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(OPINIÓN) Radiografía que dejó la primera vuelta. Por: César Bedoya

La primera vuelta presidencial ha dejado un mapa político profundamente rediseñado, donde las certezas de hace unos meses se desmoronaron en cuestión de horas. Los grandes derrotados de la jornada habitan, paradójicamente, en los extremos del poder actual.

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(OPINIÓN) Radiografía que dejó la primera vuelta. Por: César Bedoya

Por un lado, la izquierda tradicional y el petrismo recalcitrante sufrieron un golpe de realidad al constatar que la utopía de ganar en primera vuelta era solo eso, una ilusión de X. La frustración fue tal que el propio presidente Gustavo Petro, incapaz de procesar el veredicto popular que dejó a su ficha, Iván Cepeda, con el 40.9% de los votos detrás de la derecha, optó por encender las alarmas de un supuesto fraude inexistente desde sus redes sociales. Una pataleta digital que solo evidencia el desgaste de una relación que ya no convence a las mayorías absolutas.

Pero el oficialismo no caminó solo en el laberinto de la derrota; el uribismo histórico también firmó su propio declive territorial. La pérdida de hegemonía en fortines tradicionales como Antioquia y el fracaso de las maquinarias de los partidos tradicionales que corrieron a empeñar su capital político bajo el ala de Paloma Valencia, quien quedó rezagada con un lánguido 6.9%, demuestra que las viejas estructuras ya no endosan votos de manera automática. A este funeral de expectativas se sumaron las firmas encuestadoras que daban como ganador indiscutible a Cepeda en primera vuelta, y una larga lista de candidatos menores que quedaron sepultados por debajo del umbral de Sergio Fajardo, enfrentando la quiebra política y financiera al perder el derecho a la reposición de votos, esos salvavidas económicos del Estado que se evaporó junto a sus ilusiones presidenciales.

En la otra orilla de la jornada, los ganadores celebran con calculadora en mano. El triunfo indiscutible se lo lleva la democracia colombiana y una Registraduría Nacional impecable que, desafiando los fantasmas del saboteo, procesó casi el 100% de las mesas en menos de dos horas, dando un bofetón de eficiencia a los discursos de la sospecha. En el plano de las campañas, Abelardo de la Espriella capitalizó el descontento y consolidó su paso a la segunda vuelta con el 43.7% de los sufragios, impulsado fuertemente por liderazgos locales como la Familia Char en el Caribe y Federico Gutiérrez en Medellín, quienes jugaron un ajedrez político temprano que hoy les asegura una cuota de poder real en el tablero nacional.

La jornada también dejó ganadores en las carambolas de la supervivencia y la estrategia personal. Sergio Fajardo, fiel a su estilo de resistencia, logró arañar el 4.2% de la votación, asegurando la reposición económica que le permite mantener a flote su personería jurídica y su vigencia; una carambola financiera que le ha permitido vivir del ejercicio electoral durante los últimos doce años. Asimismo, Juan Daniel Oviedo vendió una victoria estratégica al desmarcarse a tiempo de una campaña presidencial donde su perfil técnico se diluía en la polarización; hoy, Oviedo emerge con el camino despejado y un capital intacto para aspirar con seriedad a la Alcaldía de Bogotá, un premio de consolación que, en la práctica, resulta mucho más ejecutable y gratificante que el adorno protocolario de una vicepresidencia.

Sin embargo, detrás del baile de cifras y las celebraciones partidistas, la verdadera lectura de este veredicto es alarmante. Aunque el preconteo nos arroje nombres ganadores y perdedores con precisión quirúrgica, la realidad es que el domingo perdimos a todos los colombianos. La geografía electoral nos escupió en la cara la radiografía de una nación partida en dos mitades casi simétricas y rabiosas, que se miran con desconfianza desde trincheras ideológicas irreconciliables. Nos estamos alejando los unos de los otros a una velocidad vertiginosa, y el espacio para el diálogo civilizado se reduce con cada boletín informativo.

El gran drama de esta transición es el vacío absoluto que ha quedado en la mitad del camino. El centro político, huérfano de un liderazgo aglutinador y audaz, ha vuelto a quedar desierto, reducido a un desierto testimonial mientras los extremos estiran la cuerda de la sociedad hasta sus límites más peligrosos. Esta polarización extrema genera una tensión social insostenible, una vibración subterránea que amenaza la estabilidad de nuestras instituciones y el día a día de los ciudadanos de a pie, atrapados en una guerra de trincheras que no les pertenece.

Colombia ingresa ahora a tres semanas definitivas de cara al balotaje del 21 de junio en un estado de crispación absoluta. El desafío del próximo mandatario no será únicamente gobernar la economía o reformar la salud, sino suturar una herida social que esta primera vuelta dejó expuesta. La política de la confrontación ya tocó su techo; si queremos evitar un colapso en la gobernabilidad, la sociedad civil y los nuevos liderazgos tienen la obligación imperativa de reconstruir puentes y volver a encontrarse en un centro común. De lo contrario, quien gane la presidencia terminará gobernando sobre las cenizas de un país fracturado.

 

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