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Lukás Velásquez: “Es una época donde el algoritmo parece cumplir la tarea del dramaturgo”

¿Cómo y de qué manera se concibió y estructuró su forma, su estética teatral, sus diseminaciones del sentido y la perspectiva como actor y como historiador?

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Lukás Velásquez: “Es una época donde el algoritmo parece cumplir la tarea del dramaturgo”

Por: Óscar Jairo González Hernández

En la medida en que usted mismo no puede medir ni abarcar, o sea, del pensamiento teatral que es inmedible e inabarcable, y qué le dicen o le hacen decir tanto en el teatro como el no teatro, que también se vive o se tiene que vivir, como un poseído, concentrado en sí mismo, y de la misma manera, como quien se observa haciendo teatro, o haciendo su historia, su trayecto y su destino, sin ceder a la tentación de hacer lo mismo, sino de hacer lo nuevo, como un pensar, desde el pensar mismo, y cómo lo desarrolla, por decir en un denso y dimensionado escenario, como lo otro de sí mismo, su naturaleza y el medio, trato con los otros, o de qué se trataría en su teoría estética teatral

Podría definir la escena como un brillo amorfo, inabarcable e incómodo ante ese destello incandescente de las urbes modernas. Esas mismas urbes que condenan al sujeto moderno a un bucle impuesto por esa “máquina de sangre”, si utilizamos las palabras del escritor argentino Hugo Perrone. A pesar de todo, siempre está latente esa pulsión que se extiende transversalmente a lo largo y ancho del devenir histórico, ese germen casi incurable que pervive en aquellos actores que en algún momento de sus vidas se topan con esa mismidad teatral, un germen que solo germina en aquellos que se dejan permear por lo representado no solo en el escenario sino en la vida misma, esa capacidad de pensar dentro del pensar mismo que bien mencionas, aquel capaz de ser aún consciente de su identidad a pesar de ese choque con la alteridad y la representación.

Quizá mi búsqueda va en fijar una resistencia estética ante ese vaciamiento de sentido que emerge desde el sujeto moderno y el nihilismo que lo envuelve como consecuencia, una resistencia estética que permite hacer contrapeso al discurso racionalista que aún se cree indemne ante el efecto disolvente del mundo contemporáneo, ese mismo efecto disolvente que fragmenta y divide a las sociedades actuales en burbujas digitales de sentido y microrrelatos de fácil consumo.

Lukás Velásquez: “Es una época donde el algoritmo parece cumplir la tarea del dramaturgo”

Tal vez el advenimiento de los diferentes avatares del pensamiento trágico en Occidente sirva como mecanismo de protección ante esa pulsión autodestructiva, inherente a la condición humana. Actualmente, vivimos el retorno del mythos en una era aún dominada por el logos y la cultura artificial. Es una época donde el algoritmo parece cumplir la tarea del dramaturgo. Sin embargo, esta nueva dramaturgia se centra en un constante vaciamiento de sentido; una paradoja donde la saturación termina traduciéndose en vacío. Este fenómeno rompe con la poíesis tradicional, aquella que permite al actor representar en escena, a través de su cuerpo, el arquetipo que emerge del ethos de su época. El actor debe ser consciente de invocar ese espíritu transversal: el instante donde se evidencia la eficacia de la teatralidad y de lo simbólico, parafraseando a Lévi-Strauss.

Es la eficacia del mythos que, infatigablemente, resalta la profundidad de las grietas que continuamente maquilla el logocentrismo: esa utopía racionalista y paradigma occidental que padecemos desde la Ilustración. Hoy somos testigos del desmoronamiento de este modelo decimonónico. Se trata de un paradigma que se resiste a desaparecer, intentando cercenar el cinismo necesario que busco en mis propias teatralidades como actor. Esa pulsión cínica permite cimentar un maridaje perfecto entre el macrocosmos y el microcosmos, evocando al mismísimo doctor Fausto. Partiendo de estas disertaciones, sentí la necesidad de salir del ostracismo escénico al que me autocondené.

El devenir me llevó a los escenarios de la enseñanza, pero siempre desde la dialéctica; siempre desde la tensión necesaria para percibir los pliegues y las hendijas por donde se filtra el espíritu cínico. Ese "soplo" es el que me motiva a no caer en la tentación de la repetición. El cínico que se atreve a la escena no busca representar individualidades, sino elevar lo particular al plano universal a través de los arquetipos epocales y sociales que define Peter Sloterdijk.

Desde allí se concibe mi estética: una búsqueda en medio de lo inasible e inabarcable que, aun así, se atreve a responder al llamado del advenimiento de lo trágico en medio de la futilidad de la existencia. Lo trágico aparece para hacernos conscientes de nuestro automatismo autodestructivo.

Es la aceptación del destino; el bajarse de los "ismos" e idealismos antes de que el colapso ambiental o las nubes radioactivas nos hagan entender que el mayor mito que hemos tomado por cierto es creer que la especie humana "progresa" dentro de un margen de crisis siempre latente. Esta búsqueda se materializa no solo en las adaptaciones dramatúrgicas que escribo para mi colectivo teatral, sino también en mi ejercicio cínico como actor e historiador en este gran teatro que es la vida misma.

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