(OPINIÓN) Tierras raras en Colombia: realidad geológica, desafíos territoriales y política pública. Por: Oswaldo Ordoñez Carmona
Las llamadas “tierras raras” corresponden a un grupo de 17 elementos químicos estratégicos, conformado por los lantánidos, además del itrio y el escandio.
Entre los más importantes para la economía y tecnología del siglo XXI se encuentran el neodimio (Nd), disprosio (Dy), terbio (Tb), itrio (Y) y europio (Eu), esenciales para la fabricación de imanes permanentes de alto desempeño, vehículos eléctricos, turbinas eólicas, sistemas electrónicos avanzados, telecomunicaciones y tecnologías de defensa.
Aunque su nombre puede sugerir minerales escasos, en realidad muchos de estos elementos son relativamente abundantes en la corteza terrestre; lo poco común es encontrar concentraciones económicamente explotables. Entre los principales minerales asociados a tierras raras se encuentran la monacita, xenotima, allanita y bastnaesita, además de sistemas más complejos donde las tierras raras aparecen adsorbidas en arcillas tropicales profundamente meteorizadas o asociadas a fosfatos o a sedimentos marinos ricos en hierro y manganeso.
En el caso colombiano, sin embargo, el análisis debe hacerse con realismo geológico y territorial. Hasta el momento, el país no presenta evidencia robusta de grandes depósitos clásicos de tierras raras asociados a carbonatitas o complejos alcalinos hiperenriquecidos, como los conocidos en China, Australia o Brasil. En consecuencia, una estrategia nacional basada en la expectativa de descubrir un “Bayan Obo colombiano”, el mayor depósito de tierras raras conocido del planeta, ubicado en China y responsable de más del 35% de las reservas globales estimadas probablemente conduciría a diagnósticos equivocados y políticas públicas poco efectivas.
En los últimos años también han adquirido relevancia los sedimentos marinos ricos en tierras raras, especialmente aquellos asociados a fosfatos biogénicos y micronódulos de hierro y manganeso en fondos oceánicos profundos. Particular interés han despertado los descubrimientos realizados por Japón alrededor de Minamitorishima, en el Pacífico occidental, donde se han identificado lodos oceánicos enriquecidos en estos elementos a profundidades cercanas a los 6.000 metros, considerados actualmente entre los recursos potenciales más importantes del mundo para elementos críticos como disprosio, terbio e itrio.
Ello no significa ausencia de potencial geológico en Colombia. Por el contrario, el país podría presentar oportunidades menos convencionales, asociadas a su evolución tectónica, sedimentaria y tropical. En este contexto, resulta particularmente relevante evaluar antiguos sedimentos marinos profundos preservados en distintas cordilleras del país, algunos aún como rocas sedimentarias y otros transformados por metamorfismo regional en esquistos negros o grafitosos.
La Cordillera Oriental y sectores de la Cordillera Occidental preservan secuencias sedimentarias marinas profundas, mientras que partes de la Cordillera Central contienen metasedimentos y esquistos negros derivados de antiguos ambientes oceánicos que han sido metamorfizados. La pregunta geológica de fondo es si algunos de estos materiales de origen sedimentario marino pudieron experimentar procesos de enriquecimiento geoquímico comparables aunque no necesariamente idénticos a los observados actualmente en sedimentos oceánicos ricos en tierras raras como los identificados por Japón alrededor de Minamitorishima.
En otras palabras, el reto para Colombia no sería buscar únicamente depósitos clásicos de tierras raras, sino evaluar si ciertos sedimentos marinos antiguos fosfáticos, ricos en materia orgánica o asociados a micronódulos de hierro y manganeso pudieron concentrar elementos incompatibles a lo largo de extensos periodos geológicos y posteriormente preservarse o reconcentrarse mediante procesos de metamorfismo y meteorización tropical.
A ello se suma otro elemento importante: la posibilidad de que algunos granitos derivados o contaminados con rocas sedimentarias, así como sistemas metamórficos de la Cordillera Central, hayan heredado o reconcentrado elementos asociados a tierras raras presentes originalmente en dichos materiales sedimentarios. Aunque en Colombia no se conocen hasta el momento concentraciones excepcionales de minerales clásicos portadores de tierras raras, como monacita o xenotima, sí existen condiciones geológicas que justifican una evaluación más detallada de sistemas híbridos donde estos elementos puedan aparecer asociados a grafito, fosfatos, titanio o arcillas tropicales profundamente meteorizadas.
Si bien algunas regiones de la Orinoquía y la Amazonía colombiana podrían presentar prospectos con potencial geológico asociado a sistemas graníticos y a procesos de meteorización tropical profunda, gran parte de estas áreas coinciden con zonas de protección ambiental, resguardos indígenas y regiones de alta complejidad logística. En consecuencia, las dificultades de acceso, la sensibilidad territorial y las restricciones ambientales hacen que, al menos en el corto y mediano plazo, la exploración y eventual viabilidad de proyectos de gran escala resulten particularmente complejas.
Esto implica direccionar la investigación regional, focalizar la cartografía geoquímica orientada a tierras raras y minerales asociados, reevaluar antiguos metasedimentos marinos y construir una política pública que combine conocimiento científico, viabilidad territorial y visión estratégica de mediano y largo plazo. En este contexto, resulta fundamental que el Servicio Geológico Colombiano, bajo la orientación del Ministerio de Minas y Energía y en articulación con las prioridades estratégicas del país y del nuevo gobierno, fortalezca y priorice esta línea de investigación.
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