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Los petroministros del odio

No es casual que Gustavo Petro eligiera a sus colaboradores más cercanos, de acuerdo con sus inquinas personales e ideológicas. Que el Ministerio de Defensa esté a cargo de Iván Velásquez, cuando rechaza la sola cercanía de los policías, indica que el ministro profesa una profunda animadversión cont

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Redacción IFM
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IFM Noticias

No es casual que Gustavo Petro eligiera a sus colaboradores más cercanos, de acuerdo con sus inquinas personales e ideológicas.

Que el Ministerio de Defensa esté a cargo de Iván Velásquez, cuando rechaza la sola cercanía de los policías, indica que el ministro profesa una profunda animadversión contra las Fuerzas Armadas. Para él, al parecer, los policías y soldados asesinados no son muertos buenos y, cuando las turbas petristas los violentan, el mensaje pareciera ser que «se lo merecen, por llevar el uniforme».

Otro tanto pasa con el Ministerio de Minas y Energía, puesto en las incapaces manos de Irene Vélez, una activista radical que adolece de los insumos mínimos para regir los destinos de la minería y de la energía en Colombia. Ella, con un afán ideológico que da pavor, es una declarada enemiga del petróleo, del gas, del carbón y de cualquier actividad minera.

Lo de ella es «decrecer» la actividad extractiva, haciéndola marchitar sin ningún miramiento, acelerando el empobrecimiento del país.

Ni hablar del Ministerio de Trabajo, en cabeza de una comunista radical como Gloria Inés Ramírez, que odia profundamente al empresariado y al capital que, finalmente, es el que da trabajo a millones de colombianos.

Es más: a Ramírez no le afecta la pérdida de empleos, pues para ella, lo importante es la «calidad» y no la cantidad de puestos de trabajo. Las cifras de desempleo indican el resultado del contraproducente odio que profesa contra el sector productivo del país.

Otra odiadora profesional está en el Ministerio de Salud. Se trata de Carolina Corcho, quien demuestra a diario su profunda antipatía por la Ley 100, por el sistema de salud colombiano y por las EPS.

Ese odio profundo y sostenido, fruto de su ideología y no del estudio serio del sector, la ha llevado a impulsar una absurda reforma al sistema de salud, en el que Colombia quedaría igual o peor a las carencias sanitarias padecidas el siglo pasado.

Además, vendió la idea de que el país tiene «el peor sistema de salud del mundo y sus alrededores», en un ejercicio de posverdad que ha sido refutado, hasta la saciedad, por expertos nacionales y extranjeros.

Asimismo, como los capitalistas son su fetiche de vudú, y además son los odiados dueños de los laboratorios farmacéuticos, no le ha sido posible conseguir las vacunas contra la viruela del mono e incluso, en algunas partes del país, se reportan cada vez más casos de escasez de medicamentos.

En esta lista no podía faltar el Ministerio de Cultura, regido por Patricia Ariza, una talibán en ciernes que quiere acabar con todo aquello que esté en contra de su ideología comunista. ¿Un mural sin mujeres? ¡Destrúyase! ¿Una escultura o una estatua de algún español? ¡Derríbese!

Ella odia la cultura, como la entendemos todos, y pretende impulsar, en su oligofrénica posverdad, las culturas tradicionales, autóctonas y ancestrales como las únicas válidas en Colombia.

Así las cosas, resulta revelador el panorama de odiadores que Petro impuso en el gabinete, como si el objetivo fuera instaurar en posiciones privilegiadas a los enemigos de cada sector para demolerlos y así poder construir la pesadilla que el presidente ha diseñado para Colombia.

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