(OPINIÓN) Educar para la democracia también empieza en casa. Por: Maria Fernanda Valdivieso
Hay conversaciones que muchos padres prefieren evitar. Política, religión, dinero. Temas que suelen generar tensión y que, por comodidad o por miedo a influir demasiado, terminan quedándose por fuera de la mesa familiar
Sin embargo, en un país como Colombia, donde las decisiones públicas afectan profundamente la vida cotidiana de millones de personas, guardar silencio sobre la realidad política puede tener consecuencias que van mucho más allá de una simple opinión.
No se trata de convertir a nuestros hijos en militantes de una causa, ni de llenarles la cabeza con las mismas ideas que tenemos los adultos. Tampoco de enseñarles a repetir discursos, defender partidos o asumir posiciones que todavía no comprenden. La tarea es mucho más importante que eso: ayudarles a entender que hacen parte de una sociedad y que, tarde o temprano, tendrán la responsabilidad de participar en ella.
Vivimos en una época marcada por la polarización. Basta abrir una red social para encontrar discusiones agresivas, insultos y enfrentamientos entre personas que piensan diferente. Pareciera que la capacidad de escuchar se ha ido perdiendo y que cualquier desacuerdo se convierte automáticamente en una batalla. Nuestros hijos están creciendo en medio de ese ambiente y lo observan más de lo que imaginamos.
Por eso resulta tan preocupante cuando los adultos decidimos alejarlos por completo de estas conversaciones. Porque si no aprenden en casa a escuchar argumentos distintos, a cuestionar información y a construir criterio propio, terminarán aprendiendo en otros espacios donde muchas veces predominan la desinformación, los extremos o la presión social.
La democracia no necesita ciudadanos que piensen igual. Necesita ciudadanos que piensen. Esa diferencia es enorme.
Un joven que desarrolla interés por los asuntos públicos no necesariamente se convertirá en político. Probablemente será un empresario, un médico, un periodista, un deportista o un emprendedor. Pero tendrá algo que hoy resulta indispensable: conciencia sobre el impacto que tienen las decisiones colectivas en la vida de todos.
Entenderá que los problemas del país no son responsabilidad exclusiva de quienes gobiernan. Comprenderá que la educación, la seguridad, la economía, el empleo y las oportunidades también dependen del nivel de participación de la ciudadanía. Y, sobre todo, sabrá que la indiferencia nunca ha sido una solución.
Durante años hemos escuchado frases como "la política no me interesa" o "todos son iguales". Son expresiones comunes que reflejan un desencanto comprensible frente a muchos episodios de la sociedad colombiana. Sin embargo, cuando esa indiferencia se vuelve una cultura, la democracia pierde uno de sus pilares fundamentales: la participación informada.
Quizás uno de los mayores errores que hemos cometido como sociedad es pensar que formar ciudadanos consiste únicamente en enseñar normas de convivencia o símbolos patrios. La ciudadanía también se construye cuando un niño aprende a preguntar, cuando se interesa por lo que ocurre a su alrededor, cuando comprende que las decisiones públicas afectan su presente y su futuro.
La buena noticia es que esta formación no requiere discursos complejos ni clases magistrales. Empieza con acciones sencillas. Escuchar juntos una noticia. Analizar una situación del barrio o de la ciudad. Preguntarles qué opinan sobre un problema social. Enseñarles a verificar información antes de compartirla. Mostrarles que es posible respetar a quien piensa diferente.
Lo que realmente estamos formando no son votantes. Estamos formando criterio.
Y el criterio se convierte en una de las herramientas más valiosas que una persona puede tener cuando llega a la adultez. Porque quien desarrolla pensamiento crítico es menos vulnerable a la manipulación, menos dependiente de las emociones del momento y mucho más capaz de tomar decisiones responsables.
Nuestros hijos enfrentarán desafíos distintos a los que enfrentamos nosotros. Vivirán en un mundo mucho más conectado, más acelerado y con una cantidad abrumadora de información. Precisamente por eso necesitarán carácter para distinguir entre hechos y opiniones, entre argumentos y ataques, entre liderazgo y populismo.
Como padres no estamos llamados a fabricar copias de nosotros mismos. Estamos llamados a formar personas capaces de pensar por sí mismas.
Tal vez esa sea una de las contribuciones más importantes que podemos hacerle al país. Y no solamente desde las urnas ni desde los discursos, sino desde nuestros hogares.
Una democracia fuerte no se construye únicamente el día de las elecciones. Se construye durante años, en miles de conversaciones cotidianas donde los niños aprenden a escuchar, analizar, cuestionar y participar.
Si logramos que la próxima generación llegue a la vida adulta con criterio propio, capacidad de diálogo y sentido de responsabilidad colectiva, habremos hecho mucho más que enseñarles sobre política. Les habremos enseñado a ser ciudadanos.
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