Saltar al contenido

(OPINIÓN) La soledad no siempre se parece a estar solo. Por: María Fernanda Valdivieso

Hay una escena cada vez más común: una mesa llena de personas, varios teléfonos encendidos y muy poca conversación. Todos están ahí, pero cada uno parece vivir en una pantalla diferente.

IFMNOTICIAS-03
IFMNOTICIAS-03
7 min lectura
Escuchar artículo
(OPINIÓN) La soledad no siempre se parece a estar solo. Por: María Fernanda Valdivieso

También ocurre en oficinas, universidades, reuniones familiares, restaurantes y hasta dentro de una misma casa. Se responde un mensaje mientras alguien habla, se revisan notificaciones durante una comida, se mira una historia de Instagram mientras se ignora a quien está sentado al frente. Nunca había sido tan fácil encontrar a alguien y, paradójicamente, para muchas personas nunca había sido tan difícil sentirse acompañadas.

La soledad dejó de ser únicamente la ausencia física de compañía. Hoy puede aparecer en medio de una agenda llena, de cientos de contactos, de grupos de WhatsApp, seguidores, reuniones y conversaciones digitales. Una persona puede recibir mensajes durante todo el día y llegar a la noche con la sensación de que no tuvo una conversación verdaderamente significativa. Puede tener colegas, amigos, familiares y conocidos, pero no encontrar a quién llamar cuando necesita hablar sin tener que explicar demasiado.

Hay una diferencia importante entre estar solo y sentirse solo. La primera puede ser una elección saludable: un espacio para descansar, pensar, crear o simplemente estar consigo mismo. La segunda suele aparecer cuando existe una necesidad de conexión que no está siendo satisfecha. No siempre se necesita más gente alrededor. Muchas veces se necesita más profundidad en las relaciones que ya existen.

Parte del problema está en la velocidad con la que estamos viviendo. Las conversaciones se reducen a audios rápidos, emojis, reacciones y respuestas de una palabra. Se felicita con un corazón, se acompaña con un “ánimo”, se pregunta “¿todo bien?” y se sigue adelante. Tenemos herramientas extraordinarias para mantenernos conectados, pero ninguna aplicación puede hacer por nosotros el trabajo de escuchar, acompañar, mirar a los ojos o permanecer en silencio al lado de alguien que lo está pasando mal.

También hay una paradoja en las redes sociales. Permiten mostrar una parte de la vida con una facilidad que ninguna generación anterior tuvo. Se comparten viajes, celebraciones, logros, cenas, cumpleaños y momentos especiales. Lo que casi nunca aparece es la conversación difícil, la incertidumbre, el miedo, la tristeza o esos días en los que simplemente no se sabe qué hacer con uno mismo. El resultado puede ser una colección interminable de vidas aparentemente acompañadas frente a personas que comparan esa imagen con su propia realidad.

No es justo culpar únicamente a las redes. El problema es mucho más amplio. La vida adulta también ha cambiado. Hay menos tiempo disponible, más exigencias, trabajos que ocupan buena parte del día, familias dispersas geográficamente y relaciones que se sostienen durante años con la promesa de “tenemos que vernos”. Muchas amistades no terminan por una pelea; simplemente se van quedando sin encuentros hasta convertirse en un recuerdo al que se le tiene cariño.

Y hay otra razón que suele pasar desapercibida: construir vínculos requiere esfuerzo. La amistad adulta no aparece automáticamente. Hay que llamar, proponer un café, recordar una fecha, preguntar cómo salió una entrevista, visitar a alguien, escuchar una historia que ya se ha contado antes y tener la disposición de estar incluso cuando no hay nada particularmente divertido que hacer. La conexión no siempre necesita grandes planes. Necesita continuidad.

Aquí aparece una responsabilidad que nadie puede delegar en las redes, en la familia, en el trabajo ni en la sociedad: la propia manera de relacionarse. Si alguien siente que está rodeado de personas, pero profundamente desconectado, esperar pasivamente a que los demás resuelvan esa sensación puede prolongarla durante mucho tiempo. A veces el primer movimiento es tan sencillo como escribirle a alguien sin necesitar nada. No para pedir un favor, no para enviar una publicación, no para reaccionar a una historia. Para preguntar de verdad cómo está.

