(OPINIÓN) Memoria histórica: Una batalla contra el olvido. Por: Julio César Prieto Rivera
Durante décadas, miles de colombianos recorrieron montañas, selvas, llanuras, ríos, carreteras y poblaciones vistiendo el uniforme de la Fuerza Pública. Algunos permanecieron pocos años en sus instituciones; otros dedicaron prácticamente toda su vida adulta al servicio. Estuvieron presentes en lugares y momentos que posteriormente formarían parte de la historia del conflicto colombiano.
LA MEMORIA DE QUIENES VISTIERON EL UNIFORME (7)
Sin embargo, conocemos mucho menos de sus experiencias de lo que deberíamos.
La vida militar y policial estuvo tradicionalmente asociada con valores como la disciplina, la reserva y el cumplimiento de la misión. El protagonista pocas veces era lo importante. Había que cumplir una tarea, entregar resultados, elaborar los informes correspondientes y continuar hacia la siguiente responsabilidad. Así transcurrieron años y décadas.
Mientras el país enfrentaba secuestros, atentados terroristas, tomas de poblaciones, ataques contra instalaciones militares y policiales, narcotráfico, minas antipersonal, extorsiones y la expansión de organizaciones armadas ilegales, miles de soldados y policías conocieron aquellas realidades desde lugares donde muy pocos colombianos estuvieron y vieron cosas que otros solamente conocieron por las noticias.
Compartieron durante meses con comunidades aisladas, recorrieron territorios donde prácticamente no existía presencia estatal, participaron en operaciones, atendieron poblaciones afectadas por la violencia, evacuaron heridos, recuperaron secuestrados, enterraron compañeros y regresaron después a sus hogares para continuar con sus vidas.
Cada uno conserva una historia, y esas historias también forman parte de la memoria del país.
Incorporarlas no significa afirmar que la versión de quienes integraron la Fuerza Pública sea superior a las demás ni pretender convertir toda actuación institucional en un episodio ejemplar. Significa reconocer algo elemental: nadie puede aspirar a comprender integralmente un conflicto si excluye la experiencia de quienes participaron directamente en él desde las instituciones encargadas constitucionalmente de defender al Estado y proteger a los ciudadanos.
Un soldado que permaneció durante meses en una región apartada puede recordar aspectos de una comunidad que nunca aparecieron en un informe oficial. Un policía que sobrevivió al ataque contra una población puede explicar detalles imposibles de percibir en una fotografía. Un piloto puede describir las dificultades de una evacuación. Un enfermero de combate puede recordar las circunstancias en las que atendió a sus compañeros y a civiles. Un comandante puede explicar qué información tenía disponible cuando debió adoptar una decisión.
Ninguna de esas experiencias reemplaza los documentos oficiales ni constituye automáticamente una verdad definitiva, pero todas pueden aportar.
Durante mucho tiempo una parte importante de esos recuerdos permaneció dentro de los casinos militares, reuniones de compañeros, hogares y conversaciones entre veteranos. Allí se contaron una y otra vez historias extraordinarias que rara vez fueron grabadas, escritas o estudiadas. El paso del tiempo convierte esa situación en una urgencia.
Los protagonistas de acontecimientos ocurridos hace cuarenta o cincuenta años envejecen; algunos comienzan a olvidar detalles y muchos ya han fallecido. Con ellos desaparecen nombres, lugares, circunstancias y experiencias que probablemente nunca quedaron registrados en otra parte. Por eso los veteranos pueden desempeñar un papel fundamental en la construcción de memoria histórica.
Pueden escribir sus experiencias, conceder entrevistas, identificar fotografías, organizar archivos personales, donar o facilitar documentos para investigaciones, participar en proyectos audiovisuales, acompañar trabajos académicos y ayudar a reconstruir acontecimientos en los cuales estuvieron presentes.
No necesitan haber ocupado altos cargos. La historia no ocurrió únicamente entre quienes ostentaban posiciones de mando.
También ocurrió en una trinchera, en un puesto de Policía, dentro de un helicóptero, durante una patrulla, en una enfermería, en una carretera, en una estación de radio, en una cocina de campaña o en una pequeña población donde un grupo de hombres permaneció durante meses cumpliendo una misión.
El testimonio de un soldado puede ser tan revelador para comprender determinados aspectos de una operación como el documento firmado por quien la comandó.
También debemos reconocer que dentro de la historia de la Fuerza Pública existen episodios dolorosos y actuaciones que vulneraron la ley. Estos hechos tampoco deben ocultarse.
Quienes vistieron el uniforme y cumplieron su deber dentro de la Constitución y la ley no necesitan que se borren los delitos cometidos por otros para reivindicar su servicio. Por el contrario, diferenciar responsabilidades individuales permite evitar que las conductas criminales de algunos terminen utilizadas para descalificar indiscriminadamente a generaciones enteras de militares y policías.
Una institución se fortalece cuando puede examinar su propia historia sin temor. Reconocer errores no elimina los sacrificios, así como reconocer sacrificios no puede utilizarse para justificar errores.
Esa madurez resulta indispensable cuando se pretende construir una memoria que pueda resistir el paso del tiempo.
Hay además una dimensión humana que pocas veces aparece en las estadísticas. Detrás de cada uniforme existió una familia.
Esposas, esposos, hijos, padres y hermanos también experimentaron las consecuencias de una profesión marcada durante muchos años por traslados, ausencias prolongadas, amenazas, incertidumbre y riesgo. Sus recuerdos permiten conocer otra dimensión del conflicto: la de quienes esperaban una llamada, una licencia o simplemente la noticia de que su familiar estaba bien. Esa memoria familiar también merece conservarse.
Colombia posee todavía una oportunidad extraordinaria. Miles de veteranos permanecen entre nosotros y pueden contribuir a explicar décadas fundamentales de nuestra historia reciente.
Hay que escucharlos mientras podamos hacerlo, no para escribir una historia exclusivamente militar o policial, sino para impedir que una parte indispensable de la historia nacional desaparezca sin haber sido registrada.
Quienes vistieron el uniforme no fueron espectadores del conflicto colombiano, fueron protagonistas de una época, y sus recuerdos, documentos, fotografías y experiencias constituyen un patrimonio que no les pertenece únicamente a ellos ni a sus instituciones.
También pertenece a la historia de Colombia.
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