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(OPINIÓN) Un país productor con los motores apagados. Por: Carlos Andrés Echavarría Blandón

El segundo productor de petróleo del mundo y el tercero en refinación de combustibles tiene hoy sus motores apagados. La guerra entre Rusia y Ucrania ha comenzado a pasarle una factura devastadora al invasor, al punto que la estabilidad de Vladímir Putin en el poder empieza a ponerse en duda.

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(OPINIÓN) Un país productor con los motores apagados. Por: Carlos Andrés Echavarría Blandón

Los drones ucranianos dominan hoy los cielos rusos, teniendo como objetivo principal las refinerías del país. Los once centros de producción más importantes han sido alcanzados, incluida la refinería de Omsk, ubicada en Siberia a más de 2.000 kilómetros de la frontera.

Durante una reunión bilateral en el marco de la cumbre de la OTAN, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, le preguntó al mandatario ucraniano, Volodímir Zelenski, si estaría dispuesto a viajar a Moscú para negociar con Vladímir Putin. La respuesta de Zelenski fue tajante: “Es complicado… Hay demasiados drones ucranianos en el aire en este momento. Por eso es peligroso para mí; sería peligroso para cualquiera”

Para el presidente ruso, el conflicto se torna cada día más complejo. En el terreno avanzan a paso de tortuga, asumiendo un volumen altísimo de bajas y con severas dificultades para reabastecer a sus tropas en la primera línea: sin combustible, los tanques sencillamente no se mueven.

Al mismo tiempo, la escasez golpea de lleno al ciudadano común. Las filas frente a las gasolineras superan el millar de vehículos y, en la misma capital, Moscú, conseguir combustible implica días de espera. En la península de Crimea, territorio anexionado por la fuerza en 2014, se prohibió de facto la venta de gasolina a particulares. Al ser plena temporada de verano, miles de veraneantes rusos han quedado varados, sin posibilidad de regresar a sus hogares.

La situación es tan crítica que el propio Putin debió reconocer públicamente que existía “un cierto problema” con el suministro. Sin embargo, estimaciones de agencias internacionales calculan que los ataques ucranianos han reducido al menos en un 40% la capacidad de refinación rusa.

Esta «operación militar especial», que dentro de Rusia no puede llamarse guerra so pena de ir a prisión, tiene al país al borde del abismo. Para dimensionar el desastre energético, Moscú debió recurrir a Kazajistán, no para comprarle combustible, sino para solicitarlo bajo la figura de ayuda humanitaria; es decir, regalado. Las arcas del Kremlin están secas, y la colaboración prometida por el aliado kazajo —alrededor de 50 mil toneladas métricas— apenas alcanzará para abastecer a Rusia durante 12 horas.

Desde cualquier ángulo analítico, la invasión le está resultando un fiasco al mandatario ruso, pese a la formidable maquinaria de propaganda que intenta convencer al mundo de que Rusia podría aniquilar a Ucrania en cualquier momento y sin esfuerzo.

Por primera vez en más de dos décadas en el poder, Vladímir Putin enfrenta un escenario que compromete seriamente su permanencia en la presidencia. Todo por haber subestimado la determinación del pueblo ucraniano y por no comprender a tiempo que las guerras modernas ya no se ganan por simple desgaste, sino con tecnología. Y en ese terreno, el gigante euroasiático se quedó rezagado.

Rusia demostró ser un gigante de papel que hoy solo tiene el chantaje nuclear para amenazar al mundo. La guerra desnudó por completo a su ejército y provocó que hasta sus compradores de armas más fieles comiencen a buscar proveedores con verdadera tecnología del siglo XXI. Esperemos que los abúlicos del comunismo, que siempre presentan a Rusia como el faro a seguir, entiendan de una vez el fracaso de una doctrina que solo destruye cuando se enquista en cualquier país.

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