También hace falta recuperar conversaciones que no tengan un propósito productivo. En una época obsesionada con aprovechar el tiempo, parece extraño sentarse durante una hora a hablar sin llegar a ninguna conclusión. Sin embargo, buena parte de los vínculos importantes se construye precisamente ahí: en las conversaciones aparentemente inútiles, en las historias repetidas, en las risas inesperadas y en esos momentos que no producen dinero, contactos ni resultados medibles.

Otra decisión puede ser dejar de esperar siempre la iniciativa de los demás. Hay personas que llevan meses diciendo que nadie las busca, pero tampoco buscan a nadie. Esperan una invitación mientras rechazan las anteriores, quieren sentirse importantes mientras nunca preguntan por la vida de otros y desean conversaciones profundas sin atreverse a contar nada que las haga vulnerables. La conexión funciona en doble vía. No puede exigirse como un servicio que los demás deben prestar.

Eso tampoco significa abrir la vida personal indiscriminadamente. La intimidad necesita criterio. No todas las personas merecen conocer nuestras preocupaciones, nuestros conflictos.s o nuestras partes más vulnerables. Tener vínculos profundos no significa contarle todo a todo el mundo. Significa identificar a esas pocas personas con quienes existe suficiente confianza para poder hacerlo sin miedo a ser juzgado, utilizado o expuesto.

Para combatir la soledad también hay que recuperar la capacidad de estar presente. No basta con estar físicamente en un lugar. Cuando alguien habla y la otra persona mira constantemente el teléfono, la conversación recibe un mensaje muy claro: hay algo más importante ocurriendo en otra parte. Dejar el celular sobre la mesa durante una conversación puede parecer un gesto mínimo, pero en realidad comunica algo poderoso: durante este momento, esta persona importa.

Hay quienes creen que para sentirse acompañados necesitan ampliar su círculo. Tal vez necesitan hacer lo contrario: cuidar mejor el que ya tienen. Cinco mil seguidores no sustituyen una persona que conoce las partes de la historia que no aparecen en Instagram. Cien contactos profesionales no equivalen a un colega al que se puede llamar cuando una decisión difícil necesita ser pensada en voz alta. Una agenda llena tampoco garantiza que alguien tenga con quién compartir una preocupación a las once de la noche.

La soledad también puede ser una señal para revisar cómo se están construyendo las relaciones. Si todas las conversaciones giran alrededor del trabajo, los hijos, las obligaciones, los resultados o los problemas cotidianos, quizá haya poco espacio para hablar de aquello que realmente está pasando. Preguntar “¿cómo está?” es diferente de preguntar “¿cómo te ha ido?”. La primera pregunta puede abrir una conversación; la segunda suele producir un resumen de actividades.

Hay que volver a hacer preguntas que no tengan respuestas automáticas. ¿Qué le preocupa? ¿Qué está disfrutando? ¿Qué ha sido difícil últimamente? ¿Qué necesita? ¿Qué no ha podido contarle a nadie? No se trata de convertir cada encuentro en una sesión emocional. Se trata de demostrar interés suficiente para que la otra persona entienda que no tiene que presentarse siempre bien para ser bienvenida.

Y quizá haya que recuperar algo todavía más sencillo: cumplir. Si se promete llamar, llamar. Si se propone un encuentro, intentar concretarlo. Si alguien atraviesa una situación difícil, volver a preguntar unos días después, cuando ya pasó la novedad. Muchas personas reciben compañía durante la crisis y vuelven a sentirse solas cuando todos regresan a sus asuntos. El acompañamiento verdadero también existe después del “¿cómo sigues?”.

La tecnología seguirá ocupando un lugar enorme en nuestras relaciones y no hay nada malo en ello. El problema aparece cuando empezamos a utilizar herramientas diseñadas para conectar como sustituto de la conexión misma. Un mensaje puede abrir una puerta. Una llamada puede acercar. Una videollamada puede sostener una relación a distancia. Pero ninguna herramienta puede decidir por nosotros cuánto tiempo, atención y disposición estamos dispuestos a entregar.

La respuesta a la soledad no consiste en llenar cada espacio vacío con personas. Tampoco en abandonar las redes sociales ni en romantizar épocas pasadas. Consiste en volver a hacer algo que ninguna tecnología puede automatizar: interesarse genuinamente por otro ser humano y permitir que otro también se interese por uno.

Tal vez no haga falta conocer a más personas. Tal vez haga falta volver a estar de verdad con las que ya tenemos.

Compartir:

Noticias relacionadas