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(OPINIÓN) Sangre congelada. Por: Gustavo Gómez

Estamos a punto de saber si Gustavo Petro se convertirá en un expresidente equilibrado o en un manantial del caos. Los caminos de la vida: sensatez o desvaríos.

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(OPINIÓN) Sangre congelada. Por: Gustavo Gómez

Roy Barreras llegó a la cita con una colorida calavera mexicana bordada en su chamarra negra, símbolo de no temerle a la muerte, de burlarla y de encontrar siempre la fortaleza para seguir adelante. Barreras, entonces presidente del Senado, me había pedido que le presentara en la Feria del Libro su novela “Bailando con la muerte”. No soy muy bueno para las presentaciones de libros (lo mismo que para las interminables fiestas de matrimonio, las reuniones de padres de familia del colegio o los funerales), pero acepté. Él siempre nos había atendido con cortesía y prontitud en Caracol Radio, así que me pareció lo justo.

Nos llevaron a una especie de camerino, mientras la gente comenzaba a llenar el auditorio, en Corferias. Un par de personas cercanas a él, dos más de la editorial… no creo que fuéramos más de seis. Barreras comenzó a hablarnos de la muerte: su fuerte lucha contra el cáncer de colon, algo de cómo había perdido a su papá, un par de comentarios sobre entereza… y una historia de muerte y política de la que no me olvido.

Contó que estaba presente, en campaña, cuando una autoridad le pidió a Gustavo Petro no viajar al Eje Cafetero. La razón: un posible atentado de parte de una banda conocida como La Cordillera. Algo que más tarde sería público, incluso con jalón de orejas de Petro a la Fiscalía, a quien acusó de haber engavetado una investigación que vincularía a un dirigente de derecha con dichos delincuentes.

Después de escuchar las advertencias, Petro dio tres pasos hacia una ventana y se quedó con la mirada perdida en el horizonte. Cuando giró hacia quienes lo acompañaban, no había en su expresión ni un atisbo de tensión o miedo. Por el contrario, le brillaban los ojos. Les comunicó que seguía en pie el viaje y que era su deber histórico enfrentar la posibilidad de morir. A esas alturas del relato, entendimos que Barreras había sentido que Petro encontraba algo positivo en un eventual ataque. Y nos lo confirmó: “No le repugna para nada la idea de morir en la lucha de los ideales, de ser un mártir; lo considera una manera válida de trascender”. Y nos fuimos a presentar su libro sobre la muerte.

Hace unos días, antes de un foro institucional en el que participé, conversaba con un funcionario (no del gobierno) y con un director de medios. Tema obligado: el panorama de la política. En algún momento de la charla el funcionario aseguró que sabía la razón por la que el presidente Petro solía usar ropa blanca: “Está cada vez más seguro de que habrá un atentado en su contra y quiere vestir de blanco para que el mundo vea su sangre correr”. Era, nos reveló, algo que sabían varias personas de su círculo más íntimo, en donde no había duda de que inmolarse era un escenario al que el presidente le reconocía peso y validez histórica.

Se le antoja a uno pensar, cuando se ve al presidente tentando a la muerte o sugiriendo que líderes de otras naciones se atrevan a enfrentarlo (incluso encarcelarlo), en la imagen de los protagonistas de ese lamentable espectáculo que son las corralejas. Allí, henchido de temeridad y sin medir consecuencias, envalentonado por el clamor popular y los destilados, el mantero reta al toto y se lanza de cuerpo entero a sus astas. Triste por el maltrato al animal; triste por la degradación de la condición humana.

No han sido pocas las aproximaciones de analistas, comentaristas y periodistas sobre la salud del señor presidente. Y, la verdad, a pocas semanas de dejar el poder, es un asunto que va perdiendo relevancia. Se convertirá, después del 7 de agosto, en una cuestión íntima y, como expresidente, podrá atender en privado cualquier afectación física o mental que lo aqueje. Nacemos muriendo; pasamos la vida enfermando y padeciendo. Nada exótico hay en ello.

Pero valdría la pena anotar que pueden tomarse decisiones importantes desde Palacio en estos últimos días de regencia. Y eso requiere de un manejo inteligente de las pulsiones. Por eso preocupan las palabras del presidente en el sentido de que no reconoce de corazón las elecciones o de pensar que la manera en que se desarrollió ese ejercicio, en democracia, atenta contra la soberanía. Garibaldi, Pararregistraduría, genocidio, hermanos Bautista, misiles, Berbeo traidor, caballeros del ajedrez pensante, gatopardo, Trump, Patria Boba, esclavistas traicioneros, masacres de campesinos, siembra de coca, poderes computacionales, verdugos, Nabucco de Verdi, OFAC, Bolívar y Santander, macho alfa, extinción humana, mechón de Washington, alzamiento en armas, rebeldía…

Palabras, personas e ideas que han brotado recientemente de la cabeza del presidente, atropellándose con promiscuidad conceptual, en caliente, y cuyo entendimiento requeriría de una máquina Enigma o de la Piedra de Rosetta. Con algo de orden y razón, tal vez haya en el fondo planteamientos interesantes que la febrilidad de donde surgen nos impide apreciar. En “Esperando a Godot”, de Beckett, Estragón le dice a Vladímir: “Todos nacemos locos. Algunos siguen siéndolo”.

