(OPINIÓN) ¿Hayek un hambreador de pueblos? Por: Eduardo Mackenzie
Paloma Valencia desde hace unas semanas, después de su derrota en la primera vuelta de la elección presidencial, ha tomado la palabra para explicar a la militancia qué es y qué no es ideológicamente el Centro Democrático. Sus dos más explícitas afirmaciones sobre eso ocurrieron el 1 de agosto, en una “jornada de reflexión” del Centro Democrático en Medellín.
Reúno aquí las frases que cita la revista Semana a falta de tener el verbatim exacto de lo que Paloma Valencia dijo. No es el mejor método, pero ante la falta de un servicio de prensa del Centro Democrático debo conformarme con las frases sueltas que difunde la prensa y las redes sociales.
Las afirmaciones de Paloma son incompletas y ella, una vez más, evitó desarrollar sus ideas. Sin embargo, lo que dice muestra una inquietante tendencia general que vale la pena examinar.
Me parece que Paloma Valencia, sutilmente, trata de decirle a la base del Centro Democrático que ese partido entró en una fase de retroceso programático. No creo que su ofensiva se limitará a definir qué es un “partido de derecha” o qué es un “líder independiente”. Ella está diciendo que hay un verdadero giro del Centro Democrático en materia ideológica, es decir un cambio político que debe ser presentado por etapas para evitar un nuevo estallido de descontento en las bases, después del estallido de descontento que vimos por la transacción entre el uribismo y el petrismo en la elección del presidente del Senado, el pasado 20 de julio.
Paloma Valencia anuncia, además, entre líneas, que ese cambio de agenda tiene el aval del expresidente Álvaro Uribe, que las frases tipo “el Centro Democrático nunca fue un partido de derecha” no son elucubraciones de ella, sino que hay en camino un cambio de orientación radical hacia una forma de progresismo, hacia una posición que ha fracasado en muchos países, sobre todo donde el socialismo en sus varias formas se ha implantado.
Llama la atención que Paloma lance anatemas contra la derecha a sabiendas de que la mayoría de los colombianos son de derecha y que, además, los electores acaban de elegir un presidente de derecha y de expresar en ese acto político el repudio al centrismo falsamente virtuoso y, sobre todo, a la extrema izquierda lumpen y depredadora que encarnaron Petro y el Pacto Histórico.
Paloma anuncia, además, una reorientación tanto en política doméstica como en política internacional.
Semana resumió la cosa así: “Paloma Valencia busca camorra al nuevo gobierno y dice que el modelo que propone su partido sí funciona, no como el de Milei, Bukele o el del Tigre” [Abelardo de la Espriella]. Y lanzó este interesante disparate: “Tenemos que entender en qué partido es que estamos. Este no es un partido de derecha. El que cree que este es el partido de Hayek y de las libertades económicas, donde el Estado se queda cruzado de brazos y ve cómo se mueren de hambre los ciudadanos, está en el partido equivocado”.
“Este partido tiene muy claro que una de las maneras como uno logra defender la democracia en semejante crisis es que la gente no tenga hambre; es que la gente pueda tener condiciones de vida; es que la gente sienta que su dolor es atendido. ¿Y por qué sabemos que ese modelo funciona, a diferencia del de Milei o el de Bukele o el del Tigre? Porque este modelo ya se utilizó y sí funcionó”, sentenció Paloma Valencia.
Esas afirmaciones son asombrosas. Muestra una desaprobación excesiva de las experiencias audaces y exitosas que están dirigiendo Milei y Bukele en Argentina y El Salvador, sobre todo en los sectores del saneamiento económico y de la seguridad ciudadana y del orden público en sus respectivos países experiencias que son copiosamente criticadas por el mamertismo internacional, sin que este haya podido proponer soluciones alternativas, salvo las de volver a lo anterior, a la pesadilla que vivían esos dos importantes países.
Los programas de Milei y de Bukele resultan de la observación de lo real y no de abstracciones angelistas.
Lo peor de ese párrafo es, desde luego, lo que dice sobre Friedrich Hayek (1899-1992), Premio Nobel de Economía 1974, gran pensador del liberalismo moderno, junto con Milton Friedman. Ella ve a Hayek como un despiadado hambreador de pueblos.
