(OPINIÓN) Infamia. Por: María Fernanda Cabal
La oposición responsable busca que un gobierno acierte; la oposición miserable necesita que el país fracase.
Hay a quienes les duele más una ciudad levantada por manos ajenas que verla en ruinas.
Sucedió en Jerusalén, en el siglo V antes de Cristo. Nehemías regresó del exilio, encontró la ciudad en ruinas y decidió reconstruirla. Pero Sanbalat y Tobías respondieron con burla, calumnia y miedo. Conocían una vieja regla del poder: una ciudad indefensa resulta fácil de dominar.
Sucede también en Colombia.
Bastaron un par de días para revelar la tarea que recibió Abelardo De La Espriella y el talante de quienes quieren impedirla.
El nuevo Gobierno tuvo un estreno cruel. Pero el presidente no se amilanó. Envió a sus ministros a los territorios golpeados y recorrió Quibdó, Pereira, Cali, El Cairo y Buenaventura; escuchó a alcaldes, gobernadores y conoció las necesidades sobre el terreno. En una semana estuvo más cerca del Chocó que Petro durante cuatro años de discursos sobre los pobres.
Mientras el terremoto revelaba la urgencia de recuperar la capacidad del Estado, el presidente entregaba a la Fiscalía, la Procuraduría y la Contraloría el Libro de la verdad, resultado del empalme anticorrupción. Allí quedó registrado el país que recibió: instituciones debilitadas, entidades paralizadas, información opaca, pérdida de rigor técnico y más de 80 casos que deberán examinar los organismos competentes.
La herencia de Petro no es solamente un déficit fiscal. Es un déficit de Estado. Y la historia quiso que fuera sometido a su prueba más exigente apenas comenzaba el nuevo Gobierno.
Frente a un país exhausto, Colombia activó una de sus mayores reservas: la solidaridad. La campaña ‘Colombia, un solo corazón’, encabezada por la primera dama, movilizó más de 170 toneladas de ayuda y logró encauzar el respaldo de miles de colombianos.
El empresariado respondió con hechos. La Andi y las familias de Jaime Gilinski, Alejandro Santo Domingo, Luis Carlos Sarmiento y David Vélez pusieron sobre la mesa más de medio billón de pesos para comenzar a levantar viviendas, hospitales, colegios y carreteras. El nuevo Gobierno volvió a reconocer al sector privado como aliado de Colombia, y los empresarios pusieron el hombro.
La cooperación internacional se sumó al esfuerzo. El ministro de Hacienda consiguió, en tiempo récord, un primer desembolso de 200 millones de dólares del Banco Mundial para atender las necesidades más urgentes de las víctimas.
Y ocurrió otro milagro: la primera alocución de Abelardo De La Espriella por televisión duró apenas 20 minutos. Fue suficiente para transmitir el dolor de un Gobierno ante la tragedia, ponerle cifras a la devastación y explicar el camino de la reconstrucción. Cuánto extrañábamos esa precisión presidencial.
Mientras el país comenzaba a juntar esfuerzos para levantar las ruinas, la maquinaria del petrismo convirtió la tragedia en escenario de agitación.
Como Sanbalat y Tobías, recurrieron al rumor, la burla y el miedo para debilitar a quienes comenzaban a reconstruir. Así ofrecieron el primer y lamentable ejemplo de la oposición que pretenden ejercer durante los próximos cuatro años.
La paradoja es aún mayor. Según El libro de la verdad, la UNGRD, precisamente la institución llamada a responder ante una catástrofe, quedó en coma. Desde esa entidad, símbolo del saqueo petrista, el director Javier Pava aseguró que Colombia tenía capacidad suficiente y rechazó rescatistas internacionales cuando aún había personas bajo los escombros. ¿Capacidad para qué? ¿Para contar muertos?
Carolina Corcho no tardó en aparecer para denunciar falta de expertos, fallas en el empalme e improvisación. Difícil aceptar semejante juicio viniendo de quien entregó el sistema de salud en estado terminal. Una desfachatez macabra.
La llegada de 82 rescatistas israelíes abrió otro capítulo de la infamia. Voceros y redes del petrismo presentaron la misión humanitaria como una supuesta operación de inteligencia. El sectarismo llegó al punto de juzgar la bandera de quienes venían a salvar vidas.
Estos episodios revelan claramente el método con el que el petrismo pretende ejercer la oposición: fabricar versiones falsas, multiplicarlas en las redes y convertirlas en presión política.
Iván Cepeda, Carolina Corcho y sus demás voceros presentan cada dificultad como una catástrofe, cada nombramiento como una amenaza y cada decisión como la confirmación de sus augurios.
Buscan producir una sensación permanente de crisis. Si los colombianos creen que todo se derrumba, quienes dejaron las ruinas podrán regresar disfrazados de salvadores.
Una democracia necesita oposición. Necesita vigilancia sobre los recursos, control sobre la contratación de emergencia y exigencia frente a cada decisión del Ejecutivo. Ese control fortalece la República, pero la calumnia la corroe. La oposición responsable busca que un gobierno acierte; la oposición miserable necesita que el país fracase.
Colombia tendrá que protegerse de quienes pretenden hacer política sobre los escombros. Sanbalat y Tobías quisieron debilitar las manos de los constructores porque una Jerusalén nuevamente en pie amenazaba el poder que habían levantado alrededor de sus ruinas. La maquinaria del petrismo parece haber aprendido la misma lección.
Quienes perdieron las elecciones han escogido las ruinas como escenario y el dolor como herramienta. Eso supera la mezquindad política.
Eso es una infamia.
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