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Fin de un sueño invicto sin el brillo de Lucho y James

La Tricolor se despidió del certamen con un registro honorífico que pocas naciones pueden presumir: se va invicta, sin haber perdido un solo compromiso en los noventa minutos y habiendo encajado apenas un gol en todo el torneo.

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Fin de un sueño invicto sin el brillo de Lucho y James
Foto: Cortesía

La andadura de la Selección Colombia en la Copa Mundial de la FIFA 2026 llegó a su fin de la manera más cruel que conoce el fútbol: desde el punto penal. Tras un empate indescifrable ante Suiza en los octavos de final, la lotería de las ejecuciones desde los once metros privó al conjunto de Néstor Lorenzo de meterse entre los ocho mejores del planeta. Sin embargo, la eliminación no debe empañar una campaña sobresaliente. La Tricolor se despidió del certamen con un registro honorífico que pocas naciones pueden presumir: se va invicta, sin haber perdido un solo compromiso en los noventa minutos y habiendo encajado apenas un gol en todo el torneo.

A lo largo del campeonato, el combinado nacional demostró ser un equipo sumamente compacto, solidario y tácticamente maduro. La gran virtud de este ciclo fue, sin duda, su solidez defensiva. La zaga central y los laterales encontraron un respaldo granítico en una zona de contención envidiable. Qué importante y vital resultó la consolidación de volantes de marca como Jefferson Lerma y Gustavo Puerta. Ambos se devoraron la mitad de la cancha, cortaron los circuitos y le dieron al equipo el equilibrio necesario para competir al máximo nivel internacional.

Curiosamente, el torneo de Colombia dejó una paradoja sobre la mesa. Dos de sus máximos referentes históricos y figuras de cartel, Luis Díaz y James Rodríguez, no terminaron de dar el rendimiento descollante que la afición esperaba en los momentos cumbre. No obstante, la estructura colectiva diseñada por Lorenzo era tan robusta que nunca se sintió con gravedad la falta de ese aporte individual, pues el bloque siempre priorizó el funcionamiento grupal por encima de las individualidades.

El verdadero pecado de Néstor Lorenzo en esta cita mundialista se ubica en el área contraria y en la confección de la nómina. El cuerpo técnico pagó caro el hecho de no haber convocado a delanteros con una mayor cuota goleadora y, en una decisión muy debatida, haber incluido en la lista definitiva a un Jhon Córdoba que arrastraba problemas físicos. Al final, las alarmas se materializaron: el atacante terminó resintiéndose de su lesión muscular en plena competencia, dejando al equipo sin una pieza de peso de cara a la fase de eliminación directa, mermando las opciones de recambio en el banquillo.

A pesar del sabor amargo por la eliminación, el balance general invita a mirar el horizonte con optimismo pero con autocrítica constructiva. Colombia demostró que tiene una columna vertebral firme, un cerrojo defensivo de garantías y un mediocampo de primera línea apto para plantarle cara a cualquier potencia europea. Sin embargo, de tres cuartos de cancha hacia arriba, la historia es diferente.

De ahí para adelante, el cuerpo técnico tendrá la obligación de buscar y testear otras alternativas en el frente de ataque. La generación de juego y la efectividad de cara al arco rival serán las grandes tareas pendientes que Lorenzo deberá resolver con urgencia. El camino no se detiene; en el horizonte cercano ya se vislumbran la Copa América y la reanudación de las eliminatorias sudamericanas, escenarios ideales para renovar la artillería pesada y capitalizar la valiosa semilla que este grupo plantó con orden, valentía e invicto en la gran cita del 2026.

 

 

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