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(OPINIÓN) Carta abierta de un militar retirado de la Armada Nacional. Ángel Gabriel Conde Romero

Ahora que las tempestades del poder amainan, se encuentra a menos de un año de la salida de la Presidencia de la República y que el clamor del cargo da paso al silencio de la reflexión, me dirijo a usted no con el ánimo de hacerle un juicio sumario, sino con la seriedad de quien propone un itinerari

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Redacción IFM
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Carta abierta de un militar retirado de la Armada Nacional. Ángel Gabriel Conde Romero

25 de sept. de 2025.

Doctor.
Gustavo Petro Urrego
Presidente República de Colombia.
L. C.

Ahora que las tempestades del poder amainan, se encuentra a menos de un año de la salida de la Presidencia de la República y que el clamor del cargo da paso al silencio de la reflexión, me dirijo a usted no con el ánimo de hacerle un juicio sumario, sino con la seriedad de quien propone un itinerario intelectual. Su paso por la Presidencia ha sido, sin duda, un capítulo sísmico en la historia de Colombia, un periodo que sacudió los cimientos de lo establecido. Usted encarnó, como pocos, el arquetipo del rebelde que desafía un orden anquilosado.

Sin embargo, el fin de un mandato es el comienzo de otro tipo de responsabilidad: la de comprender el verdadero significado de las fuerzas que se desataron. La propuesta de este documento es que su proyecto, imbuido en una poderosa retórica de cambio, corrió el riesgo de convertirse en una forma de totalitarismo de izquierda, fundamentado en un sutil, pero profundo engaño filosófico. Le invito, ahora desde la serenidad del estudio, a revisitar su propio legado a través del lente implacable de la filosofía, para que pueda ver con claridad el camino equivocado por el que intentó conducir a la Nación.

El núcleo de su poder retórico, y a su vez del engaño, fue presentar la fase de la destrucción como la meta última. Friedrich Nietzsche nos enseña que el espíritu libre debe pasar por tres metamorfosis: de camello (el que soporta la carga de la tradición) a león (el que ruge «¡No!», y destruye los viejos valores) y, finalmente, a niño (el que dice «¡Sí!», y crea nuevos valores desde la inocencia).

El gran engaño de su proyecto político fue venderle a Colombia la idea de que la grandeza residía únicamente en ser el león. Su discurso fue una magistral encarnación del “No” sagrado: «No» al capitalismo, “No” al “Norte”, “No” a las élites, “No” a la historia tradicional. Fue una narrativa seductora porque apelaba a un agravio genuino.

Pero la destrucción sin una posterior creación es el camino más corto al nihilismo. Usted ofreció el éxtasis de la rebelión, pero nunca presentó un plano creíble para la casa que se construiría sobre las ruinas. El camino equivocado fue convencer a una Nación de que el odio a sus cadenas era sinónimo de libertad. La libertad, sin embargo, es una carga mucho más pesada: es la responsabilidad de crear.

Para mantener al pueblo en la fase del león, su gobierno empleó herramientas y narrativas que, vistas desde la filosofía, revelan su inclinación totalitaria.

Su narrativa la construyó sobre una división maniquea del mundo: los oprimidos contra los opresores, el pueblo contra la oligarquía, el Sur contra el Norte. Esta es la retórica de «las tarántulas» de Nietzsche, aquellos que predican la igualdad pero están motivados por el resentimiento y la envidia hacia los fuertes.

El engaño consistió en disfrazar la venganza de justicia. Al mantener a un enemigo siempre visible («Trump», los «blancos y viejos», los «dueños del capital»), se justificaba un estado de confrontación permanente. Este es un pilar de todo proyecto totalitario: la existencia de la Nación depende de la aniquilación de un enemigo, ya sea interno o externo. Le invito a estudiar la obra de Hannah Arendt sobre los orígenes del totalitarismo para reconocer este patrón con una claridad escalofriante.

