(OPINIÓN) Petro, el pato cojo. Por: Miguel Jaramillo Luján
Gustavo Petro necesita asumir una realidad política que muchos de sus colaboradores todavía se niegan a reconocer: su gobierno entró en la fase del pato cojo.
Le quedan pocos días efectivos de poder, su capacidad de imponer la agenda nacional disminuye aceleradamente y buena parte del sistema político, económico e institucional ya está mirando hacia el próximo gobierno. Cuanto más rápido entienda esta realidad, mejor será para él, para su legado y para el país. De lo contrario, las decisiones precipitadas, los enfrentamientos innecesarios y las apuestas de última hora que adopte en estos meses no jugarán a su favor; por el contrario, podrían terminar erosionando aún más su imagen y debilitando la influencia política que todavía conserva.
El concepto de lame duck o pato cojo nació en el siglo XVIII en la Bolsa de Londres para describir a quienes ya no podían responder por sus obligaciones financieras. Más adelante fue adoptado por la política para referirse a aquellos gobernantes que, aunque continúan formalmente en el cargo, han comenzado a perder poder real porque la atención pública, institucional y mediática se desplaza hacia quienes los sucederán.
En la práctica, un pato cojo sigue siendo presidente, gobernador o alcalde, pero cada día tiene menos capacidad para ordenar el sistema político a su alrededor.
Eso es exactamente lo que empieza a ocurrir con Gustavo Petro.
No porque haya dejado de ser Presidente de la República. No porque la Constitución le haya retirado sus facultades. Tampoco porque haya desaparecido su enorme capacidad de comunicación o de movilización política. Petro sigue siendo una de las figuras más influyentes del país.
Sin embargo, el ciclo político ya cambió.
Durante meses, una parte importante de Colombia dudó, o sigue dudando, sobre la disposición real del Presidente para entregar el poder. Las constantes referencias a mecanismos extraordinarios de transformación institucional, los choques permanentes con distintas ramas del Estado y la narrativa de confrontación alimentaron la percepción de que el petrismo podría buscar fórmulas para extender o preservar su proyecto político más allá de los cauces normales de una transición democrática. Pero la realidad terminó imponiéndose.
No importa si el Presidente confía plenamente o no en los resultados electorales del pasado 21 de junio. No importa si considera que hubo circunstancias que merecen discusión o debate político. Lo cierto es que Colombia tomó una decisión y el próximo gobierno ya se encuentra en fase de preparación. Abelardo de la Espriella está listo para asumir la Presidencia de la República.
Ese es hoy el principal hecho político nacional. Y es precisamente esa realidad la que obliga al Presidente a replantear su comportamiento político para los meses que le restan de mandato.
Porque si algo enseña la experiencia internacional es que los gobiernos entran en una zona de riesgo cuando se niegan a aceptar su condición de salida. En lugar de concentrarse en cerrar bien la administración, ejecutar prioridades y proteger su legado, terminan atrapados en conflictos que desgastan su imagen y reducen su capacidad de influencia futura.
Eso sería particularmente grave en el caso de Petro. Porque más allá de las profundas controversias que ha generado su gobierno, existen resultados que merecen ser reconocidos.
El primero es la política de tierras. Cerca de 700.000 hectáreas entregadas o restituidas a víctimas y campesinos constituyen una de las cifras más altas registradas en esta materia y representan un avance concreto en una deuda histórica del Estado colombiano.
El segundo corresponde a la agenda social. Los programas de transferencias y apoyos permitieron incrementar ingresos y aliviar parcialmente las condiciones económicas de millones de hogares de estratos 1, 2 y 3. El alcance y profundidad de estas políticas serán objeto de debate durante años, pero su impacto sobre amplios sectores vulnerables es innegable.
El tercero se encuentra en el frente económico. A pesar de la permanente tensión entre el Presidente y sectores empresariales y productivos, la economía evitó escenarios más complejos de los que muchos anticipaban. El desempleo se estabilizó alrededor del 8,8%, la inflación descendió desde niveles cercanos al 16% hasta ubicarse cerca del 5%, y la economía popular recibió un impulso importante mediante programas de apoyo a pequeños emprendimientos y actividades locales.
Sin embargo, esos resultados conviven con una realidad mucho menos favorable. La gran transformación prometida por el petrismo quedó lejos de materializarse plenamente. La ejecución del Plan Nacional de Desarrollo apenas ronda el 43%, una cifra que refleja la enorme distancia entre las ambiciones planteadas y la capacidad efectiva del Estado para convertirlas en realidad.
Y es precisamente ahí donde aparece el verdadero desafío del Presidente. Seguir gobernando como si todavía estuviera iniciando su mandato sería un error estratégico. Intentar librar todas las batallas pendientes al mismo tiempo sería un error estratégico. Desconocer que el país ya está entrando en la conversación política del próximo gobierno sería un error estratégico. Lo inteligente sería exactamente lo contrario. Concentrarse en terminar bien.
Garantizar una transición ordenada. Entregar información completa. Facilitar el empalme. Proteger los avances alcanzados. Y preservar las instituciones democráticas que permitieron su llegada al poder.
No por su sucesor. Por Colombia. Pero también por él mismo.
Porque mientras más rápido Gustavo Petro comprenda que atraviesa la etapa del pato cojo, más posibilidades tendrá de conservar influencia política después de abandonar la Casa de Nariño.
Las verdaderas batallas del petrismo ya no están en 2026 ni en 2027. Están en las elecciones territoriales de octubre de 2027, cuando estarán en disputa las 32 gobernaciones del país y más de 1.125 alcaldías, incluidas las diez principales ciudades de Colombia, donde se concentra cerca del 70% de la población nacional.
Allí se jugará buena parte del futuro de la izquierda colombiana y allí Petro todavía podría ser determinante. Pero para llegar con fuerza a esa cita, primero debe aceptar una verdad incómoda: los líderes inteligentes saben cuándo llegó el momento de construir legado. Los líderes equivocados creen que todavía están construyendo poder.
Hoy Gustavo Petro tiene menos poder del que cree y más legado del que imagina.
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