(OPINIÓN) A un año de la muerte de Miguel Uribe Turbay, la conversación que Colombia necesita. Por: Laura Mejía
A un año de la muerte de Miguel Uribe Turbay, Laura Mejía recuerda al político, pero también al amigo y a la fuente que acompañó parte de su camino en el periodismo. Desde esa cercanía, reflexiona sobre la herida que dejó su asesinato en la democracia colombiana y sobre una deuda que permanece vigente: aprender a conversar en medio de las diferencias, recuperar el diálogo social y entender que pensar distinto nunca puede convertirse en una razón para destruirnos.
Hay personas a las que uno conoce desde el oficio. Primero son una llamada, un mensaje, una fuente que responde. Con el tiempo, si la vida lo permite, se convierten en conversaciones más largas, en afectos, en amigos.
Así recuerdo a Miguel.
Lo conocí en el ejercicio del periodismo. Fue fuente. De esas fuentes que uno llama para entender, para contrastar, para preguntar lo incómodo. Y en ese camino, entre entrevistas, conversaciones y encuentros, también tuve la oportunidad de conocer al ser humano que había detrás del político.
Por eso, un año después de su muerte, escribir sobre Miguel Uribe Turbay no me resulta sencillo.
No lo hago desde la distancia con la que tantas veces nos toca contar las tragedias. Lo hago desde la ausencia. Desde el dolor que todavía produce saber que alguien con quien compartiste conversaciones ya no está. Desde esa sensación difícil de explicar que deja la muerte cuando, además de una figura pública, se lleva a un amigo.
Y quizá eso es lo que más me golpea cuando pienso en lo ocurrido.
Porque Miguel fue asesinado en medio de la política, pero antes de ser una víctima de la violencia política era un ser humano. Era hijo, esposo, padre, hermano, amigo. Era el hijo de Miguel Uribe Londoño, a quien hoy quiero enviarle un abrazo enorme y profundo. También a Delia, su esposa, a quien Miguel quiso y reconoció como esa segunda mamá que la vida le regaló. Y a María Carolina, su hermana, a quien abrazo especialmente en este día.
Un abrazo también para María Claudia, para sus hijos y para todos los amigos que, como yo, siguen encontrándose de repente con un recuerdo, una conversación, una fotografía o un mensaje que devuelve por unos segundos la sensación de que Miguel todavía está aquí.
Pero no está.
Y esa es una realidad que Colombia no puede pasar por alto.
Ha pasado un año desde su muerte y me sigue inquietando una pregunta: ¿qué aprendimos?
Porque sería imperdonable que el magnicidio de Miguel se convirtiera simplemente en una fecha más del calendario. En un aniversario, en unas flores, en un minuto de silencio y después en el regreso a la misma dinámica de siempre: la del insulto, la deshumanización y la incapacidad de reconocer que quien piensa diferente no es nuestro enemigo.
Colombia tiene una relación dolorosa con la violencia. Hemos visto demasiadas veces cómo las diferencias políticas pasan de la palabra a la agresión y de la agresión a la tragedia. Hemos aprendido a vivir en medio de los extremos y, lo que es aún más peligroso, hemos empezado a normalizar la idea de que el otro merece ser destruido.
Y no. La democracia no puede sobrevivir si confundimos disentir con odiar.
Podemos pensar distinto. Podemos defender posiciones opuestas. Podemos debatir con firmeza y, sí, incluso con pasión. Lo que no podemos seguir permitiendo es que la diferencia se convierta en una excusa para deshumanizar al otro.
Eso no significa que tengamos que estar de acuerdo. El diálogo no consiste en renunciar a las convicciones. Conversar no es ceder en todo. Escuchar no es traicionarse.
El verdadero reto de una sociedad democrática es mucho más complejo: aprender a sostener nuestras diferencias sin querer acabar con quienes las representan.
Hoy, más que nunca, Colombia necesita recuperar la conversación.
Necesitamos volver a sentarnos con quien piensa distinto sin empezar por preguntarnos cómo derrotarlo. Necesitamos escuchar antes de responder. Preguntar antes de señalar. Comprender que detrás de cada postura política hay seres humanos con historias, miedos, convicciones y razones.
Eso es el diálogo social. No una fotografía bonita de personas que piensan igual, sino la capacidad de construir conversaciones justamente donde parece más difícil hacerlo.
Desde el periodismo también tenemos una enorme responsabilidad.
Quienes contamos la realidad todos los días sabemos que las palabras tienen consecuencias. Que un titular puede encender o puede informar. Que una pregunta puede abrir un diálogo o cerrar una puerta. Que el periodismo tiene la obligación de vigilar al poder, cuestionar, investigar y ser incómodo cuando sea necesario, pero nunca de renunciar a la humanidad.
Miguel lo entendía desde el otro lado de esa relación. Era fuente, era político, era entrevistado y sabía que una entrevista no siempre significaba escuchar lo que quería decir. A veces había preguntas difíciles. A veces diferencias. Pero eso nunca debería impedir el respeto.
Y quizás allí encuentro una de las lecciones personales que me deja su ausencia.
En un país tan polarizado como el nuestro, debemos volver a vernos como personas antes que como etiquetas.
Antes que de derecha o de izquierda.
Antes que oficialistas u opositores.
Antes que amigos o contradictores de determinado gobierno.
Antes que los insultos que nos ponemos unos a otros para no tener que escuchar.
Porque cuando dejamos de ver humanidad en quien piensa diferente, la democracia empieza a perder terreno.
Miguel ya no está para participar en esa conversación. Y esa es, precisamente, una de las tragedias más profundas de su asesinato: alguien decidió que sus ideas debían ser silenciadas con violencia, que su voz debía desaparecer.
Pero ninguna bala debería tener el poder de definir quién puede hablar en una democracia.
Por eso, un año después, quiero recordar a Miguel desde la vida. Desde las conversaciones. Desde el amigo que conocí después de haber conocido a la fuente. Desde las veces que pudimos coincidir y también desde las diferencias que, como ocurre entre seres humanos, seguramente tuvimos.
Quiero recordar que se puede querer a alguien sin pensar exactamente igual en todo. Que la amistad no exige uniformidad. Que el respeto no necesita coincidencias absolutas.
Quizás eso sea lo que más necesitamos aprender como país.
A conversar.
A disentir sin destruir.
A debatir sin odiar.
A defender nuestras ideas sin convertir al otro en una amenaza que debe desaparecer.
Hoy abrazo con todo mi cariño a Miguel Uribe Londoño, a Delia y a María Carolina. Abrazo a María Claudia, a sus hijos, a su familia y a quienes tuvimos la fortuna de llamar amigo a Miguel.
Y abrazo también, desde la reflexión, a un país que necesita detenerse antes de que el lenguaje siga abriendo el camino a la violencia.
Un año después, Miguel hace falta.
Le hace falta a su familia, a sus amigos y, seguramente, a muchos que lo conocieron de cerca o desde la distancia. Pero también le hace falta a una democracia que todavía tiene que aprender una lección urgente: no hay diferencia política que justifique perder la capacidad de conversar.
Porque cuando dejamos de hablar, otros empiezan a decidir que la violencia hable por nosotros. Y Colombia ya ha pagado demasiado caro cada vez que eso ocurre.
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