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(OPINIÓN) ¿Y ahora, quién podrá defendernos? Por: María Clara Posada

La Defensora del Pueblo encontró su momento estelar en el noble acto de posar para una foto con su equipo directivo. Orgullosa, recientemente publicó en redes que había logrado pasar del 38% al 69% de mujeres en esos cargos.

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Redacción IFM
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¿Y ahora, quién podrá defendernos? Por: María Clara Posada

La Defensora del Pueblo encontró su momento estelar en el noble acto de posar para una foto con su equipo directivo. Orgullosa, recientemente publicó en redes que había logrado pasar del 38% al 69% de mujeres en esos cargos. Para ella, ese es el verdadero logro. Los demás asuntos, los que suelen ser urgentes en un país como Colombia, parecen cosas menores. ¿Qué importa que se hayan expandido los grupos criminales? ¿Qué importa que la famosa paz total haya terminado convertida en un simple disfraz del terrorismo? ¿Qué importa que en un solo año se hayan registrado más de quinientos casos de reclutamiento de menores, asesinatos de líderes sociales, masacres y amenazas contra comunidades enteras? El detalle está en la nómina y en la proporción de género, porque nada simboliza mejor la defensa del pueblo, que el equilibrio aritmético de las sillas directivas. Y bueno… En últimas, el mérito es lo de menos.

La lista de tragedias es larga y dolorosa. 190 líderes sociales asesinados, 70 masacres que dejaron más de 250 víctimas, candidatos políticos intimidados y asesinados, comunidades campesinas que sobreviven bajo la amenaza constante de los fusiles. Pero nada de eso merece un balance público de la Defensoría. Su brújula ética parece señalar otra dirección: Mientras las cifras de violencia se multiplican, la institución prefiere enarbolar el activismo woke como si eso fuera el equivalente a garantizar la vida, la libertad y la dignidad de los colombianos. Es un giro curioso, en donde la tragedia real se desvanece para dar paso a la celebración de un organigrama más “pintoresco”. Lo irónico es que ese entusiasmo por contar mujeres, no se traduce en contar vidas salvadas.

Una Defensoría del Pueblo debería medirse por la capacidad de proteger comunidades, exigir respuestas al Estado y contener el avance de la barbarie. Aquí no. Aquí se mide por el porcentaje de género en su plantilla. Y claro, ese logro tiene valor, pero convertido en bandera, parece más bien una caricatura de lo que debería ser la institución. Es como presumir tener un hospital con paridad de género en la junta directiva, mientras se carece de médicos, medicinas y equipos. Una foto prolija de un desastre silencioso.

En la mitología griega, Iris es la mensajera de los dioses. Aquí, en Colombia, Iris se convirtió en la mensajera del progresismo. No bastándole con el espectáculo nominal, la funcionaria decidió salir a presionar al Senado para que eligiera a la candidata del gobierno a la Corte Constitucional no por el mérito que reflejara la hoja de vida de Balanta, sino por sus cromosomas XX-. Una intromisión en la autonomía de los poderes, disfrazada de defensa de derechos. Bajo la bandera de la “equidad de género” busca presionar una elección que corresponde al Congreso. La pregunta se hace inevitable: ¿quién defiende al mérito de la tiranía del género?

Parafraseando a Cayetana Álvarez, el empoderamiento no nace de las cuotas ni de la victimización permanente, sino del mérito individual y del acceso a oportunidades reales. La idea de que las mujeres somos un bloque homogéneo que debe ser representado como masa uniforme resulta, además de injusta, profundamente reduccionista. La igualdad consiste en reconocer capacidades y convicciones, no en acumular porcentajes para cumplir una estadística que luego se exhibe en medio del espectáculo.

El país clama por una voz que denuncie con fuerza lo que está ocurriendo en los territorios. Un defensor del pueblo, debería ser la piedra en el zapato de los gobiernos cuando las comunidades son abandonadas a su suerte y no, el extra que da palmaditas de reconocimiento fácil en el mundo del activismo de salón.

El sarcasmo aquí no me lo invento yo. Lo fabrica la propia realidad. En un año en que la violencia se recrudece, la paz total se desmorona y las comunidades claman por protección, la gran hazaña de la Defensora Iris, es haber modificado cromosómicamente la nómina y haberse convertido en promotora de la agenda woke del gobierno. Y así, mientras las cifras de sangre crecen, el activismo se limita a producir un nuevo récord en materia de cuotas. Una paradoja que solo se explica en un país donde el ruido del poder, suele tapar el clamor de la gente.

Y ahora, ¿Quién podrá defendernos?

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