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(OPINIÓN) Hay personas que simplemente no nos caen bien. Por: María Fernanda Valdivieso

No hicieron nada terrible, no nos traicionaron, no nos robaron y tampoco existe una historia dramática detrás. Simplemente, cuando estamos cerca de ellas, algo no nos gusta. Puede ser su manera de hablar, la forma en que se relacionan con los demás, cómo hacen una broma, cómo ocupan el espacio, cómo presumen, cómo interrumpen o esa costumbre que tienen de convertir cualquier tema en una competencia.

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(OPINIÓN) Hay personas que simplemente no nos caen bien. Por: María Fernanda Valdivieso

Y parece que ahora eso necesita una explicación. “¿Pero por qué te cae mal?”. No sé. A veces no hay una razón suficientemente interesante para hacer una presentación de PowerPoint. Simplemente no me cae bien. Y creo que hemos complicado demasiado algo que antes era bastante sencillo.

Una cosa es tratar mal a alguien y otra muy distinta es no sentir afinidad por esa persona. Una cosa es ser grosero y otra es no querer compartir tiempo con alguien. Una cosa es discriminar, humillar o hacerle daño deliberadamente y otra es decidir que esa persona no hace parte del grupo de gente con la que uno quiere construir una relación cercana. No todo rechazo es odio. No toda distancia es conflicto. No toda incompatibilidad necesita una explicación profunda.

También hemos aprendido a ponerle nombres sofisticados a cosas que hacen parte de la vida. “Energías”, “vínculos tóxicos”, “personas narcisistas”, “red flags”. Algunas de esas categorías sirven para identificar comportamientos realmente dañinos. El problema es cuando las usamos para explicar cualquier cosa que simplemente no nos gusta. A veces alguien no es tóxico. Simplemente no es nuestra gente.

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Aceptar eso puede ser mucho más sano que intentar encontrar una razón perfecta. También tiene que ver con la empatía, porque ser empático no significa sentir cariño por todo el mundo. Significa poder reconocer que la otra persona tiene una historia, unas circunstancias y una manera de ver la vida que no necesariamente coincide con la nuestra. Puedo entenderte y no querer ser tu amiga. Puedo respetarte y no querer trabajar contigo. Puedo reconocer que eres una buena persona y aun así preferir no pasar una tarde contigo. Respeto y afinidad no son la misma cosa.

También hay una presión enorme por fingir que todo el mundo nos encanta. Sonreír, abrazar, comentar, felicitar, sentarnos al lado, decir “qué rico verte” cuando por dentro estamos contando cuánto falta para poder irnos. Y aquí hay una diferencia que vale la pena reconocer: una cosa es ser empático y otra es ser hipócrita. La empatía permite tratar bien a alguien aunque no exista afinidad. La hipocresía consiste en representar una cercanía que no sentimos para obtener aprobación, evitar incomodidades o quedar bien.

Por supuesto que hay situaciones en las que una cuota de cordialidad es necesaria. Si trabajas con alguien que no te gusta, tendrás que convivir con esa persona. Si es un familiar, probablemente tendrás que compartir algunas reuniones. Si es el papá o la mamá de un compañero de tu hijo, seguramente habrá momentos en los que tocará saludar, coordinar y mantener una relación respetuosa. La adultez también consiste en aprender a convivir con personas que no escogeríamos para nuestra mesa.

Pero convivir no significa fingir intimidad. Se puede trabajar bien sin hacerse amigo. Se puede saludar sin sentir cercanía. Se puede conversar sin contar la vida. Se puede ser amable sin invitar a esa persona a entrar en todos los espacios de nuestra vida. Hay una diferencia importante entre ser una persona educada y convertirnos en actores de una relación que realmente no existe.

Intentar caerle bien a todo el mundo termina siendo agotador. Pretender que todo el mundo nos cae bien tampoco es sostenible. Hay personas con las que vamos a coincidir durante años y nunca vamos a sentir una conexión especial. Hay otras que conocemos cinco minutos y sentimos una cercanía inexplicable. Algunas nos caen mal desde el primer momento y después terminan sorprendiéndonos. También ocurre lo contrario: personas que adorábamos terminan dejando de gustarnos cuando las conocemos mejor. Las relaciones cambian porque nosotros también cambiamos.

Quizás lo más adulto no sea conseguir que todo el mundo nos caiga bien, sino aprender a manejar lo que sentimos sin convertirlo en una agresión. No tienes que decirle a alguien que te cae mal, inventarle defectos para justificar tu distancia ni convencer a tus amigos de que tienes razón. Tampoco tienes que hacerte amigo de alguien porque todos los demás lo son. Puedes mantener una distancia respetuosa y seguir con tu vida.

No todo vínculo tiene que convertirse en amistad, no toda persona tiene que gustarte y no toda diferencia merece una pelea. Hay gente que no te cae bien. A ellos probablemente también les pasa contigo. Y, francamente, qué alivio que no tengamos que gustarnos todos para poder convivir.

Tal vez la verdadera madurez está en poder cruzarte con alguien que no te gusta y no necesitar convertir ese sentimiento en una historia. No tienes que descubrir quién tiene la razón, ni convencer a nadie, ni cambiar a esa persona, ni convertirla en enemiga. A veces basta con reconocer que no hay química, bajar la expectativa y continuar. No todas las personas que pasan por nuestra vida vienen a quedarse, y entenderlo a tiempo también es una forma de vivir con mucha más tranquilidad.

Nos leemos pronto.

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