(OPINIÓN) ¿Por qué cuesta tanto sorprender a los niños en la actualidad? Por: Maria Fernanda Valdivieso
Hay una escena que se repite cada vez con más frecuencia: un niño frente a una pantalla, desplazando el dedo con una rapidez que no deja espacio para detenerse en nada.
Cambia de video, de juego, de imagen, sin que nada lo retenga demasiado tiempo. No es un caso aislado ni una exageración nostálgica. Es parte del paisaje cotidiano de esta época.
Y en medio de esa velocidad hay algo que está desapareciendo: la capacidad de sorprenderse.
Sorprenderse no es una palabra menor. Es uno de los primeros motores del aprendizaje humano. Es lo que hace que un niño pregunte, observe, insista, toque, se equivoque y vuelva a intentar. Es el inicio de la curiosidad, y la curiosidad es, en términos simples, la base de la inteligencia en desarrollo. Sin embargo, hoy esa cadena se interrumpe con mucha facilidad. No porque los niños hayan cambiado en esencia, sino porque el entorno cambió más rápido que su biología.
El cerebro infantil está diseñado para buscar novedad, pero también para profundizar. El problema es que la novedad contemporánea ya no llega en dosis, sino en avalancha. En cuestión de segundos, cualquier estímulo pierde valor porque aparece otro más brillante, más corto, más inmediato. Así, lo extraordinario deja de tener tiempo para ser extraordinario. Todo se vuelve reemplazable antes de ser comprendido.
En varias investigaciones recientes en neurodesarrollo y comportamiento digital se ha observado que la exposición constante a estímulos rápidos reduce la tolerancia a la espera y debilita los procesos de atención sostenida. No significa que los niños “aprendan menos”, sino que les cuesta más permanecer con una misma idea el tiempo suficiente para que esa idea se transforme en experiencia. Y la sorpresa necesita tiempo. No sobrevive en la prisa.
Pero el fenómeno no se explica solo desde las pantallas. También hay un cambio en la forma en que los adultos acompañan la infancia. En nombre de la eficiencia, la seguridad o la sobreprotección, muchas experiencias han sido anticipadas. Se responde antes de que pregunten, se explica antes de que observen, se resuelve antes de que intenten. El mundo se les entrega, pero cada vez se les deja menos espacio para descubrirlo por sí mismos.
Un niño al que se le resuelve todo rápido deja de necesitar explorar. Y cuando deja de explorar, deja de sorprenderse. La sorpresa no se enseña como una lección. Se habilita a través de momentos.
Vale la pena recordar cómo funcionaba la infancia de otras generaciones. No era necesariamente mejor, pero sí más lenta. Había tiempos muertos, objetos simples que se convertían en mundos enteros, preguntas que podían durar días sin respuesta inmediata. Una caja de cartón podía ser una nave espacial durante semanas. Hoy, en cambio, muchos objetos pierden su potencial en minutos.
No se trata de idealizar el pasado. Se trata de entender que la velocidad actual está reconfigurando la forma en que se construye el asombro.
El riesgo no es solo educativo. Es emocional. Un niño que pierde la capacidad de sorprenderse puede convertirse en un adulto que necesita estímulos cada vez más intensos para sentir algo parecido al interés. Y eso tiene implicaciones directas en la vida cotidiana: relaciones más superficiales, menor tolerancia a la frustración, dificultad para sostener procesos largos, incluso pérdida de sentido en actividades que antes generaban satisfacción.
Pero no todo está definido. La plasticidad del cerebro infantil sigue siendo una ventaja enorme. Lo que se ha debilitado puede fortalecerse si el entorno cambia. Y ahí es donde los adultos tenemos un papel trascendental.
Revertir este fenómeno no implica eliminar la tecnología ni desconectar a los niños del mundo digital en el que ya viven. Sería ingenuo pensar que eso es posible o incluso deseable. Lo que sí implica es recuperar espacios de experiencia no mediada y momentos donde no todo esté guiado, explicado o acelerado.
Un niño que observa cómo crece una planta, aunque sea durante unos minutos al día, está entrenando una forma de atención que ningún dispositivo puede reemplazar. Un niño que se aburre sin que alguien intervenga de inmediato está atravesando un proceso fundamental: aprender a crear desde la ausencia de estímulos. Un niño que hace preguntas sin recibir respuestas instantáneas está ejercitando una de las habilidades más valiosas del pensamiento: la espera activa.
Los adultos, sin darnos cuenta, estamos confundiendo acompañar con intervenir constantemente. Acompañar también es saber retirarse a tiempo. Es permitir que el silencio haga parte del aprendizaje. Es no llenar cada vacío con una explicación o una pantalla.
Hay algo profundamente transformador en volver a lo simple sin convertirlo en espectáculo. Cocinar sin prisa, caminar sin destino fijo, mirar el cielo sin una razón educativa detrás. Son actos que parecen menores, pero reconstruyen la capacidad de asombro desde lo cotidiano.
La infancia no necesita más estímulos. Necesita más profundidad en los pocos estímulos que ya tiene.
Quizás la pregunta no sea cómo evitar que los niños pierdan la capacidad de sorprenderse, sino cuánto estamos dispuestos los adultos a desacelerar para que eso siga siendo posible.
Porque al final, cuando un niño deja de sorprenderse, no solo pierde él. También pierde el mundo adulto la posibilidad de mirarse a través de esos ojos que aún no han aprendido a dar todo por sentado.
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