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(OPINIÓN) No reconozco el triunfo de Suiza: Iván Cepeda. Por: Juan Ortiz Osorno

Si Iván Cepeda no fuera el candidato que perdió las elecciones sino el director técnico de la Selección Colombia, hoy estaríamos viviendo el mayor escándalo en la historia del fútbol.

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(OPINIÓN) No reconozco el triunfo de Suiza: Iván Cepeda. Por: Juan Ortiz Osorno

Tras la eliminación frente a Suiza convocaría una primera rueda de prensa para anunciar que dispone de treinta mil videos con faltas, manos, codazos, fuera de lugar y decisiones arbitrales que demostrarían el robo del partido. Prometería acudir a todas las instancias deportivas del planeta, aunque al final no demandaría a nadie. En una segunda rueda de prensa reconocería la clasificación de Suiza. Pero, horas después, citaría a una tercera rueda de prensa para rectificarse: diría que no, que siempre no, que le robaron el partido y que tiene pruebas irrefutables.

Mientras tanto, sus activistas ya estarían convocando una gran movilización alrededor del estadio para que la FIFA sintiera la presión de las calles y para recordarle al mundo como diría aquella entusiasta militante que son "una plaga" imposible de ignorar.

En el siguiente partido de Suiza contra Argentina, la transmisión oficial mostraría primero a Argentina saliendo del túnel, luego a Suiza… y, para desconcierto del planeta entero, detrás aparecería también la Selección Colombia, saludando al público, formándose para los himnos y disponiéndose a disputar un partido para el que ya había sido eliminada. Los comentaristas no sabrían qué decir. El árbitro tampoco.

Suena ridículo, ¿verdad? Cualquier aficionado entiende que un partido termina cuando el árbitro pita el final, que el clasificado es quien ganó y que no existe una segunda oportunidad porque el director técnico se niegue a aceptar el resultado. Sin embargo, exactamente esa lógica es la que Iván Cepeda ha querido implementar en su manera errada de hacer política.

Primero anunció que tenía cerca de treinta mil reclamaciones que demostrarían un supuesto fraude. Durante el escrutinio, aquellas denuncias jamás produjeron el terremoto prometido. Después reconoció el triunfo de su contendiente. Pero bastó la presión de sectores de su propio electorado para que volviera a desconocer el resultado y convocara a la desobediencia civil. Como si las elecciones pudieran repetirse porque el derrotado se negara a aceptar simplemente que perdió. Como si la democracia tuviera tiempo suplementario cada vez que el perdedor no acepta el marcador.

Pero la historia no terminaría ahí. Si Cepeda fuera el técnico de la selección, por encima de él habría un presidente de la Dimayor decidido a sostenerlo contra toda evidencia. Ese papel, por supuesto, lo interpretaría Gustavo Petro. En lugar de aceptar la eliminación y comenzar la búsqueda de un nuevo entrenador, saldría a respaldar a su técnico, desconocería el triunfo de Suiza y alentaría la idea de que Colombia debía presentarse, de todas maneras, al partido contra Argentina. Al fin y al cabo, una derrota aceptada abriría inevitablemente el debate sobre su propia gestión al frente del fútbol colombiano: ¿Por qué el equipo llegó tan mal preparado? ¿En qué se invirtieron los recursos? ¿Por qué se tomaron ciertas decisiones? ¿Cómo se escogieron los jugadores? ¿Por qué se nombró a unos y no a otros? ¿Y por qué tantas promesas terminaron convirtiéndose en simples discursos? A veces, el mayor temor de quien se niega a abandonar el camerino no es perder el partido, sino que, cuando se enciendan las luces del estadio, todos puedan ver el estado en que deja los vestuarios.

Menos mal Iván Cepeda no es el director técnico de la Selección Colombia. Y menos mal Gustavo Petro no es el presidente de la Dimayor. Porque, a diferencia de esta ficción, la Selección sí tuvo un entrenador a la altura del reto. Colombia llegó invicta, no perdió un solo partido en los noventa minutos y quedó eliminada únicamente desde el punto penal, después de exhibir uno de los mejores desempeños futbolísticos de los últimos años.

Justo lo contrario de la sensación que deja el Gobierno Petro. Mientras la selección afinó su juego, el país alcanzó un récord de 253.000 hectáreas sembradas de coca y un aumento del 53 % en la producción potencial de cocaína. Y, para rematar, nos enteramos de que la "paz total" incluía jugar a los congelados con el Clan del Golfo. Sí, a los congelados: ese inocente juego infantil que trasladado al lenguaje de una negociación con una de las organizaciones criminales más violentas del país, resulta simplemente un delito de lesa humanidad. A ello se suman las controversias por los cambios en la cúpula militar. Cerca de 70 generales llamados a calificar servicios, dejando a las FF. AA. sin dirección. Más los cuestionamientos a la política de seguridad, la continuidad de alias Mordisco como amenaza armada durante todo el cuatrienio y el incumplimiento de la promesa de desmovilizar al ELN en pocos meses. Y ahora, como si todo eso no bastara, se pretende convencer al país de que el verdadero ganador de las elecciones presidenciales fue quien perdió. En el fútbol esa escena provocaría carcajadas. En una democracia debería provocar preocupación.

Tal vez esa sea la mayor lección que el fútbol puede darle a la política. Hasta el hincha más apasionado, furibundo y violento entiende que, aunque Colombia haya jugado el mejor Mundial de su historia, aunque no hubiera perdido un solo partido en los noventa minutos y aunque la eliminación hubiera llegado únicamente desde el punto penal, el Mundial, para su equipo, terminó. No existe una semifinal porque el técnico desconozca el marcador. No existe un repechaje porque el derrotado se niegue a abandonar la cancha. Todos entendemos que se pierde por un gol o por dejar de hacer un penal. Y no importa que la diferencia sea estrecha. Se empacan las maletas, se felicita al rival y se empieza a trabajar para el próximo campeonato, dentro de cuatro años. Así funciona el fútbol. Y así debería funcionar la democracia.

Todos los colombianos deberían entender así de claro que las elecciones presidenciales ya acabaron y que hubo un ganador y un perdedor. Así de fácil como los hinchas y no hinchas entendemos que Colombia jugó un gran mundial pero fue eliminado. Los millones de colombianos que votaron por el presidente electo tienen derecho a que su decisión sea respetada. Y quienes votaron por Iván Cepeda tienen un papel igualmente indispensable: ejercer una oposición firme, crítica y democrática.

Pero una cosa es la oposición y otra muy distinta es desconocer el resultado de las urnas y alimentar un clima permanente de confrontación. La democracia ofrece escenarios para controvertir al gobierno: el Congreso, los jueces, los organismos de control, las gobernaciones, las alcaldías y, finalmente, las siguientes elecciones.

Lo que no puede convertirse en regla es la idea de que cada derrota electoral autoriza a mantener al país en una campaña permanente, bloqueando vías, afectando el trabajo de millones de colombianos o tolerando que las protestas desemboquen en ataques contra la infraestructura pública.

Porque cuando el árbitro electoral pita el final, el partido de las urnas ha terminado. Y cuando un país deja de aceptar el resultado de las urnas y pretende seguir jugando indefinidamente un partido que ya terminó, deja de parecerse a una democracia… y empieza a parecerse a un estadio donde el árbitro ya pitó el final, uno de los equipos ya está en el camerino, el otro ya se prepara para la siguiente ronda, pero el director técnico y una parte de la tribuna insisten en que el partido siga, exigen que vuelvan los jugadores a la cancha y se niegan, simplemente, a aceptar el marcador.

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