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(OPINIÓN) Sin segundas oportunidades. Por: María Clara Posada

Colombia necesita menos ansiedad por el protagonismo y más jerarquía en las prioridades.

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(OPINIÓN) Sin segundas oportunidades. Por: María Clara Posada

Antes que preguntarnos quién merece una dignidad, Colombia necesita preguntarse qué merece su atención. Esa diferencia, que parece apenas semántica, define el destino de las naciones. Los países fracasan menos por falta de inteligencia que por incapacidad para establecer prioridades. Cuando la agenda pública pierde el sentido de las proporciones, los asuntos accesorios desplazan a los decisivos y el debate termina convertido en un ejercicio de vanidad mientras los problemas reales avanzan sin resistencia.

Hoy el país enfrenta uno de esos momentos. Es legítimo discutir la conformación de las mesas directivas del Congreso y el perfil de quienes ejercerán determinadas responsabilidades. Todo ello hace parte de la vida democrática. Pero resulta inquietante que esas conversaciones concentren buena parte de la energía política con artimañas, narrativas digitales y estrategias de comunicación amañadas que al final terminan erosionando el equipo con el que tendremos que construir, mientras Colombia recibe un escenario marcado por desafíos de una gravedad excepcional.

La primera obligación de un estadista consiste en distinguir entre lo importante y lo urgente. Y lo urgente hoy tiene nombre propio. Tenemos que tener la fuerza suficiente para superar el legado de deterioro petrista y esa fuerza no puede darse por sentada. Hay cariños que son de ocasión por novedad, por interés y otros que son convicción pura. Esos son los que al final permanecen en el tiempo y con los que se contará para sobrepasar urgentes desafíos.

La seguridad nacional atraviesa una de las crisis más delicadas de los últimos años. No puede considerarse un dato menor que un presidente electo contemple posesionarse en un batallón por razones de seguridad. Más allá de la discusión jurídica o protocolaria, el solo hecho de que esa posibilidad exista revela la magnitud del deterioro. A ello se suman la amenaza de un déficit energético, los retrasos acumulados en infraestructura estratégica, las dificultades fiscales, el debilitamiento de la confianza inversionista, el fortalecimiento de las economías criminales, el deterioro gravísimo de la institucionalidad y la pérdida de control efectivo del Estado sobre extensas zonas del territorio. Ninguno de estos problemas admite aplazamientos, soberbia, cálculos políticos, borraduras de casete, ni conciencias que confundan el apoyo con la sumisión.

Precisamente por eso, el liderazgo institucional no puede reducirse a una simple contabilidad de votos. La legitimidad electoral es importante, pero conducir una corporación que deberá orientar la agenda del primer año exige mucho más. La experiencia, la formación, el carácter para sostener decisiones difíciles, la lealtad a los principios, la coherencia demostrada cuando las presiones arrecian o las mieles de la mermelada pululan y la capacidad de inspirar confianza pesan tanto como el respaldo en las urnas. La conducta del pasado suele ser el mejor indicador de las decisiones del futuro. En tiempos excepcionales, el país necesita dirigentes cuya trayectoria inspire confianza, cuya firmeza no dependa de las conveniencias del momento y cuya palabra conserve el mismo valor cuando resulta costosa.

El nuevo Congreso enfrentará, además, una oposición que combinará la confrontación institucional con la movilización permanente en las calles. Ese escenario exige firmeza probada en todas las horas, serenidad, experiencia y sentido de Estado. La historia enseña que las naciones no suelen sucumbir por escoger al hombre equivocado para una dignidad, sino por dedicar sus mejores energías a destruir al coequipero, fraguando planes para hacerse con palancas de poder, cuando el peligro ya golpeaba sus puertas. Existe una antigua imagen que ilustra esta situación. Mientras las murallas de Constantinopla cedían bajo el asedio otomano, parte de la élite seguía enfrascada en discusiones teológicas cuya resolución ya no cambiaría el desenlace de la guerra. Algo semejante a pensar que, cuando el Titanic ya ha golpeado el iceberg, la tripulación concentre su atención y su capacidad estratégica en decidir quién será el próximo coordinador de marinos.

Colombia necesita menos ansiedad por el protagonismo y más jerarquía en las prioridades. Porque cuando un país pierde la capacidad de distinguir entre lo urgente y lo accesorio, la historia termina imponiendo esa diferencia con una severidad que nunca concede segundas oportunidades.

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