(OPINIÓN) Colombia no vota por candidatos. Colombia vota según su cultura. Por: Francisco J. Ríos MBA
Cada vez que se acercan unas elecciones, los colombianos caemos en la misma discusión. Nos preguntamos quién tiene la mejor propuesta, quién tiene el mejor equipo, quién tiene más experiencia o quién habla mejor en los debates.
Sin embargo, después de muchos años observando nuestro país desde la empresa, la academia y la vida cotidiana, he llegado a una conclusión diferente: Colombia no vota únicamente por candidatos. Y los resultados electorales de ayer vuelven a recordárnoslo. Más allá de quiénes ganaron o perdieron, las urnas reflejaron patrones culturales profundos: nuestras expectativas frente al liderazgo, nuestra necesidad de pertenencia, nuestros temores y nuestras esperanzas.
Colombia vota según su cultura.
Y entender eso es fundamental para comprender no solamente las elecciones, sino también nuestras instituciones, nuestras empresas y nuestras relaciones sociales.
Durante las últimas semanas tuve la oportunidad de estudiar con profundidad las dimensiones culturales desarrolladas por el psicólogo social neerlandés Geert Hofstede. Su modelo ha sido utilizado durante décadas para entender cómo los valores culturales influyen en la forma en que las sociedades trabajan, negocian, lideran y toman decisiones.
Al observar los resultados de Colombia, encontré algo mucho más interesante que una simple estadística. Encontré una explicación de quiénes somos.
Colombia es una sociedad con una alta distancia al poder. Esto significa que, culturalmente, tendemos a aceptar las jerarquías y a depositar grandes expectativas en las figuras de autoridad. Esperamos que alguien conduzca el camino. Esperamos líderes fuertes. Esperamos soluciones que vengan desde arriba.
Por eso nuestros debates políticos suelen concentrarse más en las personas que en las instituciones.
Si observamos nuestra historia reciente, encontramos múltiples ejemplos. Durante décadas, buena parte de la política colombiana giró alrededor de figuras individuales más que alrededor de partidos sólidos. El fenómeno alrededor de Álvaro Uribe transformó completamente el mapa político nacional. Años después, Gustavo Petro produjo un fenómeno similar desde una orilla ideológica distinta.
Los nombres cambiaron. La lógica cultural fue la misma.
Millones de colombianos depositaron en una sola figura la esperanza de resolver problemas estructurales que llevaban décadas acumulándose.
También somos una sociedad profundamente colectivista. Colombia registra uno de los índices de individualismo más bajos dentro de las mediciones de Hofstede, lo que refleja una cultura donde la familia, los grupos cercanos y el sentido de pertenencia tienen un enorme peso en la toma de decisiones.
Aunque nos gusta hablar de independencia, la realidad es que valoramos enormemente la familia, los amigos, las comunidades y los grupos de confianza.
Para muchos colombianos, la opinión de su círculo cercano pesa más que cualquier programa de gobierno. No tomamos decisiones únicamente con la razón; las tomamos también con el corazón y con el sentido de pertenencia, por eso en Colombia muchas veces las campañas se ganan más en conversaciones familiares, grupos de WhatsApp, reuniones de amigos y redes de confianza que en documentos técnicos de doscientas páginas.
Otra característica importante es nuestra alta aversión a la incertidumbre. Nos gusta la estabilidad. Nos preocupa el riesgo y queremos saber qué va a pasar mañana; por eso, en momentos de crisis económica o social, las promesas de orden, seguridad y certidumbre suelen ganar fuerza.
Cuando una sociedad siente miedo, busca refugio en quien le ofrece claridad; eso explica por qué temas como la seguridad ciudadana, el orden público, el narcotráfico o la estabilidad económica reaparecen una y otra vez en el centro del debate nacional.
Lo vimos durante los años más intensos del conflicto armado, lo vimos durante las negociaciones de paz, lo vimos durante las protestas sociales y lo seguimos viendo hoy.
Cada vez que el país percibe incertidumbre, una parte importante de la población comienza a buscar referentes que transmitan control y dirección, pero quizás la característica que más me llamó la atención es que Colombia sigue siendo una sociedad predominantemente orientada al corto plazo.
Nos preocupan más los problemas inmediatos que los desafíos estructurales; nos moviliza más el precio de los alimentos este mes que la productividad del país dentro de diez años. Nos preocupa más la noticia de hoy que la estrategia nacional para las próximas generaciones y, siendo honestos, eso también ayuda a explicar parte de nuestros ciclos políticos.
Con frecuencia discutimos apasionadamente las coyunturas, pero dedicamos mucho menos tiempo a debatir temas como productividad, calidad educativa, transformación tecnológica, competitividad internacional o fortalecimiento institucional.
No lo digo como una crítica, lo digo como una descripción. Las culturas no son buenas ni malas; simplemente son. El error más frecuente consiste en juzgar a una sociedad sin antes entender cómo piensa. Precisamente por eso considero que el gran desafío de Colombia no es cambiar quiénes somos, sino aprender a utilizar nuestras fortalezas culturales para construir un mejor futuro.
Nuestra cercanía familiar puede convertirse en cohesión social, nuestro respeto por el liderazgo puede transformarse en instituciones más fuertes, nuestra resiliencia histórica puede convertirse en competitividad, nuestra pasión puede convertirse en innovación y nuestra enorme capacidad de adaptación puede convertirse en una ventaja estratégica en un mundo cada vez más incierto.
Pero para lograrlo necesitamos comprender que los cambios profundos no ocurren únicamente porque aparezca un líder carismático o porque gane determinado candidato. Los cambios duraderos ocurren cuando una sociedad evoluciona culturalmente.
Como empresario he aprendido que ninguna estrategia funciona si contradice la cultura organizacional; como profesor he aprendido que ningún conocimiento genera impacto si no conecta con la realidad de las personas y como ciudadano he aprendido que ningún proyecto de país será sostenible si ignora la manera en que los colombianos piensan, sienten y toman decisiones.
Por eso hoy creo que la pregunta más importante no es por quién vamos a votar; la pregunta realmente importante es qué tipo de sociedad queremos ser, porque los gobiernos cambian.
Los presidentes pasan, las campañas terminan, pero la cultura permanece y, al final, es la cultura la que termina moldeando el destino de las naciones.
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