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(OPINIÓN) Un país partido en dos. Por: César Bedoya

La reciente jornada de segunda vuelta presidencial en Colombia ha dejado un panorama tan claro en sus cifras como difuso en su gobernabilidad.

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(OPINIÓN) Un país partido en dos. Por: César Bedoya

Con un resultado que roza el empate técnico donde las dos grandes corrientes políticas se dividieron el electorado en proporciones casi idénticas el país no solo eligió un rumbo formal, sino que ratificó un diagnóstico de su propia anatomía social. El balance cuantitativo nos entrega una democracia hiperactiva en las urnas, pero el balance cualitativo nos devuelve el reflejo de una nación profundamente fracturada, donde la victoria de uno ya no significa, bajo ninguna circunstancia, la derrota definitiva o la sumisión del otro.

Durante esta intensa temporada de campañas, la sociedad colombiana experimentó una fatiga democrática sin precedentes, alimentada por una polarización que dejó de ser meramente ideológica para volverse visceral. El ciudadano de a pie se vio inmerso en una atmósfera de confrontación constante donde las propuestas programáticas fueron sepultadas por la lógica de las barras bravas. Las redes sociales y los discursos públicos se transformaron en trincheras, obligando a una sociedad diversa a encasillarse en dos realidades paralelas e irreconciliables, evidenciando que el tejido social está pagando el costo más alto de la ambición electoral.

Por su parte, la forma de hacer política de los candidatos y sus maquinarias reflejaba una preocupante degradación del debate público. Asistimos a una pasarela de estrategias diseñadas no para convencer desde la razón o la viabilidad técnica, sino para capitalizar el miedo, el resentimiento y las emociones más primarias del electorado. La política colombiana sustituyó los grandes acuerdos y las visiones de Estado a largo plazo por el eslogan de quince segundos, la descalificación mutua y las promesas de soluciones mágicas a problemas estructurales, consolidando un modelo donde el contenido es accesorio y el espectáculo lo es todo.

Esta realidad conecta de manera milimétrica con las tesis planteadas por Moisés Naím en su célebre libro El fin del poder. El autor explica cómo, en el siglo XXI, el poder es más fácil de obtener, pero mucho más difícil de usar y más fácil de perder, debido a la degradación de las grandes instituciones tradicionales. Naím advertía con precisión que las próximas generaciones políticas se enfrentarían a un escenario donde el poder no se concentra, sino que se pulveriza, obligando a los gobernantes a lidiar con sociedades que terminan divididas por partes exactamente iguales, un fenómeno sociopolítico que Colombia acaba de escenificar a la perfección en las urnas.

El resultado de estas elecciones es la confirmación empírica de esa fragmentación: el mandatario electo llega a la Casa de Nariño con una legitimidad numérica, pero con una debilidad política intrínseca. En el marco de este "micropoder" que describe a Naím, las mayorías absolutas y los cheques en blanco para gobernar han desaparecido. Quien asume las riendas del Estado se encuentra de inmediato con un Congreso atomizado, unas regiones con agendas opuestas y una ciudadanía vigilante que no otorgará tregua ni periodos de gracia, haciendo que el ejercicio de la autoridad sea un desafío de supervivencia diaria.

La gran reflexión que nos deja este proceso electoral es que Colombia necesita transitar con urgencia de la política de la trinchera a la política de la filigrana. Si la mitad del país no se siente interpretada por el nuevo gobierno, la terquedad de imponer una agenda radical sin consensos solo conducirá a la parálisis institucional o a una crisis social permanente. El fin del poder absoluto obliga a entender que el consenso ya no es un acto de generosidad política del gobernante, sino una necesidad aritmética e institucional para que el Estado pueda operar mínimamente.

Finalmente, el verdadero reto para el futuro inmediato no radica en la gestión económica o en los planos sectoriales, sino en la recomposición de la confianza colectiva. El veredicto de 2026 nos advierte que ganar una elección ya no significa tener el control del destino nacional. Si los líderes políticos no asimilan que la fragmentación social es el mayor peligro para la estabilidad democrática, el país seguirá atrapado en un ciclo eterno de alternancias revanchistas, donde el poder se reduce a un trofeo efímero mientras la sociedad continúa fragmentada, esperando soluciones que la política tradicional ya no parece capaz de proveer.

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