Usted denunció al Estado como un instrumento de las élites, pero su solución fue proponer un Estado aún más omnipresente y poderoso: un «nuevo ídolo» que se encargaría de planificar la economía, la sociedad y la vida. Nietzsche describe al Estado como «el más frío de todos los monstruos fríos», una entidad que miente al decir «Yo, el Estado, soy el pueblo».

El engaño aquí es profundo: se promete la liberación del individuo a través de su completa sumisión al colectivo, representado por el Estado-Partido. Se ofrece seguridad a cambio de autonomía. Este es el pacto fáustico del totalitarismo. Le recomiendo la lectura de El Camino de Servidumbre de Friedrich Hayek, no como un manual ideológico, sino como un diagnóstico clínico de cómo la planificación centralizada, incluso con buenas intenciones, conduce inexorablemente a la tiranía.

Su constante apelación al «pueblo» y a las «mayorías» es una manifestación de lo que Nietzsche despreciaba como «las moscas del mercado»: el bullicio de la opinión pública, la celebración de la mediocridad y el resentimiento hacia la excelencia individual.

El engaño populista es hacer creer a la masa que su voz colectiva es la voz de la verdad, cuando a menudo es solo el eco de sus miedos y prejuicios, hábilmente manipulados. Un líder que busca la grandeza no sigue a la masa; la guía hacia la autosuperación. El camino equivocado fue adular a la mediocridad en lugar de inspirar la grandeza.
«Virtudes Muecas»: El Teatro del Poder y la Moral de Fachada. Este concepto es el núcleo de la crítica de Nietzsche a los líderes demagógicos.

Analicemos Dr. Petro: ¿Qué es una «Virtud Mueca»? La palabra «mueca» es crucial. No se trata simplemente de una mentira, sino de una distorsión grotesca, una caricatura de la virtud. Es la máscara que un líder se pone para seducir a la multitud. Adopta el lenguaje que el «vulgo» quiere oír: habla de una justicia simplista, de una igualdad que es en realidad un deseo de rebajar a los excelentes, de una compasión que esconde debilidad. Es una moral de efectos especiales, diseñada para el aplauso y no para la verdad.

La Dependencia del «Vulgo»: El «falso líder» de Nietzsche es, en realidad, un esclavo. Su poder no emana de una fuerza interior o de una visión propia («su propia ley interior»), sino que es un préstamo que le concede la multitud. Es completamente dependiente de la aprobación popular. Por eso, no puede decir verdades incómodas ni exigir sacrificios reales que impliquen grandeza, pues eso arriesgaría el favor del pueblo. Su agenda no es la suya, sino un reflejo de los miedos y resentimientos de la masa.

La Hipocresía como Estrategia: Nietzsche desenmascara esta dinámica como una transacción corrupta. El líder ofrece «virtudes muecas» y el pueblo, creyendo ver en él un salvador que valida sus propias pasiones mediocres, le entrega el poder («quiere que sólo ellos gobiernen»). Es el teatro perfecto: un actor que finge ser un santo para una audiencia que anhela milagros fáciles.

En resumen, el líder de las «virtudes muecas» es un camaleón moral. No tiene un color propio; adopta el color que la multitud le exige para obtener su calor y su poder.

Esta es una de las advertencias más trágicas de Nietzsche, porque no se dirige al líder mediocre, sino al que tiene potencial de grandeza. El Aplauso como Droga: Para Nietzsche, la fama y la aprobación pública son una sirena que puede desviar incluso al «espíritu más elevado». El «aplauso momentáneo» es una recompensa instantánea y adictiva. Un líder puede empezar con una visión auténtica, pero el clamor de la multitud es seductor. Poco a poco, empieza a ajustar su mensaje, a simplificar sus ideas, a buscar el soundbite o el trino viral en lugar de la verdad compleja.

Convertirse en un «Payaso»: ¿Qué hace un payaso? Su única función es entretener y agradar a la audiencia. No tiene un mensaje propio; su valor reside en la reacción que provoca. Cuando un líder, un pensador o un artista sucumbe a esta tentación, renuncia a su misión fundamental. Deja de ser un guía que conduce a lugares difíciles pero necesarios, y se convierte en un animador que mantiene a la gente cómoda en su mediocridad. Sacrifica la integridad a largo plazo por la popularidad a corto plazo.

