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Destapemos el aguinaldo del amor

Por: Mauricio Restrepo Gutiérrez Esa madrugada de diciembre de 1973, mi madre llegó de prisa a la estación del ferrocarril en la Alpujarra. Llevaba de la mano a sus cuatro hijos pequeños, a quienes fue entrando por una ventana para que alcanzáramos, al menos, dos sillas del tren. Viajamos hacia el M

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Redacción IFM
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Destapemos el aguinaldo del amor

Por: Mauricio Restrepo Gutiérrez

Esa madrugada de diciembre de 1973, mi madre llegó de prisa a la estación del ferrocarril en la Alpujarra. Llevaba de la mano a sus cuatro hijos pequeños, a quienes fue entrando por una ventana para que alcanzáramos, al menos, dos sillas del tren. Viajamos hacia el Magdalena Medio, donde nos esperaba mi papá, con la promesa de tenernos el primer árbol de Navidad.

El tren cruzó los ranchos que bordeaban la carrilera, salía lentamente de la Estación Cisneros; esas casas humildes con techos de lata se nos querían entrar por las ventanas junto con el sol que apenas se asomaba, y dentro de ellas se veían niños jugando y riéndose, con muñecas rotas o carritos sin llantas.

El tren parecía resistirse para salir de ese enjambre de miseria que se extendía a lo largo del río Medellín, pero la bullosa alegría de esos niños cruzaba por mis ojos como una película, en donde solo se oían risas. Parecían ajenos al monstruo de metal que amenazaba con entrárseles a sus humildes casas de madera y zinc. No paraban de jugar y de reír.

Por fin, el tren dejó la ciudad con sus pesares y mostró un paisaje verde. Que inclusive hoy no permito que ese recuerdo se me vuelva en sepia. Sin embargo, yo no dejaba de pensar en esos pequeños y por qué jugaban con tanta alegría, si ellos no tenían nada. Y como siempre le creímos a la mamá, seguimos el camino convencidos de que esos niños eran felices, aunque no tuvieran un árbol de Navidad como el que nos esperaba al final del camino.

Juan, el hermano pequeño preguntó, “¿A ellos tan pobres, el Niño Dios les trae regalos?”. Todos la miramos, y ella nos miró…”. Sí, a muchos sí… yo los vi, estaban abrazados a sus mamás, y eso es amor”. Pero el amor no es un regalo, le dije yo. Cómo lo trae el Niño Dios, si Él solo trae juguetes. Ella nos abrazó y besó, y entonces lo entendí para siempre. Y aunque ese tren haya terminado su viaje, y ese árbol de Navidad no exista más, tal como mis padres Elisa y Felipe, además de mi hermano Juan; pienso que cada diciembre, en cada noche de Navidad, ese abrazo y ese beso llegan para darme el mejor aguinaldo cada año. Porque el amor nunca sobra, decía ella, y si sobra que repartan, agregaba.

Por eso, el Niño Dios existe desde mi niñez y siempre nos ha llenado de regalos. Todo a pesar de las dificultades económicas, sentimentales, de ausencias y de enfermedades, y de todo aquello que puede entristecer al ser humano.

Ánimo, destapemos ese aguinaldo de amor, encontremos nuestro propio árbol de Navidad, y acerquémonos a esos seres queridos presentes, busquemos a los ausentes. Porque como lo aprendí de niño, los abrazos y besos no son aguinaldos que vienen en papel de regalo; porque el amor se entrega así, sin envolver, pero con la alegría de esos niños, cuando los vi al pasar en el tren, en una mañana de azul diciembre, que tampoco olvido.

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