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(OPINIÓN) Queremos personas con velocidad de WiFi. Por: María Fernanda Valdivieso C

Hay algo que me viene haciendo ruido desde hace tiempo. Nos desespera que alguien tarde un par de horas en responder un mensaje, pero no nos parece extraño molestarnos porque un domicilio llegó cinco minutos después de lo prometido. Nos incomoda que una fila avance despacio, que un trámite tome más tiempo del esperado o que una reunión se extienda un poco más de lo planeado.

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(OPINIÓN) Queremos personas con velocidad de WiFi. Por: María Fernanda Valdivieso C

Todo tiene que ser rápido. Todo tiene que resolverse ya. Y, sin darnos cuenta, esa obsesión por la velocidad dejó de quedarse en la tecnología. Empezó a instalarse en la forma en la que tratamos a las personas.

Hoy esperamos respuestas inmediatas, decisiones inmediatas y resultados inmediatos. Queremos que un colaborador aprenda en una semana, que un hijo cambie de actitud después de una charla, que una pareja deje atrás años de diferencias con una disculpa y que un emprendimiento dé frutos apenas abre sus puertas. Actuamos como si las personas también tuvieran un botón para actualizarse.

Nos acostumbramos tanto a la velocidad de las pantallas que olvidamos el ritmo de la vida real. Y la confianza no aparece en un clic. El respeto no se descarga. La credibilidad no llega con una notificación. El carácter no se forja con una actualización. Todo eso necesita tiempo. Necesita errores, paciencia, silencios, aprendizajes y muchas oportunidades para volver a intentarlo.

Lo más curioso es que somos capaces de entender que ciertos procesos tecnológicos toman tiempo. Esperamos una actualización porque sabemos que mejorará el funcionamiento del dispositivo. Aceptamos que un archivo pesado tarde en descargarse porque comprendemos que hay procesos que no pueden acelerarse. Sin embargo, cuando se trata de personas, esa comprensión desaparece. Nos desesperamos porque alguien todavía no aprende, o sigue cometiendo errores, porque no cambia tan rápido como esperamos o porque una relación no sana al ritmo que nos gustaría.

Tal vez el problema no sea la lentitud de los demás. Tal vez el problema es que dejamos de respetar los tiempos que exige la condición humana.

Vivimos en una época que premia la velocidad, pero las cosas más importantes de la vida siguen creciendo despacio. La confianza necesita tiempo. La reputación necesita tiempo. La experiencia necesita tiempo. El duelo necesita tiempo. El perdón necesita tiempo. El amor necesita tiempo. Y también lo necesita cualquier persona que esté intentando convertirse en una mejor versión de sí misma.

Siempre me pregunto quién decidió cuánto tiempo necesita otra persona para entender una lección, desarrollar una habilidad, superar una pérdida o cambiar un comportamiento que lleva años construyendo. A veces hablamos como si el crecimiento fuera un cronograma y no un proceso profundamente humano.

Lo olvidamos con facilidad porque solemos ser mucho más pacientes con nosotros mismos que con los demás. Justificamos nuestros errores diciendo que estamos aprendiendo, pero exigimos que el otro ya debería saber hacerlo mejor. Pedimos comprensión cuando nos equivocamos, pero nos cuesta ofrecer esa misma comprensión cuando quien falla es alguien más.

Quizá por eso vemos relaciones que se rompen con tanta facilidad, equipos que se frustran demasiado rápido y personas que abandonan proyectos antes de darles la oportunidad de madurar. No siempre porque les falte talento. Muchas veces porque alguien les hizo creer que todo debía ocurrir de inmediato. O porque ellas mismas terminaron creyéndolo.

No estoy diciendo que debamos resignarnos a la mediocridad ni justificar la falta de compromiso. Hay diferencias que no pueden confundirse. Exigir excelencia es válido. Acompañar procesos también. Una cosa no excluye la otra. El problema aparece cuando dejamos de distinguir entre exigir resultados y exigir imposibles.

Tal vez ha llegado el momento de recordar algo que parece obvio, pero que estamos olvidando con mucha frecuencia: las personas no respondemos a la velocidad de un algoritmo, no cambiamos con un clic, ni nos transformamos porque alguien nos dio una instrucción. Las personas necesitamos tiempo, conversaciones, experiencias, confianza y, muchas veces, alguien que crea en nosotros incluso cuando todavía no mostramos resultados.

Vivimos convencidos de que el mayor avance de nuestra época ha sido hacer todo más rápido. Sin embargo, el verdadero desafío no es correr más. Es volver a darle valor a aquello que sólo el tiempo puede construir. La velocidad puede hacer más eficientes a las máquinas, pero nunca hará más humanas a las personas.

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