No hay consenso en alabar los resultados de la administración Petro. El desorden verbal del presidente es apenas un reflejo de estos cuatro años de gestión: una amalgama en la que se confunden las buenas intenciones del soñador con la inexperiencia en la ejecución; el ánimo de cambio con las decisiones inadecuadas. Un alocado concierto en el que la batuta guía resentimientos, presentados como una partitura amorosa, de manera tal que el público no sabe si aplaudir o molestarse.

Los médicos también se enferman. El talento para la política de Petro no es la excepción. Como me refirió un analista: se equivocó al escoger a Cepeda y, a su vez, Cepeda se equivocó al elegir a Quilcué como fórmula. La verdad es que Petro fue quien “eligió” a ambos candidatos, porque en el fondo estimuló la aspiración de Abelardo De la Espriella (ADLE) pensando, equivocadamente, que su trayectoria lo hundiría frente al elector. Sin embargo, medio país optó elegir el futuro de ADLE por sobre su pasado. Petro sobreestimó a Cepeda y subestimó a su contendiente. Y perdió.

Es innegable que Petro se convirtió en una figura política de amplias dimensiones, responsable, además, de haber cohesionado a la izquierda. Ignorarlo o menospreciarlo es una injusticia que no debe cometerse. Ojalá conserve las calidades mentales que requerirá para enfrentar los inevitables estragos que causa el síndrome de hubris, cuyos signos son evidentes en él.

Es mucho lo que el país está en derecho de reclamarle, con el propósito de que no contribuya a que la vida de millones de personas sea un infierno. Hay dos platós: el del expresidente sensato que lidera una sesuda oposición o el del arrogante mártir que incendia el país desde la calle, como pide Viviana Marín Carmona, secretaria política de la Juventud Comunista de Colombia. La vimos vociferando en un video: “Esa es nuestra tarea, hacer invivible este país a Abelardo de la Espriella. Decirle a la derecha: Pues que sí, hijueputa, somos una plaga. Y somos una hijueputa plaga que les va a salir a la calle todos los putos días de su vida a decirles: ‘Ni mierda, aquí estamos’”.

De parte de ella, quedamos notificados: podría no ser una oposición reflexiva, sino una manifestación más de la política del odio disfrazada de afecto. No se trataría de evaluar si el gobierno de ADLE lo hace bien, regular o mal. La idea sería asfixiar al país de entrada. ¿Viene la desobediencia civil que ya anuncia Iván Cepeda? Aterradora consigna: recuperar el poder para “salvar” a Colombia bien vale destruirla.

*** Retaguardia.

La revelación de la Unidad Investigativa de Noticias Caracol en el sentido de que fue política de este gobierno desmantelar la inteligencia (y retirar del servicio a los oficiales que combatían a los delincuentes) quedará para siempre anotada en el registro de los actos más mezquinos y repugnantes de nuestra historia política. Imperdonable eso de aliarse con los bandidos, protegerlos y, para colmo, perseguir a los uniformados que los enfrentaban. Gabelas y beneficios a los criminales de parte del Estado, prometidos por quienes, además, se la pasaban en las cárceles convenciendo “ratas” para que encochinaran enemigos políticos y mancillaran honras ajenas. Maniataron a la fuerza pública y les permitieron a los otrora guerrilleros, convertidos en traficantes de coca y oro, afianzarse en el país. El excandidato Iván Cepeda asegura que ADLE entregará la seguridad nacional a los Estados Unidos. Él, como padre de una política de paz que nos arrodilló a los facinerosos, debería saber que de esa seguridad bien poco queda. Al tiempo, la Unidad para las Víctimas confirma que durante la fracasada paz total petrista, tuvimos un millón más de víctimas del conflicto armado. Y el abyecto exfiscal Montealegre, siempre en la defensa de sus contratos y no de la justicia, insiste en que esa paz repleta de pus es una política de Estado y que hay que mantenerla, parece, hasta que la delincuencia se devore por completo al país. Producen arcadas los atropellos gubernamentales a la ley, que se compararon con un juego de niños donde terminó congelada la decencia.

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