Aquí el a priori de Paloma es total. Hayek, en realidad, no es un dogmático intransigente ni propone que el Estado se cruce de brazos ante “el hambre de los ciudadanos”. Paloma debería leer a Hayek antes de atragantarse con las interpretaciones izquierdistas de Wikipedia.
“La mejora de la situación económica en esta región (Hayek habla en 1943 de la reconstrucción de Europa en la posguerra, sobre todo de Europa del sureste) es urgente tanto desde el punto de vista humanitario como económico; ello tiene que ver con el interés de la paz futura de Europa y no podría evidentemente se realizar sino por métodos políticos diferentes de los practicados en el pasado”. Y agrega: “Pero esto nada tiene que ver con querer organizar toda la vida económica de esa región siguiendo un plan único” (1).
The Road to Serfdom, el célebre ensayo de Hayek, es un llamado de alerta contra la economía dirigida (lo que él llama el planismo centralizado) que, a pesar de las experiencias totalitarias en Rusia y Alemania, volvía en aquellos años como una tentación en algunos círculos occidentales. Hayek demuestra que “la economía dirigida no puede existir sin una expansión de los medios totalitarios”.
El estima que “el Estado debería limitarse a establecer las reglas adaptadas a las condiciones generales, a las situaciones-tipo y garantizar al individuo la libertad de acción en todas las circunstancias específicas, pues sólo el individuo puede conocer perfectamente esas circunstancias particulares y adaptar su conducta en consecuencia”.
En resumen: “Cuanto más el Estado ‘planifica’, más difícil es para el individuo hacer proyectos”.
Paloma cree como muchos en la falacia del “control democrático” de la economía como la vía para mejorar el nivel de vida de los países. Es decir, propone al CD que acepte un colectivismo disfrazado y que acepte la teoría de la dirección centralizada de la actividad económica mostrando que ese es el “modelo que sí funciona”. Sin embargo, ella no prueba que el “modelo” aplicado por Álvaro Uribe en sus ocho años de gobierno haya sido una economía dirigida.
El otro gran error es no ver que el aumento de riquezas y de recursos intelectuales, morales y tecnológicos para mejorar las sociedades es el sistema capitalista el que lo ha creado, mientras que las opciones divergentes, pretendidamente superiores el socialismo y su versión más extrema, el comunismo, son productores de estancamiento, pobreza, miseria y opresión masiva de las sociedades.
Paloma acusa al capitalismo (en el fondo eso es lo que está detrás de su alegato contra “el partido de derecha”), de disponer de un Estado que “se queda cruzado de brazos y ve cómo se mueren de hambre los ciudadanos”. Ella invierte los términos del problema. No acusa a las dictaduras totalitarias (ambas de economía dirigida), las que históricamente han sido las creadoras de las peores catástrofes humanas de la historia: exterminio de pueblos, razas y clases. Ellas crearon —algunas deliberadamente hambrunas que mataron a millones de personas, escasez, pobreza, atraso educacional, miedo social, guerras civiles, agresiones a países vecinos, etc.
¿Por qué Paloma Valencia trata de atribuirle eso a los países democráticos-liberales? ¿Por qué denigra “el partido de las libertades económicas”? ¿Por qué propone la discusión en esos términos, ahora y no antes? ¿Por qué tal estigmatización de todo lo que tiene que ver con la derecha? ¿Por qué después de la elección del único candidato de derecha en esa votación? La respuesta es obvia: porque Paloma intenta sembrar la duda, descalificar, afrentar anticipadamente el programa de gobierno de Abelardo de la Espriella, para que este recorte sus principales objetivos, aquellos que permitirían restaurar la paz y sacar al país del subdesarrollo. ¿Hace eso para desacreditar la actitud del nuevo mandatario sobre la JEP y los “procesos de paz” y su insistencia en un sistema de Estado mínimo, basado en la aplicación de la Constitución y de la ley?
“Este partido no es de derecha”, insistió la exsenadora. Y continuó: “Decir que el Centro Democrático no es de derecha no significa que sea de centro y mucho menos de izquierda”. ¿Qué es entonces el Centro Democrático ? Ella cree que puede responder con una pirueta: “Nosotros realmente lo que somos es uribistas” (sic). ¿Pero qué es entonces el uribismo? ¿Su perfil político es indefinible? ¿Es un movimiento político que no es de derecha, ni de izquierda, ni de centro? ¿Es una nueva formación política que se orientará según la dirección del viento?
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