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(OPINIÓN) Colombia no tiene déficit: tiene desidia. Por Cristian Halaby Fernández

Economista, politólogo y promotor de un País S.A., una iniciativa que transforma la narrativa económica de Colombia desde la confianza, la productividad y el diseño institucional.

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Redacción IFM
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Colombia no tiene déficit: tiene desidia. Por Cristian Halaby Fernández

Economista, politólogo y promotor de un País S.A., una iniciativa que transforma la narrativa económica de Colombia desde la confianza, la productividad y el diseño institucional.

Colombia no está quebrada: está mal contada. El déficit fiscal que hoy se presenta como inevitable no es una falla técnica, sino una decisión política. Cada punto porcentual que falta en el presupuesto es el reflejo de una élite que renunció a narrar el país con ambición. No es que no haya plata: es que no hay propósito. Y cuando el Estado pierde el relato, el mercado lo castiga.

La tecnocracia, que debería ser brújula, se ha convertido en cómplice silenciosa. Administra la escasez con eficiencia, pero sin alma. Calcula el hueco, pero no cuestiona por qué existe. Y así, el déficit se vuelve costumbre, como si la resignación fuera una política pública.

La evasión tributaria no es solo un delito: es un espejo. Si el ciudadano evade impuestos, es porque el Estado evade sentido, ¿Para qué pagar, si el gasto no inspira? ¿Para qué contribuir, si el presupuesto no convoca? La confianza fiscal no se decreta: se construye. Y hoy, Colombia no recauda porque no enamora.

Lo fiscal no es contable: es cultural. El presupuesto nacional debería ser el guion de nuestra transformación, no el inventario de nuestras excusas. Cada gasto público es una inversión narrativa. Cada rubro, una declaración de propósito. Pero mientras sigamos administrando el miedo, seguiremos pagando intereses por nuestra falta de fe.

Y aquí es donde la Curva de la Fe reemplaza a la de Laffer: no se trata de cuánto se cobra, sino de cuánto se cree. La recaudación no depende del porcentaje, sino de la confianza. Cuando el Estado inspira, el ciudadano contribuye. Cuando el relato convoca, el presupuesto se llena.

La solución no está en más ajustes, sino en más audacia. Rediseñar el relato fiscal desde la productividad, no desde la resignación. Convertir el presupuesto en una promesa cumplida, no en una advertencia contable. Porque el verdadero déficit no está en el balance: está en la fe pública. Y esa sí se puede recuperar, si dejamos de administrar el vacío y empezamos a invertir en confianza. En nuestra visión de un país S.A., el presupuesto no se calcula: se convoca.

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