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(OPINIÓN) ¿En qué momento dejamos de mirar la ciudad? Por: Óscar Robledo Posada

No me refiero a verla. Verla, la vemos todos los días. Pasamos por sus calles, esperamos en sus semáforos, cruzamos sus puentes, caminamos por sus parques y vivimos rodeados de edificios, vehículos, vendedores, oficinas, restaurantes y personas. La ciudad está permanentemente frente a nuestros ojos.

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(OPINIÓN) ¿En qué momento dejamos de mirar la ciudad? Por: Óscar Robledo Posada

Pero una cosa es ver y otra muy distinta es mirar. Quizás hemos dejado de mirar precisamente porque conocemos demasiado bien aquello que vemos todos los días.

Pasamos por la misma calle y ya no nos preguntamos qué está ocurriendo allí. Vemos una obra y solamente pensamos en el tráfico que está causando.

Encontramos un parque deteriorado y nos acostumbramos a él. Vemos a una persona durmiendo en la calle y, después de un tiempo, deja de sorprendernos. Un negocio cierra y seguimos caminando. Una nueva construcción aparece donde antes había una casa y apenas nos damos cuenta.

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La ciudad cambia delante de nosotros y muchas veces no alcanzamos a percibir en qué momento cambió. Quizás por eso, de vez en cuando, necesitamos tomar distancia.

No para huir de la ciudad, sino para volver a encontrarla. En alguna ocasión escribí que salir de la ciudad podía ser una manera de regresar a ella con una mirada diferente. Alejarse un poco, caminar por otros lugares, escuchar el silencio y observar la naturaleza nos permite recuperar algo que la velocidad de la vida cotidiana nos va quitando: la capacidad de mirar.

Y cuando volvemos, la ciudad parece otra. No porque haya cambiado durante nuestra ausencia, sino porque hemos cambiado nosotros.

Entonces podemos comenzar a preguntarnos cosas que antes no nos preguntábamos. ¿Para quién estamos construyendo la ciudad? ¿Qué significa realmente que una ciudad progrese? ¿Es suficiente construir más vías, más edificios, más centros comerciales y más viviendas? ¿Una ciudad puede crecer y, al mismo tiempo, hacerse menos humana?

Son preguntas incómodas, porque no tienen una respuesta sencilla. Una ciudad no es solamente su infraestructura. Tampoco es solamente la administración que la gobierna, ni las empresas que invierten en ella, ni los proyectos que se construyen.

Una ciudad somos nosotros. La hacen quienes toman decisiones, pero también quienes las padecen o se benefician de ellas. La hacen los empresarios y los trabajadores, los gobernantes y los ciudadanos, los jóvenes y los viejos, quienes nacieron aquí y quienes llegaron buscando una oportunidad.

La ciudad también se construye con pequeños gestos. Con la manera como conducimos. Con la forma como tratamos al que trabaja en la calle. Con la basura que dejamos. Con la forma como utilizamos un espacio público.

Con la manera como aceptamos o rechazamos que alguien necesite nuestra ayuda y también se construye con nuestra indiferencia. Porque una ciudad no solamente refleja lo que hacemos. También refleja aquello que dejamos de hacer.

Por eso creo que mirar la ciudad es algo más que observar sus edificios o sus calles. Es intentar comprender qué está pasando con quienes vivimos en ella.

Pereira está cambiando. Lo vemos en sus obras, en sus barrios, en sus negocios, en sus nuevas construcciones, en la llegada de nuevas personas y en las transformaciones de sus espacios.

Pero quizá la pregunta verdaderamente importante no sea solamente hacia dónde está creciendo Pereira. Quizá debamos preguntarnos qué clase de ciudad queremos ser y para responderlo necesitamos volver a mirar.

Mirar despacio. Mirar lo que funciona y lo que no. Mirar las grandes obras, pero también las pequeñas cosas que ocurren todos los días. Mirar a quienes aparecen en las fotografías y, especialmente, a quienes nunca aparecen en ellas.

Porque tal vez una ciudad comienza a cambiar de verdad cuando sus habitantes dejan de pasar simplemente por ella y empiezan nuevamente a mirarla.

Y quizá ese sea nuestro primer deber como ciudadanos: No dejar de mirar.

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