(OPINIÓN) Hipocresía feminista y LGTBIQ+. Por: Juan Ortiz Osorno
Los resultados de la primera vuelta encierran una paradoja matemática tan absurda que solo podía ocurrir en la política colombiana.
Paloma Valencia obtuvo más de tres millones doscientos mil votos en la consulta de su partido. Juan Daniel Oviedo obtuvo más de un millón doscientos y se convirtió en el primer candidato abiertamente LGBTIQ+ con una posibilidad real de llegar a la vicepresidencia de Colombia. La suma elemental arrojaba cuatro millones y medio de votos. Sin embargo, cuando ambos unieron fuerzas, el resultado no fue una suma, sino una resta monumental: apenas superaron el millón seiscientos mil votos. Más de dos millones y medio de votos desaparecieron en el camino. Y es precisamente en esa resta donde aparece una de las mayores hipocresías de la sociedad colombiana.
Durante décadas hemos escuchado que Colombia está preparada para elegir una mujer presidenta, que cree en la igualdad, que respalda la diversidad y que considera indispensable la representación política de las minorías. Pero cuando una mujer y un representante de la comunidad LGBTIQ+ tuvieron una oportunidad real de llegar a la Casa de Nariño, millones de esos respaldos simplemente se esfumaron. Lo que muestra que una parte importante del país parece sentirse cómoda defendiendo estas causas en los discursos, en las redes sociales y en las manifestaciones públicas, pero no cuando llega el momento de entregarles el poder. Y eso tiene un nombre: hipocresía.
La hipocresía se vuelve todavía más evidente en la campaña de Iván Cepeda. El progresismo colombiano lleva años predicando que las mujeres deben llegar al poder, pero cuando se observa con atención, descubrimos que una cosa es exhibir mujeres y otra muy distinta entregarles el mando. Francia Márquez no llegó a la política nacional como una figura decorativa. Llegó como una líder social, ambiental y comunitaria reconocida dentro y fuera de Colombia. Una mujer que había construido autoridad enfrentando intereses poderosos desde los territorios más olvidados del país.
Precisamente por eso millones de colombianos vieron en su llegada a la vicepresidencia la posibilidad de que una voz independiente, incómoda y con agenda propia tuviera influencia real en el gobierno. Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario. Con el paso de los años, Francia Márquez terminó denunciando públicamente que ha sido relegada y borrada políticamente dentro del gobierno de Gustavo Petro. La líder que debía representar una transformación terminó convertida en una figura cada vez más marginal dentro del proyecto que ayudó a construir.
Por eso veo en la candidatura de Aída Quilcué una repetición inquietante de la misma fórmula. Quilcué también llega con una trayectoria propia, con liderazgo social y con legitimidad en amplios sectores indígenas y populares. Pero la experiencia reciente obliga a formular una pregunta incómoda: ¿se le está ofreciendo poder real o simplemente representación simbólica? ¿Es creíble que el sucesor de Petro pueda darle poder a una indígena cuando el gobierno Petro no ha sido capaz de sacar de la indigencia a las miles de indígenas que bailan en las aceras de todas nuestras ciudades, descalzas y sucias, amamantando a sus bebés? Dice un adagio político que la corrupción empieza por aceptar responsabilidades para las cuales no se está preparado. Yo complementaría que corrupción también es utilizar el prestigio de una lideresa para ganar votos y después reducirla a un papel secundario.
Como con Francia, Aída y, peor aún, con el papel que hoy desempeña María Fernanda Carrascal. Hija de una historia familiar marcada por el desplazamiento, mujer inteligente, preparada y con una trayectoria política propia, podría estar enriqueciendo el debate nacional sobre el papel de las mujeres en el poder. Sin embargo, la campaña de Cepeda la convirtió en la principal voz, dedicada a desacreditar a mujeres que piensan distinto, atacando abierta y groseramente a Paloma Valencia o a Paola Turbay.
El mensaje es devastador: el feminismo es válido siempre y cuando coincida con la izquierda. Si surge desde la derecha, deja de ser feminismo y se convierte en estupidez. ¡Cómo duele ver a una mujer inteligente denigrando a otra por inteligente o deslegitimando a otra por su belleza! Peor ocurre con la líder María José Pizarro, una senadora con estudios de gestión pública, que hizo posible la campaña de Cepeda, relegada a ser solo su porrista, por la conveniencia de escoger a Aída, sin estudios formales, como alternativa vicepresidencial. Y así, mientras se habla de empoderamiento femenino, en la campaña de Cepeda, el poder continúa orbitando alrededor del mismo liderazgo masculino, rancio, de siempre. Ni siquiera de Cepeda, sino de Petro.
La contradicción de la comunidad LGBTIQ+ dentro de la campaña de Iván Cepeda resulta todavía más desconcertante. La candidatura de Cepeda no puede entenderse únicamente como un fenómeno colombiano. Hace apenas unos días vimos reunidos en Barcelona a varios de los principales referentes de la izquierda iberoamericana bajo el amparo político de Pedro Sánchez, presidente del Gobierno español, quien venía de reunirse con Xi Jinping en China.
