(OPINIÓN) El Tigre y la Nueva Política. Por: Mateo Arjona
La irrupción de nuevas formas de hacer política en Colombia vuelve a abrir el debate sobre el papel del poder tradicional y la transformación de sus reglas no escritas. En esta columna, el economista Mateo Arjona analiza los cambios impulsados por el gobierno de Abelardo De La Espriella y plantea cómo decisiones recientes, lejos de interpretarse como debilidad, podrían marcar un giro hacia un modelo más meritocrático y menos dependiente de las prácticas históricas de negociación política.
Las grandes transformaciones políticas no siempre empiezan con una ley o una reforma constitucional. A veces comienzan mucho antes: cuando alguien decide cambiar las reglas no escritas con las que durante décadas se ha jugado el poder.
Eso es, quizá, uno de los principales legados que deja El Tigre.
Durante años asumimos que hacer política significaba recorrer directorios, negociar burocracia, repartir cuotas, construir alianzas alrededor de intereses y utilizar las mismas fórmulas que parecían inamovibles. Nos acostumbramos tanto a ese modelo que dejamos de preguntarnos si existía otra manera de hacerlo.
La primera ruptura ocurrió incluso antes de llegar al Gobierno. La campaña presidencial no solo presentó un candidato; construyó un movimiento. Lo hizo alrededor de símbolos patrióticos, un himno que generó identidad, una narrativa clara, una estrategia digital sin precedentes y una movilización ciudadana que trasladó buena parte de la conversación política desde las estructuras tradicionales hacia las comunidades y las redes sociales.
Luego vino una segunda señal. Por primera vez, miles de colombianos pudieron postular libremente sus hojas de vida para servir al Estado, enviando un mensaje poderoso: el acceso al servicio público no debía estar reservado exclusivamente para quienes pertenecían a determinados círculos políticos.
Después llegaron las designaciones. Hombres y mujeres provenientes del sector privado, la academia, las Fuerzas Militares, el emprendimiento y diferentes disciplinas comenzaron a ocupar responsabilidades que históricamente parecían destinadas a perfiles construidos exclusivamente dentro de la política tradicional. El mensaje fue claro: el mérito podía volver a ser un criterio relevante para conformar un gobierno y dirigir empresas del Estado.
La prueba más visible de ese cambio llegó hace apenas unos días. El Gobierno del Presidente Abelardo De La Espriella respaldó un candidato para la Presidencia del Senado, pero este no obtuvo los votos suficientes. Durante décadas, esa elección parecía resolverse antes de la votación. Esta vez ocurrió algo distinto: el Gobierno decidió no recurrir al tradicional intercambio de puestos, contratos o "mermelada" para garantizar una mayoría.
Muchos interpretaron ese resultado como una muestra de debilidad política. Yo prefiero hacer otra lectura. Cuando un gobierno renuncia a asegurar los votos mediante la burocracia, acepta también que las decisiones democráticas pueden ser inciertas y que, convencer vuelve a ser más importante que negociar.
Paradójicamente, esa puede ser una de las expresiones más auténticas del fortalecimiento institucional.
Pero quizás la reflexión más importante vaya mucho más allá de un gobierno o de una votación en el Congreso.
La historia demuestra que toda innovación disruptiva termina transformando el mercado donde aparece. En el mundo empresarial abundan los ejemplos. Blockbuster nunca creyó que la forma de consumir entretenimiento cambiaría hasta que Netflix dejó de competir bajo las reglas existentes y creó unas completamente nuevas. La innovación no derrotó a Blockbuster por ser más grande, sino por entender antes que el mercado estaba cambiando.
La política no es ajena a esa lógica.
Cuando aparece una nueva manera de conectar con los ciudadanos, de construir liderazgo, de seleccionar equipos, de comunicar ideas y de ejercer el poder, los liderazgos tradicionales también empiezan a enfrentar un nuevo escenario. No desaparecen por decreto; simplemente dejan de responder a las expectativas de una sociedad que ya cambió.
Porque así como las empresas que dejan de escuchar a sus clientes terminan desapareciendo, los movimientos políticos que insistan en hacer política con las fórmulas del siglo pasado corren el riesgo de perder relevancia frente a una ciudadanía que hoy espera algo distinto.
Quizá ese sea el verdadero cambio. No haber cambiado únicamente un gobierno. Haber cambiado la forma de hacer política.
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