Saltar al contenido

(OPINIÓN) La mayor persecución al cristianismo en América. Por: Carlos Andrés Echavarría Blandón  

Han pasado cien años desde aquel 25 de julio de 1926 cuando los obispos mexicanos publicaron una carta pastoral en la que anunciaron la suspensión del culto público en todo el país. La decisión respondía a la imposibilidad de continuar con las actividades religiosas tras la entrada en vigor del decreto del Ejecutivo Federal promulgado el 2 de julio de ese mismo año.

IFMNOTICIAS-03
IFMNOTICIAS-03
3 min lectura
Escuchar artículo
(OPINIÓN) La mayor persecución al cristianismo en América. Por: Carlos Andrés Echavarría Blandón

 

«La Iglesia mexicana es hoy entregada a sus encarnizados enemigos, es burlada, escarnecida, reducida a un estado parecido al de la muerte. Pero también la Iglesia mexicana, tras un breve plazo, resucitará llena de vida, pujanza y lozanía… Tened en ello firmísima esperanza». Así concluía la misiva.

El presidente Plutarco Elías Calles era un acérrimo anticlerical enmarcado en el nacionalismo revolucionario; en todo el sentido de la palabra, un jacobino que veía a la Iglesia católica como una institución feudal, conservadora y contraria al progreso, capaz de competir con el Estado por la educación y la lealtad de los ciudadanos.

La popular «Ley Calles» no prohibía explícitamente la existencia ni la práctica de la fe en el papel. En su lugar, se escudaba en la Constitución de 1917 para reafirmar el carácter laico del Estado y someter toda actividad religiosa a un control gubernamental absoluto. En la práctica, la ley decretó medidas severas: 

· Prohibió el oficio de servicios religiosos a sacerdotes extranjeros.

· Prohibió procesiones, misas y actos de culto fuera de los templos.

· Inhabilitó el uso de indumentaria religiosa en la vía pública.

· Clausuró conventos y órdenes monásticas.

· Prohibió la enseñanza formal de la religión y cerró colegios administrados por entidades religiosas.

 Ante la salida de los sacerdotes de los templos, un pueblo mayoritariamente católico impulsó un boicot económico promovido por la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa. Tras el fracaso de las vías pacíficas de negociación con el gobierno central, diversos sectores populares tomaron las armas a comienzos de 1927 bajo la proclama: «¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!».

Las iglesias permanecieron abiertas, pero desiertas de sacerdotes. Cientos de fieles continuaron congregándose en silencio para orar por paz espiritual. No obstante, cuando algunos clérigos desafiaron la norma para impartir los sacramentos a sus comunidades, las fuerzas del gobierno no dudaron en fusilarlos sumariamente.

Entre 1927 y 1929 se desató la denominada Guerra Cristera. El conflicto dejó un saldo estimado de 250.000 muertos entre combatientes y civiles, además del exilio de miles de mexicanos que debieron huir para profesar su fe. Se consumó así el mayor conflicto y masacre de católicos y cristianos por motivos religiosos en la historia contemporánea de América Latina, precisamente en la tierra que sirvió como uno de los principales focos de difusión del catolicismo en el continente y que moldeó gran parte de su herencia cultural.

Compartir:

Noticias relacionadas