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(OPINIÓN) ‘Karina’ desnuda el montaje de las Farc y la Juco contra Uribe. Por: José Obdulio Gaviria

En mi libro Magnicidios, próximo a salir en Editorial Planeta, sostengo que la razón de ser de las FARC es la sinrazón. Nunca hubo causas objetivas que hicieran “necesaria” su existencia para que los comunistas pudiesen sobrevivir y para que el pueblo colombiano tuviese partidos de gobierno y partidos de oposición, algo consustancial a un régimen democrático.

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(OPINIÓN) ‘Karina’ desnuda el montaje de las Farc y la Juco contra Uribe. Por: José Obdulio Gaviria
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Con los comunistas de las FARC todo siempre ha sido un enredo, una sinrazón. Iván Márquez, quien fuera el jefe negociador de las FARC con Santos, firmó solemnemente el acuerdo de paz, su fotografía apareció en todos los periódicos del mundo… pero nunca se desmovilizó. Mandó a los viejos comandantes al Senado y a la Cámara, o los puso a comandar partidos como FARC (luego bautizado “Comunes”), el Partido Comunista (y dentro de él a la JUCO) o la UP (tres personerías jurídicas distintas y un solo partido político verdadero). Hecho esto, volvió a los mismos campamentos de siempre para seguir cometiendo los mismos crímenes, ahora con la comodidad de ser miembro del bloque gubernamental y amigo del candidato oficial a la Presidencia.

Hoy presento un informe de lectura sobre el libro Volver a ser Elda, una biografía íntima de alias Karina escrita por el profesor Gustavo Duncan.

‘Karina’, una humilde niña del Urabá antioqueño, fue reclutada por las FARC y pasó 25 largos años en sus filas. Ese martirio fue una seguidilla diaria de crímenes, arbitrariedades, chismes, sexo sin amor, perversiones, fusilamientos de “traidores” y asesinatos de policías, soldados y civiles cuyo único delito era vestir bien o tener un carro presentable.

El libro está plagado de odios transmitidos e incomprensibles: odio de clase a los “ricos malvados”, en particular a Álvaro Uribe, “la personificación del capitalismo”; odio a los jefes directos como Iván Ríos y odio al Secretariado. Sin haber leído a Marx ni a Lenin, Karina se convirtió en militante activa del partido marxista-leninista que fundó y dirigió las FARC: el Partido Comunista Colombiano.

Karina asegura (pág. 323) que, en la época en que ingresó, “la JUCO era la que más reclutaba jóvenes para las FARC”. ¿Ocurrirá hoy lo mismo? No sería extraño. Hace poco, la Secretaria Política de la Juventud Comunista se autocalificó como “una plaga”. Efectivamente, la JUCO ha sido un fértil semillero en el que han brillado plántulas como Karina, Manuel Cepeda Castro (uno de sus primeros secretarios generales en 1959), Iván Ríos, Alfonso Cano, Timochenko, Iván Márquez y casi todo el último Secretariado de las FARC.

Las FARC y sus aliados, como el senador Iván Cepeda, implantaron la matriz de que perseguir a las FARC era propio de “enemigos de la paz” y “fascistas”. Karina confiesa que así lo creyó hasta su desmovilización. Paradójicamente, admite que el Estado poco hacía por combatirlas hasta que llegó Álvaro Uribe, primero como gobernador de Antioquia y luego como presidente. Esa fue la razón de la condena a muerte dictada por Tirofijo contra Uribe —ejecutada en más de sesenta atentados fallidos— y del ataque judicial recurrente impulsado por Cepeda y sus redes para encarcelarlo y neutralizarlo políticamente.

Karina reconoce que Uribe volvió inviables a las FARC y que por eso lo odiaban:

“Dentro de las FARC la imagen de Uribe era la de un paramilitar. Lo odiábamos, nos había sacado de la zona de comodidad en que estábamos. Yo lo odiaba y lo veía como un enemigo personal que me había declarado la guerra. Desde que era gobernador me tenía entre ceja y ceja” (pág. 325). Ya en 2005 se sentía la derrota: “Ya la gente no quería ingresar a las FARC (…) los frentes no crecen” (pág. 325).

Dice que Uribe no solo los golpeaba militarmente, sino políticamente. Que con la ley de desmovilización, el lema “mano firme, corazón grande” y operativos intensos pero con garantías para los desertores, “muchos guerrilleros se desmovilizaron. La presión militar había bajado mucho la moral de la tropa. La propaganda caló tanto que las FARC prohibieron escuchar las emisoras del Ejército” (págs. 321-325). Karina recuerda que Uribe también permitió que exguerrilleros hablaran en radio invitando a la vida civil. “La guerrillerada se imaginaba que los beneficios debían ser ciertos cuando escuchaban a sus antiguos compañeros” (pág. 325).

Karina se desmovilizó en 2008. En las FARC solo le esperaba miseria, cárcel o muerte (incluido el fusilamiento por sus propios camaradas). El Plan Colombia y la Seguridad Democrática habían golpeado sus capacidades. “Mi moral flaqueaba. Siempre se nos dijo que las FARC no iban a negociar con Uribe, no importaba el tiempo que durara en la presidencia.”

El libro es un testimonio clave para que la juventud, la academia y los medios entiendan que las FARC las clandestinas y las legalizadas han tenido y tienen a Uribe “entre ceja y ceja” y que no descansarán hasta verlo muerto (como lograron con Miguel Uribe) o en la cárcel.

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