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(OPINIÓN) Cuando la burla deja de ser un juego. Por: María Fernanda Valdivieso

Hay grupos de amigos en los que los papeles parecen estar definidos. Está quien organiza los planes, quien siempre llega tarde, quien nunca responde el chat y, casi sin que nadie lo haya decidido, también está quien termina siendo el protagonista de todas las bromas.

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(OPINIÓN) Cuando la burla deja de ser un juego. Por: María Fernanda Valdivieso

Si cambia de trabajo, hay un comentario. Si aumenta de peso, alguien hace una observación. Si se equivoca al contar una historia, la anécdota se repetirá durante meses. Lo curioso es que casi siempre esa persona sonríe. A veces incluso responde con otra broma. Desde afuera parecería que todo está bien. Sin embargo, no siempre una sonrisa significa que la está pasando bien.

Existe la idea de que el acoso escolar pertenece exclusivamente a la infancia o a la adolescencia. Basta con escuchar esa palabra para pensar en un salón de clases, un recreo o un colegio. Pocas veces la relacionamos con una mesa de restaurante entre amigos de cuarenta años, con un grupo de WhatsApp o con un encuentro familiar. Tal vez porque, al crecer, dejamos de llamar las cosas por su nombre. Las burlas repetidas pasan a convertirse en "molestadera", "confianza" o "humor negro", como si cambiarles el nombre también cambiara el efecto que producen.

Con los años aprendemos a administrar mejor las emociones, pero no dejamos de sentirlas. La diferencia es que un adulto rara vez dirá que un comentario lo hirió. Prefiere guardar silencio antes que correr el riesgo de ser catalogado como alguien que no tiene sentido del humor. En una cultura donde la capacidad de aguantar bromas suele confundirse con madurez, expresar incomodidad parece casi un acto de debilidad. Entonces aparece un mecanismo peligroso: reírse de uno mismo antes de que los demás noten que, en realidad, la broma dolió.

Quizá por eso resulta tan difícil identificar el momento en que una amistad cruza la línea entre el humor y el irrespeto. No existe un comentario exacto que marque ese punto. Más bien es una suma de pequeños episodios que, vistos por separado, parecen insignificantes. Lo que hiere no siempre es la intensidad de una broma, sino la repetición. No es lo mismo reírse una vez de un olvido que convertir ese olvido en la única característica que define a una persona durante años. Hay una diferencia enorme entre compartir una risa y construir un personaje del que todos esperan burlarse.

En muchos grupos esa dinámica termina instalándose sin que nadie la cuestione. Se vuelve parte de la identidad colectiva. Cada reunión necesita el mismo chiste, el mismo apodo, la misma referencia incómoda. Con el tiempo ya no importa si la persona cambió, superó ese momento de su vida o simplemente quisiera dejar atrás esa etiqueta. El grupo la mantiene viva porque garantiza risas inmediatas. Lo preocupante es que pocas veces alguien se pregunta si quien recibe esas bromas sigue encontrándolas graciosas o simplemente aprendió a convivir con ellas.

Hay un detalle que suele pasar desapercibido: el humor también puede ser una forma de ejercer poder. No necesariamente desde la mala intención ni desde la crueldad consciente, sino desde la necesidad de ocupar un lugar dentro del grupo. Hay personas que descubren que hacer reír les da reconocimiento y, sin darse cuenta, empiezan a construir ese reconocimiento a costa de alguien más. El problema no es que exista un buen contador de chistes. El problema aparece cuando el ingenio depende siempre de exponer, ridiculizar o minimizar a otro para funcionar.

Eso explica por qué algunas bromas generan carcajadas colectivas y, al mismo tiempo, dejan un ambiente extraño. Todos se ríen, pero alguien cambia de expresión durante unos segundos. Alguien deja de participar en la conversación. Alguien responde con menos entusiasmo. Son señales pequeñas que rara vez reciben atención porque el grupo sigue avanzando. Después de todo, la noche continúa y siempre habrá un nuevo tema de conversación. Pero las personas no olvidan con la misma facilidad aquello que las hizo sentir avergonzadas frente a quienes consideran cercanos.

También conviene reconocer que no toda broma constituye acoso escolar. Las amistades necesitan humor. Necesitan esa libertad que permite reírse de las ocurrencias, de los errores cotidianos y, muchas veces, de uno mismo. Una relación donde todo deba medirse con extremo cuidado terminaría siendo tan incómoda como una donde nadie conoce los límites. El equilibrio aparece cuando el respeto sigue presente incluso en medio de las risas. Ese suele ser el mejor indicador. Si existe confianza suficiente para detener una broma cuando incomoda, probablemente la amistad está sana. Si, por el contrario, alguien debe soportarla porque sabe que cualquier reclamo provocará nuevas burlas, la confianza ya empezó a romperse.

Llama la atención que quienes defienden ciertas bromas casi siempre recurran al mismo argumento: "Si realmente le molestara, ya lo habría dicho". La realidad demuestra que las relaciones humanas funcionan de otra manera. Muchas personas callan porque no quieren alterar la armonía del grupo. Otras temen convertirse en el centro de una discusión aún más incómoda. Algunas simplemente piensan que no vale la pena explicar algo que debería ser evidente. El silencio, entonces, no siempre significa aprobación. En ocasiones es una estrategia para evitar una incomodidad mayor.

Las amistades también deben evolucionar. Lo que hacía gracia a los veinte años no necesariamente sigue siendo divertido a los cuarenta. La vida cambia, las responsabilidades aumentan y las personas atraviesan pérdidas, enfermedades, fracasos y momentos que los demás desconocen. Un comentario sobre el aspecto físico puede caer justo cuando alguien enfrenta un problema de salud. Una broma sobre el trabajo puede llegar después de semanas de incertidumbre económica. Un chiste sobre una separación puede tocar una herida que todavía permanece abierta. Nunca sabemos del todo qué batalla está librando quien tenemos enfrente, y esa simple idea debería bastar para volvernos un poco más cuidadosos.

Quizá la mejor manera de saber si una broma sigue siendo una broma sea hacer un ejercicio muy sencillo: imaginar que los papeles se invierten. ¿Seguiría pareciendo divertida si el comentario fuera dirigido hacia quien la hizo? ¿Provocaría la misma risa si el blanco cambiara de lugar? La respuesta suele revelar mucho más que cualquier explicación posterior. El humor auténtico resiste el intercambio. La burla disfrazada de humor, casi nunca.

Las amistades más valiosas no son aquellas donde todo está permitido. Son aquellas donde existe la suficiente confianza para saber hasta dónde llegar y la suficiente sensibilidad para detenerse antes de cruzar una línea que el otro quizá no sea capaz de expresar con palabras. Ese tipo de respeto no vuelve aburridas las conversaciones; por el contrario, las hace más libres, porque nadie siente que debe estar preparado para defenderse de quienes, en teoría, deberían representar un espacio seguro.

Tal vez ha llegado el momento de revisar algunas costumbres que durante años hemos confundido con cercanía. No para convertirnos en personas incapaces de reír, sino para preguntarnos de qué nos estamos riendo y, sobre todo, quién está pagando el precio de esa risa. Porque una amistad debería ser el lugar donde una persona puede bajar la guardia sin temor a convertirse en el espectáculo de la noche. Y cuando eso deja de ocurrir, quizá el problema nunca fue la falta de sentido del humor, sino la falta de consideración por quien siempre estuvo dispuesto a soportar más de lo que los demás fueron capaces de notar.

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