colombiana de entonces.

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Gonzalo Arango: “El profeta que se resiste al olvido”

Por: Raúl Botero Torres (1950-)

Su gesto de una grandilocuencia un tanto exagerada alarmó a esa sociedad pastoril y violenta, pero sobre todo a su enclave más conservador: la sociedad antioqueña. Los colombianos empezábamos a salir de décadas de una violencia hirsuta y despiadada que paradójicamente se ejercía en nombre de la religión católica que se pretendía erigir como uno de los pilares de las sociedades humanas. Ejércitos privados asesinaban, violaban y desplazaban en nombre de María Auxiliadora, de la Virgen del Carmen y de Jesucristo. Las élites empezaban a ensayar el camino del cogobierno estrictamente paritario, tras convencerse, cada una de ellas, de que no serían nunca capaces de vencer a su enemigo.

Curiosamente, muchos poetas, narradores y ensayistas se ahogaban en el miasma de los símbolos clásicos que aludían a una tradición llena de princesas y caballeros que nunca había pasado de ser prestada con cierta ingenuidad para enmascarar la tradición que sí teníamos de una violencia secular y constante a través de los años para sustentar los desplazamientos y las masacres. Por supuesto que hay excepciones. Citó algunas, para vencer el pesimismo y el desconsuelo: Jorge Gaitán Durán y su desaforada búsqueda de los placeres del cuerpo y sus erotismos; Luis Vidales y su desbordante registro de la modernidad que resuena como un timbre poderoso y tierno a la vez; pero, sobre todo, Álvaro Mutis y su desolación abrumadora, convertida por acción de las palabras en poesía. El cadáver de Matías Aldecoa (1).

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En medio de todas esas contradicciones que eludo deliberadamente, aparecen los nadaístas con su ropaje, exótico sin remedio, de poetas malditos. Aparecen y escandalizan, más con sus gestos que con sus textos. Tal vez el problema fundamental en su relación con la conservadora y timorata sociedad colombiana de entonces es que la grandilocuencia de sus gestos opacó con creces las propuestas innovadoras de sus textos, sobre todo, las de sus poetas más complejos y sugestivos (2). Ese primer manifiesto nadaísta implica un ajuste de cuentas con una sociedad cuya violencia tal vez se explique por su profunda desigualdad y por la precariedad de sus prácticas políticas que parecen seguir siendo tributarias del siglo XIX cuando ya avanza la segunda mitad del siglo XX. Pero algo más allí: un intento, tal vez desesperado, tal vez ingenuo, de insertarse en las corrientes teóricas y estéticas que definen a la literatura contemporánea. Frente a la literatura urbana y desacralizada de muchos países europeos, los colombianos seguimos escribiendo una literatura presa de un campesinismo nostálgico. A Sartre y Artaud, nosotros le oponemos a Eduardo Carranza.

En un texto que es fruto de una investigación sobre las características de la poesía colombiana contemporánea, sostuve que esta se sustenta sobre dos características básicas: 1. La presencia de la ciudad que se superpone a esa evocación nostálgica del campo, con todas sus implicaciones estéticas. 2. El descubrimiento deslumbrante de la profunda belleza poética del lenguaje cotidiano. Por primera vez en muchos años los poetas escriben con ese mismo lenguaje que las personas comunes y corrientes hablan en las calles y en los parques, en las casas y en las oficinas, mientras viven la trivialidad de sus vidas con la pesada carga de lo sagrado filtrándose en los intersticios del sentido.

Esa ciudad de los trabajadores y de las amas de casa, de las adolescentes que debutan en la vida con una irresponsable alegría, de los vendedores ambulantes, de los banqueros y de los deportistas; es, junto con el lenguaje cotidiano, lo que aparece como más valioso en la poesía y en la narrativa de los escritores nadaístas. En sus textos están esa ciudad y ese lenguaje calidoscópicos para mostrar a la vida misma. Tan simple y tan complejo como eso. Tal vez algunas obras parezcan ingenuas ahora mismo, pero en su momento lograron sacudir esta sociedad que no alcanzaba a romper las ataduras que la llevaban a vivir los avatares de una mentalidad pastoril asumida de una manera vergonzante.

Gonzalo Arango: “El profeta que se resiste al olvido”

Esa ciudad y ese lenguaje que caían aparatosamente en la diversidad incandescente de lo cotidiano, en la vivencia desvergonzada de lo múltiple, están en la obra de Gonzalo Arango, que desde el comienzo mismo marca el liderazgo con su insuperable capacidad de provocar el escándalo. Una capacidad que no terminó de corresponder con la de su escritura poética. Sus textos en prosa, entre los cuales se destaca “Medellín a solas contigo”, sus poemas y sus entrevistas están cargados todos con esa poderosa ironía que hoy, casi cincuenta años después de su muerte, lo salvan del ostracismo.

Pero Gonzalo Arango vive entre nosotros más acá de su precario olfato político que lo llevó a apoyar a Rojas Pinilla y su ingenuo intento de instaurar en Colombia un populismo conservador con trazas de un mesianismo casi patético por lo provinciano, cuando era un joven pueblerino deslumbrado por esa sociedad que entonces no alcanzaba a vislumbrar del todo. La misma que lo llevó a elogiar en un incidente a todas luces desafortunado, cuando llamó a Carlos Lleras Restrepo “poeta de la acción”. En ese segundo momento él personalmente y el movimiento que había liderado durante más de diez años estaban en decadencia y a las puertas de un misticismo católico, sin duda extravagante.

Gonzalo Arango ejerció durante muchos años, tal vez lo siga haciendo desde las páginas que escribió, pero sobre desde los talentos que fue capaz de promover, un liderazgo que lo hace de alguna manera inmune a esa tendencia de la sociedad a volverse contra aquellos que alguna vez ensalzó, para hundirlos en las aguas quietas del olvido. Lo salvan el humor y la ironía, que le permitieron ver la sórdida miseria de la sociedad colombiana, sobre todo de la antioqueña, que las ha llevado a ambas a consumirse en la rutina neurótica del trabajo material y del enriquecimiento. La sociedad colombiana, a la manera de una Cronos revivida se vuelve furiosa sobre sus hijos y los devora a dentelladas con la misma fuerza que antes los llevó a la gloria y a la fama.

Max Weber escribió sobre esa fuerza ambigua que es el carisma. Nacida del interior de los sujetos los lleva por los intrincados caminos de lo imaginario a cumplir el papel de líderes. Tal vez sea el resultado de una extraña mezcla de racionalidad y de imaginación, pero surte efecto en las sociedades y en los sujetos. Gonzalo Arango parece haber albergado esa extraña aleación en su interior. Y eso lo hace el profeta que se resiste al olvido.

1. Personaje protagónico de uno de sus poemas más hermosos, publicado en el libro “Los elementos del desastre” de 1953.

2. Me refiero a Jaime Jaramillo Escobar y Amilkar Osorio, a mi juicio los dos poetas más significativos que produjo el Nadaismo.

Gonzalo Arango: Perspectivas plurales. Medellín. Editorial Ojo Mágico. 2020. Págs. 115-120.

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