Juan José Escobar Gil: Cinco palabras en la dimensión de la inmersión en “recuerdos de mayo”
Cuando se asciende al páramo, hay que inventarlo porque no es real.
Por: Óscar Jairo González Hernández
Páramo: Cuando se asciende al páramo, hay que inventarlo porque no es real. Real es el sueño del páramo, y en él se siente la densidad de la naturaleza, oscura y tremendamente poderosa, que nos hace mover de otra manera. Indica otra forma de caminar. Tiende hacia la intensidad al revés, medida, sin exceso. Conocerse a sí mismo es vivir en el páramo de ese sí mismo. Recuerdo a mayo para ello, pero también a Han Shan y la Montaña Fría. Es que el frío, lo que se llama frío, hace sentir de otra manera; la desnudez es menor ante la cubierta de hielo de la noche. Y se tiene miedo de no temblar. Temblamos para conocernos, para hacernos lo que somos. Caminar en el bosque no es lo mismo que caminar en el páramo. En el bosque hay pies que nos llevan; en el páramo solo el rostro ve a la valquiria que se hunde en la noche. Y por eso él nos dice: Que las tierras altas/sigan rugiendo hacia/las luces de las valquirias desde la inmensidad/de los páramos.
Vientre: Todo es liso aquí. Tocar y huir al deslizarse en lo liso. No hay oquedades. Textura de vientre. ¿Qué color tiene? Me recuerda el Vientre de París de Balzac. Vientre es lo que está más sensualizado, desde una estética de la sensualidad de la mirada. Es la mirada la que sensualiza el vientre. Y lo hace obscenamente hermoso. Vientre que se muestra como una herida insuturable de la sensación del deseo. Iniciación del deseo que lo llena de sentido o de sin sentido. Es lo que busca, sin encontrarlo nunca. Y lo alcanza a poseer por mediación del viaje. Viajar por el vientre es tener la tentación como naturaleza del viaje. No oculta la visión del sexo. Puede serlo y no serlo. Es una anatomía de lo sensual, libro sensual que se incrusta en el vientre, para morir. Muere. Insinuar el deseo es arrebatarlo de su oscuridad. Y como, de otra manera, él nos lo dice: Céline hablaba de que la angustia crece en el vientre y va subiendo por el cuerpo. Constantemente sentía un ardor en el vientre y, por lo general, saltaba por la borda, terminando en poesía; no tenía otra forma de expresarme correctamente y era muy preciso el instante, de ahí que muchos poemas sean tan breves. No podía dar vueltas o usar algún artilugio; la poesía estaba allí, intacta en mi vientre, esperando esperando brotar.
Colina: Nada más que él puede decirla. No se dice a todos, de la misma manera que no se muestra a todos. La colina es nombrada porque él la siente. De no sentirla, no sería nunca una colina por la que se transita hacia la luz incandescente. Tocar la colina en lo que la nombra. Inventarse a sí mismo como una colina es la transverberación sublime del éxtasis de ser en ese no siendo, que se rebela. Percibir es dramático. Ocluir la percepción por un momento para hacerla nombre de sí mismo o de ella misma. Misterio al descender la colina, porque no es ascender al páramo. Tensiones del viajero. Viajar es morir. Me recuerda a Cesare Pavese: El diablo en las colinas. No viajar es viajar por el vientre de sí mismo, tocando otro viento, otra colina. Es una fusión que se fusiona con la nada. Es la nada en su mayor intermitencia. Y toda percepción es intermitente. No hace nada; lo sabía todo, ahora no sabe nada, es una colina entre las montañas. ¿Y no hay intersticio? Al decir de los viajeros, no. Y allí, donde nos dice de su extraviante extravío: Las colinas son el corredor que me lleva a las montañas, el paso de mi mundo. Frente a mi casa hay una pequeña silueta de colinas que van subiendo hacia los bosques y, desde mi infancia, crecieron preguntas en mí al mirarlas. Las colinas son la pregunta.
Ausencia: Cada vez más, en su viaje siente la necesidad de la naturaleza. Come naturaleza. Es devorado por ella. Es poseído por ella, desasido en ella, porque es un misterio. Indica a otros el camino, pero él es la ausencia. Valeria dice su nombre en la casa de Telesterión; nadie la escucha. Es la ausencia de la valquiria. Pesa sobre sí mismo el saber del porqué la heliconia se ausenta del valle donde están los jardines de Babilonia de su cerebro intoxicado, en el que está, en su dimensión indeleble, el clavel, en la Hélade o la Santa Helena, o como en lo elementalmente poderoso en Hesíodo. Y es la quimera la que está ausente, ¿pero si no sabemos qué es una quimera, cómo y por qué va a estar ausente? Es eso lo que le hace delirar, le lleva a la locura, lo perturba y él llama: «ausencia». Y es ausencia porque entonces desea conocer en lo “incontrolable”: ¿Qué quieres mostrarme/con tanta insistencia que yo no/alcanzo a mirar?
Mirada: No se mira sino en el abismo o en el acantilado, a sí mismo. Mira a los colibríes para mirarse a sí mismo, un narcisismo insolente: En las plumas de los colibríes escarlatas. Insania de la mirada, que se rebela porque hay en ella un barco que rueda en una calle sin horizonte. Instantáneas de una cámara medusal, que cubre todo lo que Starobinski llamaría el ojo vivo, y allí mismo tiene la sensación de que hay dedos que se me van/caen en la habitación. En la cámara de la naturaleza, está su cámara de la mirada; allí se instala como quien tiene que excitarse e incitarse en esa conciencia de transparente naturaleza de sí mismo. Inquietud inquietante, en la que se tiene que decir: ¿Dónde está lo que realmente es? ¿Quién es, qué hará más adelante cuando una rama en la penumbra le muestre el otro camino, porque el que hay que ir sin mirar nada y sin siquiera mirarse a sí mismo? Me recuerda entonces, por incitación, La rama dorada de Frazer; puedo yo decirlo aquí. Quemar la rama ante la ausencia de Odín en la noche. Mirar la estrella es transformarla, porque la ha de extrañar, ya que quiere saber porqué. ¿Cuándo amaneció (…) perdí la estrella/de mi silencio?
Libro del silencio, libro de las Valkirias que corren desnudas en los bosques del fondo del mar de hierro. Recuerdo entonces que Mayo es un libro.
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