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(OPINIÓN) La obsesión por parecer exitosos nos está haciendo cada vez menos interesantes.Por: María Fernanda Valdivieso

Hubo un tiempo en el que sentarse a hablar podía durar horas. Las personas compartían el libro que las había cambiado, un viaje que les había movido alguna certeza o una mala decisión. Hoy muchos encuentros se parecen más a una vitrina. Ya no alcanzan para descubrir quién es alguien. Alcanzan para saber qué compró, qué consiguió, a dónde fue o qué tan llena tiene la agenda.

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(OPINIÓN) La obsesión por parecer exitosos nos está haciendo cada vez menos interesantes.Por: María Fernanda Valdivieso

En algún momento empezamos a confundir una vida interesante con una vida admirable. Dejamos de valorar a las personas por la profundidad de sus ideas y comenzamos a medirlas por aquello que pueden mostrar. Parece un cambio pequeño, pero ha transformado la manera en que nos relacionamos con los demás y, sobre todo, la manera en que nos miramos a nosotros mismos.

Nunca había sido tan fácil exhibir el éxito. Todos los días aparecen nuevas historias de ascensos, negocios, viajes, casas, cuerpos transformados o agendas imposibles. Nada de eso merece una crítica. Aspirar a una buena vida es legítimo. El problema es cuando la necesidad de mostrar termina siendo más importante que la experiencia misma, porque incluso, hay decisiones que dejan de responder a un deseo auténtico y empiezan a responder a una pregunta: ¿cómo se verá esto desde afuera?

Esa lógica se instala sin darnos cuenta. Poco a poco aparece la sensación de que siempre hay algo que demostrar. Que todo debe marchar bien. Que hay que transmitir seguridad, crecimiento, equilibrio y felicidad, incluso cuando la realidad está llena de dudas, tropiezos o incertidumbre.

Con el tiempo, casi sin notarlo, empezamos a interpretar un personaje. Uno que siempre tiene respuestas, que siempre avanza, que rara vez se equivoca. Sostener esa versión de nosotros mismos exige tanta energía que, muchas veces, dejamos de hacer la única pregunta que realmente importa: ¿todavía soy yo quien está tomando estas decisiones?

Por eso hay personas que parecen tener una vida extraordinaria y, al mismo tiempo, resultan difíciles de conocer. Hablan de resultados, pero pocas veces de aquello que las hizo cambiar. Comparten logros, pero esconden las preguntas que todavía las acompañan. Explican muy bien lo que hacen, pero hace mucho dejaron de preguntarse quiénes son cuando nadie las está observando.

Lo que vuelve interesante a una persona nunca ha sido su hoja de vida. Es la manera en que mira el mundo. La capacidad de cambiar de opinión sin sentir que pierde valor. Las historias que sólo puede contar alguien que se permitió vivirlas. La curiosidad por aprender algo nuevo. La tranquilidad de reconocer que todavía le quedan muchas respuestas por encontrar.

Esa parte parece haber perdido protagonismo. Hoy pesa más una imagen impecable que una idea bien pensada. Importa más parecer seguro que ser honesto. Proyectar éxito que construir una identidad.

También se ha vuelto extraño reconocer que algo salió mal. Que un proyecto fracasó. Que una relación terminó. Que una decisión fue equivocada. Todo tiene que convertirse rápidamente en una historia inspiradora o en una lección de vida. Como si el dolor necesitara justificarse para ser aceptado.

Pero hay momentos que simplemente duelen. Hay pérdidas que tardan años en entenderse. Hay preguntas que permanecen abiertas durante mucho tiempo. No todo deja una enseñanza inmediata y no todo necesita convertirse en un aprendizaje para tener sentido.

Quizá ahí esté una de las consecuencias más visibles de esta obsesión por parecer exitosos. Hemos dejado de sorprendernos unos a otros. Todo luce impecable. Todo parece estar cuidadosamente editado. Todo transmite la sensación de que la vida siempre avanza en línea recta.

Y la vida nunca ha sido así.

Tal vez el éxito nunca consistió en lograr que el mundo nos mirara con admiración. Tal vez consistía, simplemente, en llegar al final del día, mirarnos al espejo y descubrir que la persona que vemos todavía se parece a aquella que un día soñó con vivir una vida auténtica y no una vida admirable.

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