(OPINIÓN) La economía de la soledad. Por: Diego Arango O
La humanidad está atravesando un nuevo modelo cultural que implica no solamente la relación de la familia y su composición, sino que está cambiando los patrones del mercado, las relaciones socioculturales y un modelo de vida es muy diferente a los siglos anteriores.
En la actualidad las nuevas generaciones partiendo de los millennials, pasando por los centennials o generación Alfa, siguiendo con la generación Z y la actual generación Beta, construyen sus hogares de manera muy precaria, partiendo de la base que el calificativo de esposo o esposa, marido y mujer ya se quedó hasta la generación X. Las iglesias católicas y de otras confesiones registran una disminución entre el 25% y el 45% de los matrimonios, en tanto en lo civil el porcentaje es más o menos similar. Hoy se escucha el término “pareja”, que ha reemplazado al de novios o esposos, lo cual indica que cada cual maneja su propia independencia, bien sea que vivan bajo el mismo techo o en lugares diferentes.
También la procreación ha disminuido significativamente; los índices de natalidad son muy diferentes a los del siglo pasado. Los jóvenes prefieren no asumir la responsabilidad de la crianza de hijos o en ocasiones tan solo de uno o máximo dos, que son criados en muchos casos de manera independiente. El auge de las mascotas ha entrado en furor; es más fácil adoptar un perro o gato, en algunos casos otros animales no domésticos como marranitos, conejos o ratones (hámsteres) que suplen la carga emocional de las parejas sin responsabilidades presentes ni futuras.
El reemplazo más elocuente de este cambio es indudablemente el ascenso de la mascota porque los hijos, con su exigencia de tiempo, sacrificio y futuro, han sido sustituidos por estos compañeros que ofrecen afecto inmediato sin los costos de oportunidad de la crianza. Es una "economía del cuidado sustituto": una industria que factura miles de millones en productos prémium para seres que, aunque amados, no requieren sacrificar la carrera profesional ni estilo de vida.
Todo este panorama ha producido un cambio significativo en la economía y productividad de los países. A este fenómeno los investigadores y sociólogos afirman que no ocurre en el vacío; se sustenta en lo que hoy se llama la "economía de la soledad". Si bien el mercado antes se diseñaba para el hogar, ahora se optimiza para el individuo. La oferta de consumo desde viviendas tipo estudio hasta el delivery (la entrega) de porciones únicas está diseñada para quien vive solo o para quienes practican el living apart together. (Vivir separados pero juntos); por lo tanto la soledad ha dejado de ser un estigma para convertirse en una ventaja operativa: es más fácil, más barato y más libre vivir sin los pesos del compromiso institucional.
Sin embargo, hay una paradoja inquietante que el mercado aún no termina de resolver: la vejez. Al renunciar a la familia tradicional y a la construcción de un proyecto intergeneracional, la juventud está apostando por un presente perpetuo. El ahorro y la planificación a largo plazo, que solían ser el cimiento de la seguridad familiar, se debilitan frente a la cultura del consumo inmediato. ¿Qué ocurre cuando la juventud se desvanece y la soledad deja de ser una elección para convertirse en una vulnerabilidad? La economía de la soledad ya vislumbra la respuesta: co-living para ancianos, servicios de asistencia remota con inteligencia artificial y una tercerización total del cuidado humano.
¿Es esto un acto de libertad o una respuesta defensiva? En un mundo marcado por la inestabilidad laboral y el alto costo de la vida, el compromiso formado por la unión civil, el matrimonio, los hijos es visto como una cadena financiera. La "pareja" contemporánea es un acuerdo de compañía mutua que evita la fusión de bienes y destinos. Es una autoprotección inteligente contra un mundo que no ofrece garantías.
El riesgo, no obstante, es que, al deshilachar el tejido familiar, también se erosione el último amortiguador contra la atomización social. La pregunta que queda abierta es que, mientras el mercado celebra la rentabilidad del individuo solitario, ¿qué será de una sociedad que ha decidido que, para evitar el dolor del compromiso, es mejor caminar solo que arriesgarse a construir un destino común? Quizás hemos ganado en independencia, pero el precio es una soledad que, tarde o temprano, todos tendremos que gestionar sin el respaldo de un "nosotros".

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