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(OPINIÓN) El Abelardo que yo conozco. Por: Andrés Gaviria Cano

Hace casi diez años conocí a Abelardo De la Espriella en su oficina en Bogotá. Era un encuentro de trabajo, pero lo que encontré esa tarde fue algo que no esperaba: un hombre que hablaba de Colombia con una emoción que no se improvisa o prepara.

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(OPINIÓN) El Abelardo que yo conozco. Por: Andrés Gaviria Cano

No era el discurso de alguien que quiere llegar a algún lado por esas ideas, mucho menos buscando un cargo público. Era la convicción de alguien que tenía muy claro lo que quería defender y promover.

Desde ese momento mantuvimos una relación que fue creciendo con el tiempo, con conversaciones en distintos momentos y contextos, y en todas ellas encontré al mismo Abelardo: riguroso, inquieto, con una mente que no descansa y con un sentido de lo justo que no negocia con nadie.

Y lo que más me llamó la atención en esos años fue algo que raramente se ve en quien termina siendo candidato presidencial: Abelardo no quería serlo. Cada vez que la conversación rozaba su participación política, él la esquivaba con una honestidad que me resultaba refrescante, porque la mayoría de las personas siempre está buscando labrar su camino con falsas modestias o escalar como sea. Decía que ese mundo tenía demasiadas cosas con las que no podía estar de acuerdo, que no era para él y siempre, pero siempre, su familia era el centro de todo y la protección de ella era prioridad máxima. Pero al mismo tiempo uno sentía en el aire esas “ganas de hacer”, porque el amor por Colombia era genuino y profundo, y la frustración de ver las cosas mal hechas y no poder cambiarlas desde afuera lo incomodaba de una manera que no lograba disimular del todo. No llegó a la política porque la ambicionó. Llegó porque en algún momento la conciencia y la responsabilidad, además de centenares de llamadas y mensajes, lograron convencerlo.

Lo vi construir una de las firmas de abogados más exitosas del país no solamente por su talento jurídico sino por su manera de entender que el derecho es, en el fondo, un instrumento de dignidad. Su oficina llevó casos pro bono que muy poca gente conoce. Defendió a periodistas y medios de comunicación de forma totalmente gratuita, porque creía en la libertad de prensa antes de que fuera políticamente conveniente creerla. Mientras muchos medios hoy lo atacan con una ferocidad que a mí me resulta incomprensible, yo sé, porque lo vi, que Abelardo ha sido uno de sus defensores más silenciosos y más genuinos.

También conocí al Abelardo sensible. Al que durante la pandemia, cuando el país estaba paralizado y los campesinos no tenían a quién venderles sus cosechas, creó Cosecha Solidaria para comprarles a precios justos y evitar que se perdiera ese trabajo y ese alimento. Nadie se lo pidió. Nadie se lo exigió. Lo hizo porque así es él. De la misma manera que creó su beca para apoyar a jóvenes que querían estudiar y no tenían cómo. Ese Abelardo filantrópico y discreto es el que los titulares nunca muestran.

Y luego está el Abelardo escritor, emprendedor e intelectual. Durante años fue columnista semanal en varios medios de comunicación del país, y puedo decirlo con conocimiento de causa: era el columnista más leído en prácticamente todos los medios donde escribía. Semana tras semana, con nombre propio y sin red de protección, plasmaba su visión del país, su postura sobre lo que estaba pasando, su manera de leer la realidad. Eso no lo hace quien quiere quedar bien con todos. Lo hace quien tiene algo genuino que decir y el coraje de decirlo. Me leí también La pasión del defensor y Amores criminales, y los dos me demostraron algo que pocas personas en la vida pública tienen: la capacidad de pensar en varios registros al mismo tiempo, de moverse entre el análisis jurídico, la narración y la reflexión humana sin perder el hilo de ninguno.

Por todo eso, cuando Abelardo anunció su candidatura, yo no tuve duda de que sería el fenómeno político que hoy el país observa con tanta atención. Era el «outsider» del que tanto se hablaba meses atrás. No porque sea perfecto, sino porque Colombia no necesita un presidente perfecto. Necesita uno que llegue libre. Libre de compromisos que lo aten, libre de deudas políticas que lo condicionen, libre para escoger a las personas correctas y exigirles resultados. Y eso es exactamente lo que Abelardo representa: un gobierno que llega sin los mismos de siempre, que entiende las regiones porque las ha recorrido, que sabe lo que es construir algo desde cero.

El país que Gustavo Petro nos deja no admite mediocridad. La situación de seguridad, de economía, de salud, de relaciones internacionales no se resuelve con paños de agua tibia ni con personas que llegaron al poder para cuidar sus propios intereses. Se necesita alguien que entienda que la seguridad y la justicia son el principio básico de cualquier sociedad que quiera progresar, que sin cárceles suficientes, sin reforma a la justicia, sin fuero para los militares y los policías, sin combate real a la impunidad, todo lo demás es construir sobre arena.

Se necesita alguien que entienda la economía no como un privilegio de las tres o cuatro ciudades capitales sino como una oportunidad para cada región del país. Que sepa que crecer por encima del 5,5% no es un slogan sino una necesidad, que la inversión extranjera y local vuelve cuando hay confianza, y que la confianza se construye con coherencia y con hechos.

Y se necesita alguien que tenga claro que Colombia no puede seguir de espaldas al mundo. Que las relaciones con Estados Unidos, con Inglaterra, con Israel no son un capricho ideológico sino una necesidad estratégica para un país que quiere crecer y que quiere seguridad.

Tendrá a su lado a José Manuel Restrepo, un vicepresidente brillante que entiende la economía con una profundidad que pocas veces he visto en la política colombiana. Juntos forman una fórmula que me genera confianza real.

El 21 de junio votó por Abelardo de la Espriella. No como un acto de fe ciega sino como una decisión consciente de alguien que lo conoce, que ha conversado con él, que ha visto cómo piensa y cómo actúa cuando nadie lo está mirando. Y eso, en política, es lo que más vale.

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