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(OPINIÓN) Esperanzas abiertas. Por: María Clara Posada

La relación con Washington debe entenderse menos como nostalgia geopolítica que como una plataforma de desarrollo.

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(OPINIÓN) Esperanzas abiertas. Por: María Clara Posada

La geografía también es destino.  Durante demasiado tiempo Colombia y Estados Unidos parecieron olvidar esta verdad fundamental. Compartimos un continente, amenazas comunes, una historia de cooperación y, sobre todo, intereses que hacen que ningún desacuerdo ideológico nos deba convertir en enemigos.

La revitalización de la relación bilateral iniciada con el nuevo gobierno y confirmada ayer en Barranquilla con la visita del secretario de Estado, Marco Rubio, es entonces vital para ambas naciones. Los llamados Acuerdos de Barranquilla trascendieron de una fotografía diplomática y pusieron sobre la mesa materias de gran relevancia como cooperación en seguridad, lucha contra el narcotráfico, reconstrucción y comercio. Rubio habló incluso de una posible “época dorada” de la relación. Colombia, por su parte, planteó modernizar radares, drones, inteligencia, ciberdefensa y capacidades militares con apoyo estadounidense. Después de años de desencuentros, los dos países vuelven a hablar el lenguaje adulto de los intereses compartidos.

Hay, sin embargo, algo mayor ocurriendo detrás de esta visita. Estados Unidos está volviendo la mirada hacia su propio hemisferio. Su estrategia de seguridad de 2025 elevó nuevamente al continente americano dentro de sus prioridades y centros como CSIS y Brookings han descrito este giro como una auténtica repriorización estratégica. No significa que Washington abandone Europa, pero sí que el mundo surgido después de 1945 está cambiando. Durante décadas, Estados Unidos dedicó una porción extraordinaria de su atención política, económica y militar a garantizar la seguridad europea. Bajo ese paraguas Europa pudo reconstruirse, prosperar y desarrollar su Estado de bienestar. Mientras tanto, a nosotros se nos describía, con una mezcla de desprecio y resignación, como el “patio trasero”. Esa época puede estar terminando.

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América Latina vuelve a ser relevante no por caridad, sino porque posee aquello que el mundo empieza a necesitar desesperadamente. El FMI recuerda que nuestra región genera cerca del 69 por ciento de su electricidad con fuentes renovables, que Chile, Perú y México concentran aproximadamente el 37 por ciento de la producción mundial de cobre y que el triángulo del litio posee alrededor de la mitad de los recursos mundiales de ese mineral. El BID señala, además, oportunidades extraordinarias en digitalización, inteligencia artificial, energía y minerales críticos. A eso se agrega la geografía. Cadenas de suministro más cortas, producción cercana al mercado norteamericano, alimentos, biodiversidad, agua, energía y una distancia providencial de varios de los grandes focos bélicos convierten al continente en un espacio con ventajas que durante décadas subestimamos.

China lo entendió antes. Sus empresas ampliaron su presencia en puertos, telecomunicaciones, infraestructura y recursos estratégicos. Rusia buscó también espacios de cooperación militar y política. Washington comprende ahora que permitir posiciones estratégicas de potencias extrarregionales en su propio hemisferio tiene consecuencias para su seguridad. Colombia debe aprovechar esta coyuntura sin complejos y sin regresar a los discursos trasnochados de los años sesenta. Una alianza entre naciones libres no supone subordinación. Por el contrario, supone identificar coincidencias, defender intereses propios y convertir la proximidad geográfica en prosperidad.  La oportunidad no será automática. Exigirá instituciones confiables, seguridad jurídica, infraestructura, educación técnica y apertura a la inversión.

Precisamente por eso la relación con Washington debe entenderse menos como nostalgia geopolítica que como una plataforma de desarrollo. Quizás Germán Arciniegas lo entendió mejor que muchos contemporáneos. Para él, América era “el dominio de lo inconcluso, de las esperanzas abiertas”; un continente que todavía podía ensayar su futuro. Mientras Europa vuelve a escuchar palabras que creyó desterradas guerra, rearme, fronteras amenazadas, América conserva una posibilidad excepcional. Tal vez haya llegado nuestra hora. No para convertirnos otra vez en el patio trasero de nadie, sino para demostrar que este continente puede volver a ser, como soñaba Arciniegas, el territorio donde el futuro todavía está por hacerse.

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