Cuatro poetas hablan de su poeta Preferido
“Hermoso Walt Whitman tendido en el Hudson”
Por. Óscar Jairo González Hernández
“WALT WHITMAN” “Hermoso Walt Whitman tendido en el Hudson”
Canción Popular. Cómo lamento ahora no tenerte entre mis libros de cabecera, anciano hermoso, medida extrema para que no me quites el sueño y me lleves contigo por los valles de Arizona, o a las riberas del Missouri y tomemos un tren hacia las mesetas de la luna, que al fin y al cabo a tu lado se es universal y transplanetario: “y hay cuerpos que no deben repetirse en la Aurora… anciano hermoso.”
Si estuvieras entre mis libros de cabecera, seguramente me iría a andar contigo y a recoger Hojas de Hierba, y a escribir versos libres como tus hijos y como la patria que cada uno sueña, cuanto te lee, Anciano hermoso, una patria que huela a pan fresco y a semilla reciente de la tierra del hombre y no de los supermercados de chatarra, una patria de ferrocarriles de hierro y tambores de lata y no de minas quiebrapatas… En fin, no sigamos, Anciano hermoso
Es mejor tender los brazos al ciudadano común y olvidar los colores partidarios del sinsentido; es mejor comer manzanas bajo la sombra de tu barba, ahora imaginaria, y masticar tu poesía siempre nueva, Anciano Hermoso, mientras se sueña con el vino del compañero de viaje que a pie te hace sombra en el camino, “y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora, viejo hermoso Walt Whitman, tendido en el Hudson”.
LUZ ELENA ROMAÑA CASTAÑO

No tengo un solo poeta favorito, tengo varios, o en realidad no tengo ninguno; no los conozco lo suficiente para dar un testimonio coherente, versátil, amplio y satisfactorio acerca de uno de estos seres bendecidos. Elegí a Alfonsina Storni, quizás por complicidad de género, porque su nombre significa “dispuesta a todo”, porque fue maestra también, por el estado en el que creo y espero estar (enamorada) o simplemente porque sí, “capricho, capricho nada más”, como dice uno de sus poemas.
La poesía de Storni nos muestra: El amor, lo erótico, su condición de mujer, el dolor, la muerte…
Perseguir a la muerte es un tema recurrente; (voy a dormir) algo que me ha fascinado también, aunque para ser honesta solo la persigo; no sé si en algún momento quisiera alcanzarla o, peor aún, qué diría si se atreviese a voltear y mirarme a los ojos.
Adoro su prosa libre de esquemas y llena de pinceladas eróticas que la caracterizan. También vincula el deseo de ser validada en sociedad como un ser igual al hombre.
Me gusta su poesía: es apasionada, obsesiva e intrépida, a veces desgastante y desgarradora cuando se incluye ella y su enfermedad agobiante.
Una incesante desazón por la vida, pero lo que más me gusta es su defensa de la mujer, no al feminismo e indefensión, sino a la mujer que, a pesar de su llanto, candidez, dolores de parto, un hilo rojo que se desata cada mes, el deseo… es un ser humano capaz de recrear como pocos su propia vida (y hasta su propia muerte) y en algún momento darse la oportunidad de amar a un hombre.
¡Aymé!
Y sabías amar, y eras prudente,
Y era la primavera y eras bueno.
y estaba el cielo azul resplandeciente.
Espero haber escrito con claridad y, si no, por lo menos, haber hecho un dulce daño, como titula uno de sus libros.
ALEXANDRA MARCELA OSORIO HERRERA
Pensar en mi poeta favorito me ha obligado a ir y venir entre un sinfín de letras, de las cuales termino siendo en momentos cercana y en otros he llegado a distanciarme potencialmente de aquellos autores… tanta movilización me vislumbró una situación de la que no había sido consciente: acepto que la poesía me mueve enormemente, pero así, ella, como un todo, un conjunto de palabras sin dueño que llegan a mí, para acariciarme la piel e instalarse dentro de mi esencia; con ella soy totalmente infiel, pues termino tomando un poco de cada poeta con el que me topo y siendo suya por instantes… como suele suceder en aquellos encuentros fugaces.
En todos estos días de reflexión frente a quien puede llegar a llamarse “mi favorito”, tengo claro un seudónimo: Alma azul… un ser desconocido, pero que me abrió las puertas de lo posible, de la palabra; con ella descubrí su poder y logré entender en aquellos días de adolescencia el porqué de estar en este espacio, siendo un tanto salida de los parámetros de pensamiento en los cuales se mueve la sociedad. Gracias a la posibilidad de toparme con su poderosa luz, sus delfines y cielos repletos de ballenas, le encontré sentido a todo lo que soy, lo que me rodea y lo poderosos que pueden llegar a ser los guayacanes florecidos posándose en tus ojos… Por eso y muchas cosas más declaro a “Alma azul” como mi poeta favorita, mi ventana mágica:
SALIR DEL INFIERNO
“Salir del infierno ¿Quién pudiera?
Si al paso de la soledad no queda nada,
Solo soledad y vacíos, pequeños ojos llorando,
Melodías.
Olvidar el pasado ¿Quién pudiera?
Si me arde la piel al llegar la madrugada,
Si aquello que toco se vuelve polvo;
Y quien quiere polvo en su mesa,
En su nube blanca, en su jardín de flores.
Quién pudiera, saber el dolor que carcome mi alma.
Con minerales de colores se podrían crear las rosas más perfectas
Del verano más doloroso de mi corta y miserable existencia.”
(Alma azul)
ALEJANDRA ROLDÁN TORO

La conocí en un desesperado letargo, tendida en mi propia soledad, en mis vacuidades. Embebida en una lágrima que bautizó el inicio de mi propia tristeza, encontré la suya.
Las palabras fueron su morada, el coqueteo al silencio perfecto, la transformación de su vida –y muerte– en poesía. Tal vez encontró el mutismo en su esencia, en su carencia, en su sentir. Dejó llover su mundo y su infierno en letras; pequeños o grandes discursos que le sangraban el alma. Melancolía, amargura, dolor, desesperación, fisuras.
Un canto a la noche, a la Luna, a la oscuridad, al ónix… a la ausencia, a la soledad. Un horror interno salpicando, tejiéndole la historia. Rastros de su marchitez temprana, del exilio de su propio aire, de un dolor decorándole el alma. Estaba tan muerta como vivas sus noches; lentamente se desvaneció en su voz –y con sus voces– de cara a la muerte voluntaria, buscando su salida en el silencio mayor, en su propia oscuridad. “Bicho” nocturno de las letras… de los dolores galopantes en el pecho.
Siempre un sabor amargo, siempre el encanto de sus noches muertas, siempre ese dolor dulce, adictivo y seductor, siempre un dolor bajo el otro… Siempre un naufragio luego de nadar en un mar sin fondo y sin orilla.
La conocí vagabundeando en letras ajenas, la descubrí pisándome el alma… Y caractericé un dolor, el dolor alejandrino.
Alejandra Pizarnik.
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