(OPINIÓN) Ni prohibir ni abandonar. Por: Cristian Halaby Fernández
Esta semana Medellín discutió dos temas que parecen distintos. En el Concejo avanzó un POT que restringe la vivienda turística en cerca del noventa por ciento de la ciudad. Y en el Parque Lleras arrancaron operativos para recuperar un sector que hace años perdió el rumbo.
Quien defiende la libertad de empresa en el primer debate y celebra los operativos en el segundo parece contradecirse. No es así. Los dos casos son el mismo problema visto desde lados opuestos.
Mi tesis es sencilla: Medellín no tiene un problema de turismo ni de renta corta. Tiene un problema de bienes comunes sin dueño.
Lo que pasó en el Lleras
Únete al canal de WhatsApp de IFMNOTICIAS para estar informado de manera oportuna y con detalle. IFMNOTICIAS · Información de VerdadUnirmeLo cuento de primera mano. A comienzos de los años dos mil, con mi hermana, mi cuñado y otros socios, abrimos un restaurante en el Lleras. Fuimos de los primeros, tal vez el tercero o el cuarto, y después llegaron otros que hicieron historia. Era otro cuento. Éramos como colonos: se respetaban las fachadas, se respetaba el barrio, todavía no se habían levantado tantos edificios, y los comerciantes nos uníamos para que todo caminara. Nadie lo planeó. Fue, en el sentido más puro, un orden espontáneo, y funcionó porque quienes lo construimos cuidábamos lo de todos.
Con el éxito llegó la tentación. Llegaron los turistas y con ellos la idea de cobrarles como si estuvieran en Miami. La cerveza, la comida y la noche se pusieron a precio internacional. Los arriendos de los locales subieron porque a todos les estaba yendo bien y se peleaban por cada metro. El paisa dejó de ir porque ya no era para él. Se perdió lo autóctono, que era justamente lo que atraía al visitante. Y cuando el negocio empezó a caer, el vacío no quedó vacío: lo llenaron las mafias.
Hay que decirlo con honestidad: ahí el mercado también se equivocó. No por exceso de libertad, sino por exceso de corto plazo. Cada uno exprimió lo que pudo hoy, sin pensar en lo que quedaba mañana, y se perdió la costumbre de unirnos que había hecho posible el Lleras.
La piscina del edificio
Para entender qué falló hay que hablar de bienes comunes. Un bien común es algo que no es de nadie en particular, pero del que todos se benefician. La piscina de un edificio es el mejor ejemplo: no es tuya ni mía, es de todos. Si cada uno la usa sin cuidarla, se daña para todos. Por eso el edificio tiene administración, reglamento y cuota.
En el Lleras, el ambiente, la fama y la seguridad del sector eran esa piscina. Nadie era dueño de eso, pero era lo que hacía ganar a todos. Cada comerciante subió precios pensando en su negocio, cada propietario subió el arriendo pensando en su local, y entre todos dañaron lo que los sostenía. Los economistas lo llaman la tragedia de los comunes. La urbanista Jane Jacobs lo describió hace más de sesenta años como la autodestrucción de la diversidad: el uso más rentable desplaza a todos los demás, hasta que el sector pierde lo que lo hacía atractivo.
Dos errores, un mismo vacío
El POT y el Lleras son dos caras del mismo vacío. En el Lleras nadie cuidó lo común y cada privado lo exprimió. En el POT, la Alcaldía vio el problema e intentó cuidarlo desde un escritorio, con una regla para toda la ciudad. El propio alcalde ha reconocido que la renta corta no es la única causa del alto precio de la vivienda y que su efecto se siente en algunas zonas. Sin embargo, la restricción cubre casi toda Medellín, y en los sectores donde de verdad está el problema sigue sin haber quien administre lo de todos.
Uno es el error del cortoplacismo privado; el otro, el error del planificador. La causa es la misma: nadie gobierna lo común en la escala donde ocurre el problema. Y lo que pasó en el Lleras puede estar empezando en Provenza, en Laureles o en la Comuna 13, donde el éxito turístico trae la misma presión.
Cada problema en su escala
La salida no es prohibir ni abandonar. Es resolver cada problema en la escala que le corresponde.
En el edificio decide la copropiedad. La Ley 675 ya les permite a los copropietarios definir en su reglamento si aceptan o no la renta corta. Si ellos la aceptan y el anfitrión cumple, no hay razón para que un plano de la Alcaldía se lo impida.
En el barrio deciden quiénes viven y trabajan en él. Los sectores turísticos necesitan su propia administración, como un edificio: comerciantes, propietarios y vecinos organizados para cuidar lo que es de todos. Eso significa acordar estándares de convivencia, cuidar la mezcla de negocios para que la cuadra no termine siendo solo licoreras, financiar aseo y programación cultural, y hablar con una sola voz ante la Alcaldía. No es una idea nueva. En la recuperación de Times Square, en Nueva York, durante los años noventa, fue clave una alianza de comerciantes y propietarios de este tipo. Y la economista Elinor Ostrom ganó el Nobel demostrando que las comunidades cuidan mejor lo compartido cuando ellas mismas fijan sus reglas.
En la ciudad decide el Estado, y en lo que solo él puede hacer: seguridad, justicia, sacar las mafias, hacer cumplir el Código de Policía, licenciar y habilitar suelo para que haya vivienda. Ahí está, por cierto, la respuesta de fondo al precio de los arriendos: la vivienda no se protege prohibiendo, se protege construyendo.
No es suplir al Estado
Alguien dirá, con razón, que ya pagamos impuestos para tener policía y orden, y que no le corresponde al ciudadano hacer el trabajo del Estado. Estoy de acuerdo. Lo que es del Estado no se suple: se exige. Pero hay cosas que el Estado no puede ni debe hacer. Ningún policía va a decidir el precio de una cerveza, qué negocios necesita una cuadra o cómo se cuida la identidad de un barrio. Eso solo lo pueden hacer quienes viven y trabajan allí, y si ellos no lo hacen, nadie lo hace. Eso fue exactamente lo que pasó en el Lleras.
No se trata de suplir al Estado. Se trata de hacer lo que el Estado no puede hacer y de exigirle lo que sí debe hacer.
Pensar la ciudad de otra manera
Medellín llegó a donde está porque su gente se adelantó a sus instituciones. Esa misma gente, sin reglas para cuidar lo común, también dejó que el Lleras se perdiera. La lección no es que sobre libertad ni que falte planeación desde arriba. La lección es que una ciudad exitosa tiene bienes que no son de nadie y son de todos, y que hay que cuidarlos entre todos, porque si cada uno exprime hoy, mañana todos pierden.
A eso le llamo ciudadanización: un Estado que facilita y garantiza la ley, y unos ciudadanos que asumen la responsabilidad de lo que comparten. Ni prohibir desde el escritorio ni abandonar a la suerte. Organizarnos.
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