(OPINIÓN) ¿Quién está pensando por nosotros? Por: María Fernanda Valdivieso
Nunca habíamos tenido tantos expertos al alcance de la mano. En cuestión de segundos podemos escuchar a un psicólogo explicar una relación, a un economista interpretar una crisis, a un médico hablar de salud, a un empresario contar cómo construyó su éxito o a una inteligencia artificial responder casi cualquier pregunta con una velocidad impensable hace apenas unos años.
Es, sin duda, uno de los mayores privilegios de nuestro tiempo. El problema nunca han sido los expertos. Tampoco los libros, los podcasts, las conferencias o las nuevas tecnologías. Todos amplían nuestras posibilidades de aprender, contrastar ideas y acceder a conocimientos que durante siglos estuvieron reservados para unos pocos.
La pregunta es otra. ¿Qué lugar le estamos dejando a nuestro propio juicio?
Pensar exige un esfuerzo que pocas veces estamos dispuestos a asumir. Significa convivir con la incertidumbre, aceptar que no todas las preguntas tienen una respuesta inmediata y reconocer que dos personas bien informadas pueden llegar a conclusiones completamente distintas.
Quizás por eso resulta tan tentador buscar una voz que piense por nosotros. No siempre buscamos conocimiento. Con mucha frecuencia buscamos validación. Y esa diferencia cambia la forma en que decidimos.
El criterio no nace de acumular opiniones ajenas. Se construye cuando esas opiniones se enfrentan a la experiencia, a los hechos, a los valores y a esa intuición que aparece después de años de observar, equivocarse, aprender y volver a empezar.
Sin embargo, cada vez parece costarnos más confiar en ese diálogo interior. Antes de creer en lo que sentimos, buscamos quién lo confirme. Antes de sostener una duda, buscamos quién la resuelva. Antes de preguntarnos qué pensamos, buscamos quién ya llegó a una conclusión.
No es una renuncia evidente. Se presenta como aprendizaje, crecimiento personal o actualización profesional. Y todo eso tiene un enorme valor. El riesgo aparece cuando la voz de los demás empieza a desplazar la propia.
La intuición tampoco merece el desprecio con el que suele tratarse. No es una fuerza mística ni un impulso irracional. Es la memoria de todo lo vivido. De cientos de experiencias que el cerebro organiza mucho antes de que logremos explicarlas con palabras.
No reemplaza el análisis. Pero tampoco debería ser reemplazada por la opinión de alguien que desconoce nuestra historia.
Por eso las decisiones importantes no deberían tomarse inmediatamente después de escuchar a un experto. Deberían tomarse después del silencio. Después de la reflexión. Después de preguntarnos si esa idea resiste el filtro de nuestra realidad o si simplemente coincide con aquello que queríamos escuchar.
Ningún experto conoce todas las variables de nuestra vida. Ningún algoritmo entiende nuestros afectos, nuestros miedos o nuestras renuncias. Ninguna inteligencia artificial tendrá que vivir las consecuencias de una decisión que solo nosotros tendremos que asumir.
Quizás el mayor desafío de esta época no sea aprender a encontrar mejores respuestas, sino recuperar el hábito de pensar antes de pedir permiso para hacerlo. Escuchar a los demás siempre será una muestra de inteligencia. Pero renunciar al propio criterio nunca lo será.
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