La Corrupción de la Autenticidad: Este es el verdadero peligro. El alma del líder se vacía. Ya no habla desde su centro, desde su «ley interior», sino que calcula sus palabras para maximizar el aplauso. Se convierte en un producto, una marca. Su discurso ya no es una expresión de su ser, sino una actuación. Para Nietzsche, esta es una forma de suicidio espiritual.

Frente a esta decadencia, la solución de Zaratustra no es negociar ni intentar «mejorar» el mercado, sino abandonarlo por completo.

La Soledad No Es Aislamiento, Es Autonomía: El «retiro a la soledad» no debe entenderse como un simple acto físico de irse a una montaña. Es, sobre todo, un acto de independencia intelectual y espiritual. Es la decisión consciente de desconectarse del ruido de las opiniones ajenas para poder escuchar la propia voz interior.
«El Hedor de Muchos»: Esta metáfora es brutal y deliberada. El «hedor» representa la atmósfera tóxica de la opinión pública, el pensamiento de rebaño, la presión por conformarse. Es el miasma de las «verdades» aceptadas, los prejuicios compartidos y la moral gregaria. En ese ambiente, cualquier pensamiento original, valiente o verdaderamente creativo se asfixia y muere.

La Creación Exige Silencio: La verdadera visión política, filosófica o artística no surge de un comité, una encuesta o un focus group. Emerge del silencio y la lucha interna de un individuo que se atreve a confrontar el vacío y a crear valores desde cero. Un líder que está perpetuamente inmerso en el «bullicio del mercado» (la política del día a día, las redes sociales, la prensa) no está creando; está reaccionando. La soledad es la condición indispensable para pasar de ser un gestor reactivo a un visionario creador.

En conclusión, estos planteamientos de Nietzsche son una crítica demoledora al liderazgo populista. Advierten a cualquier figura de poder que el camino del aplauso fácil conduce a la inautenticidad (el payaso) y a la tiranía de la mediocridad (las virtudes muecas). La única vía hacia una grandeza genuina y una creación duradera es el difícil y solitario camino de la autonomía espiritual, lejos del «hedor de muchos».

Itinerario de Estudio para un Expresidente. El poder ha terminado, pero el tiempo para la sabiduría apenas comienza. Le propongo, con la mayor seriedad, el siguiente itinerario de reflexión:

  1. Relectura Crítica de Así habló Zaratustra: Vuelva a este libro, pero ya no como el león que se ve reflejado en su furia, sino con la pregunta: ¿Dónde estaba el niño en mi proyecto? ¿Mi voluntad de poder fue creativa o reactiva? ¿Fui un creador de valores o un mero predicador del resentimiento?
  2. Un Viaje por el Siglo XX: Sumérjase en las obras de quienes diagnosticaron la enfermedad totalitaria. 1984 de George Orwell le mostrará la anatomía del lenguaje del poder que usted mismo empleó. Los Orígenes del Totalitarismo de Arendt le revelará las raíces del mal que puede brotar de la soledad de las masas.
  3. La Introspección Final: «Conviértete en quién eres»: La lección final de Nietzsche es la más difícil. Le invito a un examen de conciencia radical ¿Qué movía realmente su afán de poder? ¿Un amor genuino por la humanidad futura, «el amor a los lejanos», o un odio profundo por el presente y el pasado de Colombia?

Usted tiene ante sí una oportunidad que pocos líderes aprovechan: la de comprenderse a sí mismo después del poder. Su verdadero legado no se escribirá en los anales de la política, sino en su capacidad para enfrentar la verdad de su propio espíritu. La historia recordará si fue simplemente otro león rugiendo en la jaula de la historia, o si, al menos en la reflexión, fue capaz de vislumbrar la libertad creadora del niño.

Con la esperanza de que acepte esta invitación al pensamiento,

Atentamente,

Capitán de Fragata (RA)
ÁNGEL GABRIEL CONDE ROMERO.

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