(OPINIÓN) Diatriba contra la "igualdad" Por: José Obdulio Gaviria
El marxismo latinoamericano sacralizó un fetiche: la palabra igualdad. Quien pregunta cuál igualdad, ante qué, ante quién y a costa de qué, queda cancelado. Se la invoca en mítines y redes como bien absoluto.
Los liberales decimos otra cosa: no toda igualdad es deseable; alguna es perniciosa. La igualdad marxista no es la igualdad ante la ley sino la igualdad de resultados. Para fabricarla no se eleva al pobre: se derriba al que produce. Se expropia, nacionaliza, se le persegue, se castiga el éxito. El pueblo próspero no les sirve. Les sirve el pueblo uniformemente miserable, con la escasez compartida y los privilegios reservados a la élite del partido.
Petro lo dijo sin anestesia: cuando los pobres dejan de serlo y tienen, se vuelven de derecha. El dilema no es cómo enriquecerlos; es qué hacer con ellos el día en que dejen de ser clientela. Cuba resolvió la desigualdad por lo bajo: un PIB per cápita irrisorio, salarios de diecisiete dólares al mes, hambre masiva. Batieron el record: todos pobres.
Colombia tomó otro sendero: cobertura de salud del 95 por ciento, PIB per cápita por encima de los ocho mil dólares, vivienda y subsidios que sacan a millones del piso, esperanza de vida cerca de los setenta y ocho años. Cuba igualó s su gente destruyendo riqueza. Colombia tiene que perfeccionar el motor que la crea. Eso exige igualdad ante la ley y confianza para invertir.
Únete al canal de WhatsApp de IFMNOTICIAS para estar informado de manera oportuna y con detalle. IFMNOTICIAS · Información de VerdadUnirmeLo que sí empobrece es la desigualdad prebendaria: precios controlados, régimen cambiario para los validos, concesiones, monopolios, licitaciones amañadas, prohibir a unos para favorecer a otros. Pocos ricos en un país pobre. La libertad económica —antípoda de ese marxismo de privilegio— es condición de prosperidad. En los países libres, la desigualdad de resultados no es un pecado: es un hecho.
Marxismo y fascismo coinciden en concentrar el poder en el Estado y despojar al individuo. Igualan en la miseria y abren un abismo en el goce de los derechos políticos. El mismo truco opera en las cifras. Recientemente, una columnista neomarxista escribió que Colombia es el país con más feminicidios del mundo. Julio César Iglesias fue a las estadísticas y encontró que, después de Chile, es el de menor incidencia en América. Igual ocurre con la consigna de que somos «el país más desigual del planeta». De ahí, sin trámite, justifican que que sea el más violento porque los «desigualados» ejercen una violencia justa contra los explotadores. «Causas objetivas», dicen. Si vamos a los hechos, ningún derecho fundamental está conculcado por la Constitución colombiana. Hay acción de tutela, derecho de petición, acciones populares. En 2022, en la Comisión Quinta, planteé esa duda sobre la desigualdad y el senador de las FARC me respondió con dos fetiches: el índice Gini y la distribución de la tierra. El Gini colombiano es alto. Lo agravan, sobre todo, la educación —con el sindicato de maestros como responsable mayor del atraso— y el desequilibrio regional: Chocó, Sucre, Orinoquia, Amazonia. La terapia no es el fusil; es justicia, control y escuelas que enseñen. El Gini describe cómo se reparte el ingreso. No prueba que el Estado niegue derechos ni que la guerra sea terapia.
La hectárea es un insumo. Un cultivo de brócoli en Ecuador ocupa ochenta mil hectáreas y por eso surte a los consumidores desde el Ártico hasta la Antártida. Una hacienda de la altillanura colombiana surte el mercado de carne vacuna, de cerdos y de aves. Ocupa veinte mil hectáreas o más y emplean millares de trabajadores, pagan impuestos y llenan las mesas de los colombianos. Concentrar tierra para producir a escala no es «exclusión»: es condición de alimento barato.
El comunista no necesita resolver la desigualdad. Necesita que el agravio sea absoluto para que la revolución parezca legítima. Por eso infla el superlativo: Colombia, Cuba, Guatemala, el más desigual de todos. El superlativo no es un dato. Es el combustible de la narrativa. La igualdad que sí hay que defender no es la de resultados ni la que se impone a cañonazos. Es la igualdad ante la ley: que nadie esté por encima de la norma, que el poderoso y el humilde respondan ante el mismo juez, que el Estado no sea arma de unos contra otros. Esa igualdad no empobrece: protege. No apaga el motor: lo hace confiable. Es la única que merece entusiasmo.
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