(OPINIÓN) Política, poder, democracia y autonomía territorial. Por: Héctor Quintero Arredondo
La política es la ciencia del poder. Todos estamos inmersos en ella; Aristóteles decía que quien piense lo contrario es porque se considera dios o bestia. Será buena en cuanto busque el bien general; de lo contrario será perversa.
El poder es la fuerza que emana de la organización social. Su potencia está en relación directa con la capacidad de esa organización. Es creador, empujoso y peligroso. Siempre alguien lo ejerce y la cultura occidental en las últimas centurias (en especial en las épocas de la revolución gloriosa inglesa, la francesa y la norteamericana) se ha dedicado a buscar cómo racionalizarlo y controlarlo. Ha creado la figura de su repartición, sus frenos y contrapesos (ramas, autonomías).
En Occidente, desde los días de los atenienses, pulimos la democracia como el sistema mejor para el ejercicio del poder. Con base en las libertades y la información celebramos elecciones libres (sin constreñimiento alguno) y pretendemos que el aparato gubernamental funcione de manera adecuada para el pueblo, con el pueblo y por el pueblo.
Todo lo dicho debe plasmarse en una constitución, escrita o simplemente aceptada.
El 7 de agosto toma posesión del poder un nuevo presidente. Cada cuatro años nosotros elegimos en condiciones mínimas de democracia a un compatriota que reúne mucho poder, fuertemente centralizado, que hasta las maluqueras petristas dominaban el congreso. Fueron tantos sus desaciertos que aquel león despertó al final de los cuatro años y algunas otras manifestaciones del poder (rama judicial, Junta de la República) exigieron respetar su autonomía. Por su parte el electorado rompió de alguna manera la consuetudinaria abstención.
Quien llega a ejercer el poder siempre tiene un hálito mesiánico. Es como si los colombianos no creyéramos en la versión homérica pronunciada en la Odisea, según la cual “no hay que buscar dioses entre los hombres”.
El nuevo presidente encontrará una sociedad asustada por los niveles de corrupción que tiene por nido principal la cueva de ladrones que alimenta generosamente el centralismo; tremenda desigualdad en cuanto al desarrollo de las regiones con amplias comarcas en manos de “paraestados”; un Estado que funciona muy mal pues a la sola Corte Constitucional llegan diariamente 5.400 tutelas.
El jefe de Estado habla de revertir el desastre que nos ubica en el mundo como una democracia precaria, a punto de perder ese modesto escalón.
La patria milagro es la esperanza, pero con sinceridad digo que con este feroz centralismo es imposible lograrla. Los departamentos y los municipios son los creadores de riqueza material y espiritual. Ante el fracaso estruendoso del centralismo, es necesario darle oportunidad al poder territorial, la democracia vertical de la que hoy se habla.
Al tiempo habrá que cambiar los sistemas de control y vigilancia. Ya se habla de veedurías ciudadanas y de auditorías que están previstas en la constitución y algunos más osados creemos que el replanteamiento debe ser más radical.
Deseamos éxitos al nuevo gobierno, pero esperamos que las reformas sean de fondo.

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