Existe una articulación internacional de las izquierdas que trasciende las fronteras nacionales y que busca conservar y expandir espacios de poder en América Latina. Y es allí donde encuentro una contradicción imposible de ignorar. ¿Cómo puede una parte del activismo LGBTIQ+ colombiano alinearse con una corriente política internacional que mantiene relaciones amistosas con regímenes como el de Irán, Pakistán, Cuba o Nicaragua, donde los homosexuales son perseguidos, las mujeres carecen de libertades fundamentales y la diversidad sexual es vista como una amenaza al orden establecido? ¿Cómo puede un movimiento que exige respeto, reconocimiento y dignidad terminar marchando políticamente junto a quienes no tendrían ningún problema en negar esos mismos derechos dentro de sus fronteras? Mientras Juan Daniel Oviedo, un hombre abiertamente homosexual, veía evaporarse más de dos millones y medio de votos al unirse a Paloma Valencia, buena parte de quienes dicen representar la causa LGBTIQ+ terminaban respaldando a un proyecto político cuya prioridad evidente no es la diversidad sexual, sino la fidelidad ideológica.
La conclusión es sencilla: cuando la comunidad LGBTIQ+ tuvo la oportunidad histórica de llevar a uno de los suyos a la vicepresidencia, una parte importante de ella prefirió votar por su tribu política antes que por la causa que afirma defender. Y pocas definiciones describen mejor la hipocresía que esa.
La paradoja resulta todavía más brutal cuando se observa el fenómeno de Abelardo De la Espriella. A diferencia de la campaña de Iván Cepeda, aquí ni siquiera existe el esfuerzo por construir una narrativa de representación. No hay una mujer presentada como símbolo de empoderamiento político. No hay una figura de la comunidad LGBTIQ+ ocupando un lugar visible dentro de la fórmula presidencial.
La mujer aparece fundamentalmente como parte del entorno familiar del candidato y la diversidad sexual, sencillamente, no forma parte central del discurso de campaña. Y, sin embargo, millones de mujeres y miembros de la comunidad LGBTIQ+ votaron por él. Mi interpretación es que el miedo terminó derrotando a las identidades. El temor a la continuidad del gobierno Petro, responsable de haber llevado los cultivos de coca a cifras récord de 253.000 hectáreas, 23.000 más que el año anterior; de haber incrementado en un 53 % la producción potencial de cocaína; de haber permitido el crecimiento acelerado de los grupos armados ilegales hasta rondar los 27.000 integrantes; de haber llevado el sistema de salud a una crisis que hoy muchos describen como un colapso progresivo; y de haber quedado cercado por una cadena interminable de escándalos, investigaciones y denuncias de corrupción, pesó más que cualquier reivindicación feminista o de diversidad sexual.
Cuando llegó el momento de elegir quién debía ejercer el poder, una parte importante de quienes durante años afirmaron que el género y la orientación sexual eran factores determinantes terminaron respaldando precisamente al único candidato que no les ofrecía ninguna de esas representaciones. Como si, en el fondo, la mujer presidenta y el vicepresidente homosexual fueran símbolos admirables para el discurso, pero insuficientes para inspirar confianza cuando se trataba de gobernar un país. Y si esa fue realmente la decisión colectiva, entonces la resta electoral de Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo deja de ser una anomalía matemática para convertirse en una confesión política.
Soy un hombre heterosexual percibido, erróneamente, por mi apariencia, como machista. Soy hijo de una mujer que tuvo el valor de separarse en una época en la que las mujeres no se separaban. Cuando hacerlo significaba enfrentarse al escándalo social, a la incertidumbre económica y a la pérdida de los privilegios que le garantizaba el dinero de su esposo. Esa mujer me enseñó que la fortaleza y la valentía no tienen género. Y soy hermano de un hombre homosexual que me ayudó a pagar mi educación y que, cuando mi oficio me convirtió en objetivo de amenazas de muerte, me abrió las puertas de su casa en otro país para protegerme de la violencia colombiana.
Ese hombre me enseñó que la dignidad no tiene orientación sexual. En segunda vuelta, votaré por Abelardo De la Espriella. Lo haré por la misma razón que han invocado Paloma Valencia y Álvaro Uribe: por miedo. Miedo a la continuidad de un proyecto político que, en mi opinión, ha sido profundamente perjudicial para Colombia. Pero votaré con una tranquilidad que pocos podrán quitarme.
Porque, a diferencia de muchas y muchos de quienes hoy proclaman el feminismo y la inclusión, desde la comodidad de los discursos, cuando la historia me ofreció la oportunidad de votar por una mujer para la presidencia y por un hombre homosexual para la vicepresidencia, lo hice, imaginando un país incluyente. Quizás por eso me resulte tan difícil entender que las feministas y los miembros de la comunidad LGTBIQ+ que dicen defender esas banderas hayan decidido abandonarlas, exactamente, en el momento en que podían convertirlas en poder real.
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