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(OPINIÓN) Que nunca se nos vuelva costumbre estar vivos. Por: María Fernanda Valdivieso

A veces hace falta ver la muerte de cerca para recordar lo extraordinario que es estar vivos. Y no debería ser así. No tendríamos que necesitar un golpe de realidad para agradecer que llegamos a casa, que podemos abrazar a los nuestros o que mañana tendremos otra oportunidad de hacer las cosas que hoy damos por sentadas.

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(OPINIÓN) Que nunca se nos vuelva costumbre estar vivos. Por: María Fernanda Valdivieso

Ayer, regresando del partido Nacional-Santa Fe, vivimos una situación que me dejó pensando durante todo el camino. Venimos angustiados porque se había encendido un testigo en el tablero del carro. Nuestra preocupación era saber qué estaba pasando, si el vehículo tenía algún daño, cuánto nos costaría repararlo y cómo resolverlo. Una preocupación cotidiana, de esas que ocupan la cabeza y nos hacen sentir que algo importante está pasando.

En medio del trayecto vimos algo que nos cambió por completo el sentido de esa preocupación. Un motociclista acababa de perder la vida en un accidente. No era una noticia en televisión, una publicación en redes sociales ni una estadística de accidentalidad. Era una persona cuya vida acababa de terminar. Alguien que seguramente también tenía planes para esa noche, personas esperándolo en casa, asuntos pendientes y motivos para pensar que todavía le quedaba mucho por vivir.

En ese instante, el testigo del carro dejó de tener importancia. No porque los asuntos materiales no merezcan atención, sino porque hay momentos que nos ponen las prioridades en su lugar sin pedir permiso.

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Nos preocupamos por una factura, por una discusión, por una reunión que salió mal, por un mensaje que no llegó, por los pendientes del trabajo, por lo que otros piensan de nosotros. Nos desgastamos anticipando dificultades que ni siquiera han sucedido y permitimos que pequeñas molestias nos roben horas enteras de tranquilidad. Mientras tanto, la vida sigue pasando. Los hijos crecen, los padres envejecen, los amigos siguen sus caminos y cada día que termina es uno que no vuelve.

No se trata de vivir ignorando las responsabilidades, los problemas o las dificultades. Tampoco de fingir que todo está bien cuando no lo está. Se trata de no permitir que las preocupaciones ocupen tanto espacio que terminemos olvidando lo verdaderamente importante. De entender que tener a alguien a quien llamar, una familia con quien compartir la mesa, salud para levantarnos o la posibilidad de volver a intentarlo son privilegios que muchas veces reconocemos demasiado tarde.

Nunca perdamos la capacidad de sorprendernos con el milagro de la vida. Que no nos parezca normal despertar cada mañana. Que no demos por hecho el regreso de quienes amamos. Que podamos detenernos a mirar a nuestros hijos mientras duermen, disfrutar una comida sin afán, reírnos por cualquier tontería y agradecer esos días que parecen no tener nada extraordinario.

Porque tal vez lo extraordinario está precisamente ahí, en lo que hemos convertido en rutina.

Hoy no quiero escribir sobre la muerte, sino sobre la vida. Sobre esa que tenemos entre las manos y que a veces tratamos como si estuviera garantizada. Sobre la importancia de no aplazar los abrazos, de decir lo que sentimos, de disfrutar más y de dejar de gastar tanta energía en cosas que, vistas desde la dimensión de la vida, terminan siendo tan pequeñas.

Ojalá nunca necesitemos ver una tragedia para recordar que estar aquí ya es una razón enorme para agradecer.

Que nunca se nos vuelva costumbre estar vivos. Que no dejemos de agradecer por tener a quienes amamos cerca. Que la prisa no nos quite la capacidad de asombrarnos y disfrutar. Porque no hay testigo en el tablero que nos avise cuánto tiempo nos queda. Y la vida, esa que tantas veces dejamos para después, está sucediendo ahora.

Nos leemos pronto.

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