(OPINIÓN) ¡Juliana, qué mala eres! Por: César Bedoya
La indignación que produce el descalabro ético del saliente Gobierno ya no cabe en el asombro; ha mutado en una profunda náusea republicana. Nos vendieron la narrativa del "cambio", una reembolsación impulsada por la fuerza moral de una juventud supuestamente pura e incorruptible que vendría a limpiar las tuberías infectadas de la promesa política tradicional.
Sin embargo, la estruendosa irrupción de Juliana Guerrero en los pasillos del poder nacional ha dejado al descubierto la mentira más amarga del mandato de Gustavo Petro: de cambio no hubo nada, solo un relevo de nombres en las mismas prácticas ruines de siempre.
¡Juliana, qué mala eres! Y qué doloroso resulta constatar que la maldad y la ambición desmedida no entienden de partidas de nacimiento ni de fe de bautismo. A sus escasos 24 años, esta joven vallenata presentada en aquel fatídico Consejo de Ministros de febrero de 2025 como el símbolo "rebelde" del activismo juvenil pasó de ser una humilde bachiller a erigirse como la ama y señora impune de la administración pública. Títulos profesionales presuntamente falsificados, anulados posteriormente por la Fundación San José por no cumplir ni con las pruebas Sabre Pro, no fueron impedimento para que paseara su arrogancia por la Secretaría de Transparencia, el Ministerio de Igualdad y el Fondo de Adaptación.
Pero seamos claros: una joven de 22 o 24 años no logra semejante nivel de injerencia ni se pasea en aeronaves de la Policía Nacional para asuntos personales por mera generación espontánea. Alguien le puso las alas; alguien le pavimentó el camino. Es aquí donde la historia adquiere un tinte aún más siniestro y grotesco. Una vez más se confirma esa vieja paradoja de la condición humana: cómo quienes ostentan las más altas dignidades del Estado terminan dejándose seducir y doblegar por la astucia de mujeres jóvenes y desinhibidas, permitiendo que el poder formal de la Nación sea gobernado, manipulado y controlado debajo de las faldas.
El papel de encubridores de Gustavo Petro y de su escudero Armando Benedetti en este entramado es sencillamente vergonzoso. Mientras exfuncionarias con dignidad, como Angie Rodríguez, denunciaban cómo Guerrero "quitaba y ponía gente" en las entidades como si el Estado fuera su hacienda personal y se oponían a su descabellado nombramiento como viceministra de Juventudes, la respuesta del Presidente no fue la investigación ni la rectificación. Fue la bajeza. Petro prefirió atacar vilmente a la denunciante escudándose en su salud mental para minimizar el escándalo, mientras Benedetti y la cúpula gubernamental cobijaban los caprichos y los vuelos de la consentida de Palacio.
Lo revelado sobre la presunta red de coimas liderada por Juliana y su hermana Verónica Guerrero supera cualquier ficción sobre la codicia. De acuerdo con las denuncias que incluyen audios, chats y consignaciones, las hermanas cobraban desde un millón de pesos por una simple cita hasta anticipos de 200 millones, exigiendo tajadas del 10% del valor de contratos en ministerios tan sensibles como Vivienda, Interior, Defensa, Ambiente e Igualdad. Un botín que habría superado los 600 millones de pesos a costa del erario de los colombianos. La defensa presidencial de que "los contratos no se concretaron" no es más que una falacia ridícula que confiesa la ineptitud del delito, no la ausencia de la falta.
La juventud, que debió ser la reserva moral de este proceso, fue convertida por Juliana Guerrero y sus protectores en una patente de corso para el delito. Se escudaron en la "rebeldía estudiantil" para camuflar el tráfico de influencias más descarnado, demostrando que la perversión ética no requiere canas ni décadas en la burocracia. Cayeron en las mismas mañas del chantaje y la ambición que tanto criticaron en las plazas públicas, deshonrando a millones de jóvenes que sí se queman las pestañas y trabajan con honestidad por un país mejor.
El Gobierno del "cambio" termina así su ciclo: atrapado en la podredumbre, arropando la corrupción de sus protegidos y ofreciendo un espectáculo deplorable de encubrimiento. La historia recordará a Juliana Guerrero no como el líder juvenil que prometía transformar la política, sino como la triste prueba de cómo la seducción, la codicia y la complicidad desde las más altas esferas del poder terminaron por podrir un proyecto que juró ser diferente y resultó ser exactamente lo mismo, o peor.
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