(OPINIÓN) El "Tigre" acaricia la Casa de Nariño. Por: César Bedoya
La matemática de la fractura nos muestra que el mapa político de Colombia ya no se dibuja con matices, sino que se esculpe con cincel sobre una roca profundamente agrietada.
A pocos días de que se abra la definitiva segunda vuelta electoral, las proyecciones estadísticas y la inercia política construyen un escenario contundente donde la probabilidad de triunfo de Abelardo de la Espriella se ubica en un sólido 90 por ciento o más. No se trata de un simple entusiasmo partidista, sino de la fría lectura de una división estructural tan marcada que ha terminado por congelar el comportamiento de las urnas en todo el territorio nacional.
En la Colombia de hoy, el resultado de la primera vuelta del pasado 31 de mayo prácticamente sepultó la volatilidad del electorado. La polarización es tan rígida que la capacidad de cambiar voluntades entre una vuelta y otra se ha reducido al mínimo, evidenciando que la brecha del país electoralmente es enorme. El dato que lo confirma es demoledor: la división territorial es tan profunda que solo quedan cuarenta municipios en todo el país donde la moneda sigue en el aire, es decir, donde la probabilidad de que uno u otro candidato gane esté por debajo del 75 por ciento. En el resto de la geografía nacional, las posturas ciudadanas están totalmente consolidadas y la suerte parece estar echada.
Ante este panorama, la campaña de "El Tigre" debe adoptar la más inteligente de las estrategias tenísticas, que consiste simplemente en sentarse a mirar y esperar. En los términos del deporte blanco, a De la Espriella le conviene, por estricto pragmatismo, dejar que la campaña de Iván Cepeda continúe cometiendo errores no forzados. Paradójicamente, los mejores jefes de debate del candidato de la derecha han estado en la acera de enfrente, ya que la estridencia del presidente Gustavo Petro en las últimas semanas no le ayuda en nada a la aspiración de Cepeda y solo dinamita los puentes con los sectores moderados.
Los ataques estratégicos del oficialismo terminaron convertidos en potentes bumeranes publicitarios que terminaron inflando al rival. Desde la campaña de Cepeda hasta el propio mandatario han ayudado a crecer la candidatura De la Espriella mediante denuncias e impugnaciones absurdas, como la demanda formal para que el candidato no utilizara la camiseta de la Selección Colombia, o la burla a conceptos de campaña altamente efectivos como "Firme por la Patria". Al final, el domingo 31 de mayo actuó como un espejo psicológico demoledor, pues desde ese mismo día de la primera vuelta la izquierda se sintió perdedora, y ese derrotismo ha sido el mensaje principal que ha terminado por transmitir a sus propios electores.
Si bien De la Espriella consolidó una ventaja inicial de más de 600 mil votos de diferencia sobre Cepeda, la clave matemática de la victoria reside en la bolsa de casi 3 millones y medio de votos que dejaron los candidatos perdedores, sumados a los votos nulos, en blanco y la abstención. Los pronósticos de la distribución de este enorme caudal flotante se inclinan de forma definitiva a favor de la centroderecha, estimando que De la Espriella capturará cerca del 55 por ciento de estos apoyos (alrededor de 1.925.000 votos) al concentrar el voto antipetrista y el deseo de orden. Por su parte, Iván Cepeda absorbería apenas un 30 por ciento (cerca de 1.050.000 votos) provenientes de las vertientes alternativas, mientras que el 15 por ciento restante (unos 525.000 votos) engrosará el voto en blanco o la abstención de ciudadanos desencantados, volviendo la distancia a favor de Abelardo matemáticamente irrecuperable.
Sin embargo, este previsible triunfo que convertirá a Abelardo en el próximo presidente se dará en medio de un clima de hostilidad sin precedentes. Esta campaña pasará a la historia por la brutal guerra sucia de fake news en redes sociales, donde los algoritmos han suplantado la confrontación de ideas por la destrucción moral a través de denuncias infundadas y ataques coordinados en plataformas digitales. A esto se suma el riesgo latente y más peligroso del proceso: que la izquierda radical no acepta los resultados institucionales del domingo y decide salir a las calles en masa con sus seguidores para armar un estallido social mucho más fuerte que el presenciado hace unos años atrás. La violencia política se ha incrementado restrictivamente en esta recta final y es muy posible que se desenfrene después de las elecciones, dejando al próximo gobierno ante el reto inmediato de gobernar un país fracturado y bajo la sombra de la protesta violenta.
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