(OPINIÓN) El fracaso del gobierno de Petro. Por: Bernardo Henao Jaramillo
El relevo presidencial marca siempre el momento de las evaluaciones. Se acaba la campaña, se apagan los discursos y solo queda una pregunta relevante: ¿cumplió el gobierno saliente con aquello que prometió?
En el caso de Gustavo Petro, la respuesta no puede depender de la posición ideológica de cada lector, pues, incluso quienes respaldaron su proyecto difícilmente pueden negar que el resultado final estuvo muy lejos de las expectativas que se generaron cuando la izquierda llegó por primera vez al poder en Colombia.
Más allá de los discursos de despedida y de los intentos por reescribir la historia, el gobierno de Gustavo Petro deja una pregunta que el Foro de São Paulo no podrá eludir: ¿por qué fracasó su proyecto político en Colombia?
Durante años se afirmó que el problema del país era simplemente que nunca había sido gobernado por la izquierda. Se prometió un cambio histórico, una transformación institucional y un nuevo modelo político, económico y social. Cuatro años después, el balance deja un país profundamente polarizado, con múltiples reformas inconclusas, conflictos permanentes entre las ramas del poder público y una administración que hizo de la confrontación una forma cotidiana de gobierno.
Ese desenlace debe ser el verdadero debate. No basta con aseverar que el gobierno terminó mal. Hay que interrogar el porqué. La verdadera discusión debe concentrarse en explicar por qué, después de haber alcanzado el poder y contado con el respaldo del aparato estatal durante cuatro años, la izquierda radical no consiguió mantenerse en el gobierno.
En la hora de ahora resulta más útil analizar esas causas del fracaso que refugiarse exclusivamente en teorías sobre un fraude electoral que, hasta hoy, no ha producido una decisión judicial que modifique el resultado de las elecciones. Las demandas presentadas siguen su curso institucional y, la decisión que se adopte ninguna incidencia tendrá en el razonamiento de la forma como se gobernó el país en el cuatrienio que concluye. La crítica política debe sustentarse sobre hechos verificables, que no simplemente en hacer uso de análisis electorales de los resultados publicados por la Registraduría. Y tener muy en cuenta que durante los escrutinios con participación de jueces y otras autoridades los pocos reparos que se presentaron fueron resueltos oportunamente.
También corresponde preguntarse qué lectura hará el Foro de São Paulo sobre esta experiencia. Durante décadas, la izquierda latinoamericana trabajó para conquistar el poder en Colombia. Finalmente lo consiguió. Sin embargo, el primer gobierno de ese proyecto político concluye dejando enormes cuestionamientos sobre su capacidad para administrar el Estado y construir consensos democráticos.
No es una discusión menor. Para cualquier movimiento político, gobernar constituye el examen definitivo. Llegar al poder constituye una victoria electoral; conservar la confianza ciudadana exige resultados. Y allí es donde el proyecto terminó encontrando sus mayores dificultades.
A ello se suma un hecho que difícilmente podrá ignorarse en el balance internacional del gobierno. A pocos días de concluir su mandato, Gustavo Petro continúa incluido en la lista de Nacionales Especialmente
Designados (SDN) de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, conocida popularmente como la Lista Clinton. Hasta la fecha, no existe un anuncio oficial sobre el levantamiento de esa designación ni sobre la restitución de su visa estadounidense. Se trata de un hecho objetivo y verificable que también formará parte del legado de su administración.
Hay otros contextos que deterioraron la imagen internacional del gobierno y del propio presidente. La política exterior terminó envuelta en controversias constantes, mientras varias decisiones diplomáticas generaron tensiones innecesarias con aliados históricos de Colombia que provocaron la ruptura de relaciones con Israel y resquebrajaron las sostenidas con los Estados Unidos. Incluso algunos episodios, como los reiterados viajes al Vaticano, dejaron más interrogantes que conclusiones sobre sus verdaderos objetivos y resultados. Y sigue rondando la verdad sobre su estadía en Manta (Ecuador).
La historia demuestra que ningún proyecto político fracasa únicamente por causa de la oposición. Por más que se empeñe, no la tiene fácil el gobierno saliente frente a los señalamientos en materia de corrupción. Normalmente un gobierno naufraga cuando sus decisiones lo alejan de la realidad del país. Ese parece haber sido el caso de este gobierno.
Ahora será tarea de los historiadores establecer cuáles fueron sus aciertos y cuáles sus errores. Pero la política exige balances inmediatos, y el que corresponde a este cuatrienio no puede calificarse como exitoso. El deterioro fiscal, evidenciado en mayor deuda y déficit; la desaceleración del crecimiento económico, se mantuvo por debajo del promedio histórico; la inseguridad reinante en todo el país, entre otras, por el fortalecimiento de estructuras criminales; la cuestionada Paz Total; los continuos y persistentes escándalos en el poder ejecutivo; el debilitamiento del sistema de salud y la permanente confrontación del Gobierno con sectores empresariales que afectó la inversión y la confianza económica en el país son, entre varias más, algunas de las causas por las cuales la calificación final es negativa y llevó a la izquierda a la pérdida del poder. “El arma por excelencia para derrocar un mal gobierno es, pues, la de la opinión pública” (Joaquín Balaguer)
La alternancia democrática constituye una de las mayores fortalezas de una república. Los gobiernos pasan; las instituciones permanecen. Ojalá la experiencia de estos años sirva para recordar que ningún líder, por carismático que sea, está por encima de la Constitución, de la separación de poderes ni del control ciudadano.
El malogro de un gobierno no debe celebrarse. Cuando fracasa un gobierno, pierde el país entero. Pero ignorarlo sería aún más grave. La democracia solo aprende cuando es capaz de evaluar con rigor sus propios errores para no repetirlos.
De todas formas, Gustavo Petro trató sin convencer en presentar un balance optimista en el discurso de despedida en la instalación del Congreso de la República; saltan de bulto varias mentiras en las que incurrió. Bajo ese escenario el presidente entrante Abelardo de la Espriella debe preguntarse ¿qué país recibe realmente y cuáles deberían ser sus prioridades desde el primer día?
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