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(OPINIÓN) Educar deja de ser una competencia. Por: César Bedoya

Desde la primera infancia, la sociedad susurra, y a veces grita, una lección silenciosa pero contundente: el valor propio se mide en función de superar al de al lado. Se observa en las dinámicas cotidianas más cotidianas, como cuando en el parque un adulto dice “¡El último que llegue es un huevo podrido!”, o en el aula cuando se aplaude únicamente al primero que entrega la guía de ejercicios.

REDACCIÓN
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(OPINIÓN) Educar deja de ser una competencia. Por: César Bedoya

Sin darnos cuenta, en las familias y las escuelas se suele sembrar la idea implícita de que para brillar es indispensable que la luz de otro se apague o quede en la penumbra.

Esta lógica de la comparación constante transforma el aprendizaje en una carrera de obstáculos donde el otro no es un compañero, sino un rival a vencer. Las notas de calificaciones con el promedio más alto, el cuadro de honor y la medalla al “más obediente” funcionan como trofeos de una competencia que los niños jamás pidieron correr. ¿Qué mensaje le estamos transmitiendo a una mente en desarrollo cuando su autoestima depende exclusivamente de estar un escalón por encima de su par?

Frente a este paradigma extractivo del mérito, María Montessori concibió la educación no como una contienda individualista, sino como una verdadera ciencia para la paz. Educar para la paz dista mucho de ser una consigna abstracta o una simple invitación a evitar las discusiones en el patio del recreo. Significa, en un sentido mucho más profundo, articular entornos donde la cooperación sustituye al egoísmo y donde el ritmo de cada estudiante sea respetado sin etiquetas de lentitud o ventaja.

En la vida cotidiana, esto se traduce en gestos tan sencillos como potenciar el trabajo en equipo por encima de la nota individual. Por ejemplo, en lugar de preguntar al llegar a casa “¿quién sacó la mejor nota de la clase?”, la conversación reflexiva podría orientarse hacia “¿a quién pudiste ayudar hoy o qué aprendiste de tu compañero?”. Entender que el logro del otro no resta valor al propio es quizás una de las lecciones emocionales más complejas y necesarias de la existencia humana.

Cuando la empatía desplaza a la rivalidad en los primeros años de vida, el entramado social empieza a transformarse desde la raíz. Un niño que aprende a celebrar el éxito de su par no solo se vuelve un adulto menos frustrado, sino un ciudadano capaz de construir soluciones colectivas frente a los problemas complejos del mundo actual. Si la infancia se habita desde la solidaridad, la adultez no se percibirá como una lucha encarnada por recursos o reconocimiento.

Esto nos enfrenta a una pregunta incómoda pero urgente que tanto padres, madres como docentes debemos hacernos: ¿estamos educando para formar seres humanos integrales y empáticos, o simplemente para adiestrar competidores eficientes en un mercado cada vez más individualista? La respuesta no está en los discursos, sino en las pequeñas decisiones diarias: en la forma en que corregimos un error, en cómo premiamos el esfuerzo y en los valores que priorizamos dentro del hogar y la escuela.

Es momento de un cambio de rumbo estructural en la pedagogía cotidiana. Necesitamos familias que dejen de comparar a sus hijos con los vecinos o hermanos, y maestros que transformen las aulas en comunidades de aprendizaje cooperativo donde nadie se queda atrás. Desmantelar la cultura de la rivalidad infantil no es una utopía; es la única vía hacia una sociedad verdaderamente humana donde el éxito de uno sea, finalmente, el motivo de alegría de todos.

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