(OPINIÓN) Reconstruir mejor. Por: María Clara Posada
Colombia puede limitarse a borrar las huellas del terremoto o aprovechar esta tragedia para cambiar la manera como planificamos y construimos.
Colombia acaba de vivir una tragedia sísmica como no conocía en décadas. El terremoto de magnitud 7,4 del 10 de agosto, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, dejó afectaciones en 16 departamentos y 494 municipios, 324.157 personas damnificadas, 329 muertos y 4.592 heridos. Hay 31.519 viviendas destruidas y 178.236 averiadas, además de miles de colegios, centros de salud, vías, puentes y acueductos afectados. El costo preliminar de la reconstrucción supera los 30 billones de pesos.
Ahora viene una tarea monumental. Colombia tiene que reconstruir, pero no puede limitarse a levantar lo mismo, en los mismos lugares y con las mismas vulnerabilidades. Después de una catástrofe, reconstruir una estructura frágil es simplemente aplazar la siguiente tragedia. Naciones Unidas ha convertido en principio una idea sencilla y poderosa: build back better, reconstruir mejor. Significa aprovechar la recuperación para reducir el riesgo futuro. El terremoto no puede evitarse. Sus consecuencias, en cambio, sí pueden disminuirse. Los sismos se convierten en catástrofes cuando encuentran edificaciones vulnerables, suelos ocupados sin suficiente planificación, infraestructura crítica desprotegida y ciudades incapaces de seguir funcionando después del impacto.
La reconstrucción debe comenzar por el territorio. Antes de volver a levantar una vivienda, un colegio o un hospital, debemos actualizar los estudios de amenaza, la microzonificación sísmica y el conocimiento de las condiciones del suelo. No todo debe reconstruirse donde estaba. Las zonas expuestas a fallas, deslizamientos o licuefacción exigen decisiones urbanísticas responsables, aunque algunas sean difíciles o impopulares. El segundo principio debe ser construir para permanecer. Cumplir la norma sismorresistente no puede convertirse en un trámite documental. Se necesita supervisión rigurosa de diseños, materiales y obras, pero también revisar aquellas edificaciones que no colapsaron y pueden haber quedado estructuralmente comprometidas. Lo barato en ingeniería puede terminar siendo extraordinariamente costoso en vidas. Hospitales, estaciones de bomberos, colegios, puentes y sistemas de agua, energía y comunicaciones requieren estándares superiores. No basta con que permanezcan en pie. Deben poder seguir funcionando después del terremoto. Un hospital que resiste estructuralmente, pero queda inutilizado no es verdaderamente resiliente.
Los colegios merecen una política nacional especial. La experiencia internacional demuestra que reforzar la infraestructura educativa salva vidas. Colombia tiene antecedentes que pueden ampliarse. Cali, por ejemplo, desarrolló con apoyo del Banco Mundial un programa de infraestructura escolar que incorporó la reducción de la vulnerabilidad sísmica. Ese esfuerzo debería extenderse a todo el país. También debemos pensar las ciudades de otra manera. Redes de servicios con sistemas alternativos, espacios públicos capaces de convertirse rápidamente en puntos de encuentro y refugio, vías que permitan el acceso de organismos de emergencia, barrios mejor conectados, telecomunicaciones de respaldo y comunidades preparadas para actuar durante las primeras horas.
La resiliencia no depende solamente del concreto y del acero. Depende también de ciudadanos que conocen los riesgos, autoridades que han previsto los escenarios y comunidades capaces de reaccionar organizadamente. Esta reconstrucción debería ser, además, una oportunidad para revisar la infraestructura crítica del resto del país. El próximo gran sismo puede ocurrir en otra región. Esperar a que una tragedia revele cada vulnerabilidad sería irresponsable. Colombia necesita identificar desde ahora hospitales, colegios, puentes y sistemas esenciales que requieren reforzamiento. Todo esto puede costar más inicialmente. Pero esa es una contabilidad incompleta. No hay obra más costosa que aquella que debe construirse dos veces. Y no existe cifra presupuestal capaz de compensar una vida que pudo salvarse.
Colombia puede limitarse a borrar las huellas del terremoto o aprovechar esta tragedia para cambiar la manera como planificamos y construimos. La verdadera reconstrucción no consiste en que todo vuelva a ser como antes, sino, y más bien, lograr que, cuando vuelva a temblar, porque volverá a temblar, Colombia esté mejor preparada para permanecer en pie.
Posdata: El temblor también activó el espíritu de ayuda y solidaridad de los colombianos. Muchos aún se preguntan cómo puedo ayudar o dónde puedo ayudar. Los invito a que revisen la campaña Corazón Grande, los 100 caballos por los templos, que propuso el presidente Álvaro Uribe, o la subasta Ponemos que movilizó a decenas de artistas y diseñadores colombianos a ayudar a los damnificados. Cada peso y cada gesto cuentan.

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